03 marzo 2021

CUANDO AMES MÁS LA VIDA DE LO QUE AMAS A TUS MIEDOS ALCANZARÁS TU MEJOR VERSIÓN

DESARROLLO PERSONAL     
CUANDO AMES MÁS TU VIDA DE LO QUE AMAS A TUS MIEDOS
ALCANZARÁS TU MEJOR VERSIÓN


Cuenta en su libro “La mujer singular y la ciudad” que tenía grandes metas y deseaba cambiar muchas cosas de sí misma, pero le resultaba más fácil soñar despierta, “deseando que las cosas fueran diferentes para ser diferente ella misma”, que comprometerse con el cambio y ponerse manos a la obra.

En el fondo, lo que la detenía eran sus miedos. Esos miedos atávicos que todos arrastramos y que, aunque no siempre reconocemos, se convierten en un límite que nos impide ser la persona que podríamos y querríamos ser.

Gornik se propuso tomarse en serio la tarea. Y comprendió que para vivir plenamente necesitaba “amar más la vida de lo que amaba a sus miedos”.

El apego a los miedos

Aunque parezca absurdo, no nos apegamos únicamente a las cosas y relaciones que nos hacen sentir bien. También podemos apegarnos a situaciones que nos dañan porque estas contribuyen a mantener un equilibrio que, si bien puede ser precario o incluso insatisfactorio, es el único que conocemos y nos reporta cierta seguridad.

Los miedos nos ayudan a mantenernos en nuestra zona de confort. Son una especie de guardianes. Nos avisan que, si no les prestamos atención, iremos por nuestra cuenta y riesgo. De hecho, muchas veces los escenarios que despliegan esos miedos ante nuestros ojos son tan terribles que terminan convenciéndonos de que estamos mejor bajo su ala.

Entonces nos apegamos a esos temores como si fueran una tabla salvavidas. Quizá nos damos cuenta de que esos miedos no nos permiten avanzar, pero también nos damos cuenta – al menos inconscientemente – de que tampoco tendremos que arriesgarnos demasiado. Así mantenemos un equilibrio mediocre durante gran parte de la vida.

Nuestros miedos, que en un principio debían cumplir solo una función protectora, se convierten en culpas y excusas, barrera y escudo con los que nos mantenemos “a salvo de la vida”, aunque ese mantenerse a salvo implique no vivir plenamente.

El temor más paralizante

Cuando se trata de alcanzar nuestra mejor versión, existe un miedo altamente paralizante: el temor a no estar a la altura. No se trata del miedo al fracaso, sino del miedo a intentarlo, pero quedarnos a un palmo de la meta. Haberlo hecho bien, pero no lo suficiente. Habernos esforzado y darnos cuenta de que no pudimos alcanzar la meta añorada.

Lo que nos asusta no es el “fracaso” en sí, sino lo que ese intento fallido dice de nosotros, el golpe a nuestro ego. Para evitar que ese miedo se materialice, muchas veces preferimos evitar el riesgo, mantenernos en nuestra zona de confort, donde no crecemos, pero al menos nos sentimos a salvo.

Optamos por no comprometemos. Hacemos las cosas necesarias, aquellas imprescindibles, pero no nos entregamos por completo a la consecución de la meta. De esa forma, si se cumplen los peores presagios, tendremos una excusa para proteger a nuestro ego dolorido.

Soltar amarras para ser la mejor versión de ti mismo

La única manera para alcanzar nuestra mejor versión y vivir de manera más plena consiste en superar nuestros miedos. No significa deshacernos de ellos por completo sino seguir adelante a pesar de ellos.

Debemos ser conscientes de que muchos de nuestros temores más profundos y paralizantes se han formado en nuestros primeros años de vida. En aquel momento, tenían una función protectora porque éramos vulnerables, pero ahora es probable que no tengan razón de ser.

Es probable que otros temores que dan forma a nuestro mundo ni siquiera sean fruto de nuestras experiencias directas, sino que los hayamos heredado de nuestros padres u otras figuras de autoridad. Nuestros padres no solo pueden transmitirnos el miedo a volar o a los espacios cerrados sino también miedos mucho más limitantes como el temor al fracaso, a no estar a la altura o al rechazo social.

Superar esos miedos es una decisión consciente que implica apostar por nosotros y comprometernos con nuestro crecimiento para darnos la oportunidad de llegar hasta donde podamos llegar y ser todo lo que podamos ser. Así podremos “volver a ese lugar del espíritu en el que es aceptable hacer el esfuerzo”, como dijera Gornick.



28 febrero 2021

técnicas psicológicas eficaces para controlar la ira y la agresividad

TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS

técnicas psicológicas eficaces para controlar la ira y la agresividad

 


¿Te enfadas a menudo, pero no sabes cómo controlar la ira y pierdes el control? No eres el único. Nos ha ocurrido a todos. De hecho, la ira es una respuesta que se activa cuando sentimos que han defraudado nuestras expectativas o las cosas no salen según nuestros planes.

Sin embargo, cuando damos rienda suelta a la ira, solemos decir o hacer cosas de las que después nos arrepentimos. Como dijera Ambrose Bierce, un escritor norteamericano, “habla sin controlar la ira y harás el mejor discurso del que podrás arrepentirte”. Por eso es esencial que aprendamos a manejar los ataques de ira y, a ser posible, prevenirlos.

La leyenda de los dos lobos que nos ayuda a comprender la ira

Cuentan que un día, un anciano Cherokee pensó que había llegado el momento de transmitir una gran enseñanza de vida a su nieto. Le pidió que le acompañara al bosque y, sentados debajo de un gran árbol, comenzó a contarle la lucha que tiene lugar en el corazón de cada persona:

“Querido nieto, debes saber que en la mente y en el corazón de cada ser humano existe una lucha perenne. Si no eres consciente de ello, tarde o temprano te asustarás y quedarás a merced de las circunstancias. Esta batalla existe incluso en el corazón de una persona anciana y sabia como yo.

“En mi corazón habitan dos lobos enormes, uno blanco y el otro negro. El lobo blanco es bueno, gentil y amoroso, le gusta la armonía y combate solo cuando debe protegerse o cuidar a los suyos. El lobo negro, al contrario, es violento e iracundo. El más mínimo contratiempo desata su ira por lo que pelea continuamente y sin razón. Su pensamiento está lleno de odio pero su rabia es inútil porque solo le causa problemas. Cada día, estos dos lobos luchan dentro de mi corazón.”

El nieto le preguntó al abuelo: “Al final, ¿cuál de los dos lobos gana la batalla?

El anciano le respondió: “Ambos, porque si yo alimentase solo al lobo blanco, el lobo negro se escondería en la oscuridad y apenas me distrajera un poco, atacaría mortalmente al lobo bueno. Al contrario, si presto atención e intento comprender su naturaleza, puedo utilizar su fuerza cuando la necesite. Así, ambos lobos pueden convivir con cierta armonía”.

El nieto estaba confundido: “¿Cómo es posible que venzan ambos?”

El anciano Cherokee sonrió y le explicó: “El lobo negro tiene algunas cualidades que podemos necesitar en ciertas situaciones, es temerario y determinado, también es astuto y sus sentidos están muy aguzados. Sus ojos acostumbrados a las tinieblas pueden alertarnos del peligro y salvarnos.

“Si le doy de comer a ambos, no tendrán que luchar encarnizadamente entre sí para conquistar mi mente y así yo podré elegir a qué lobo recurrir en cada ocasión”.

¿Qué necesitamos comprender para controlar el enojo?

Esta antigua leyenda nos deja una enseñanza muy valiosa: la rabia reprimida es como un lobo hambriento, muy peligrosa. Si no sabemos controlarla, en cualquier momento puede tomar el control. Por eso, no debemos esconder o reprimir los sentimientos negativos, sino que tenemos que aceptarlos, comprenderlos y reencauzarlos.

Cuando sufrimos un ataque de ira se produce un secuestro emocional en toda regla. La amígdala, una estructura del cerebro, toma el control y “desconecta” los lóbulos frontales, que son los que nos permiten reflexionar y autocontrolarnos. Por eso, cuando nos sentimos enfadados podemos terminar diciendo o haciendo cosas de las que después nos arrepentimos.

En cambio, la ira también es una emoción con un gran poder dinamizador. Nos empuja a la acción y en ciertas condiciones puede ser tan necesaria como el miedo. A veces, por ejemplo, las injusticias nos enfadan. O nos enfadamos porque alguien le ha hecho daño a los demás. En esos casos, la ira es perfectamente comprensible.

Eso significa que no debemos demonizar la ira sino aceptarla como una emoción más. Cuando creemos que somos malas personas por experimentar ira o enfado, tendremos la tendencia a intentar esconder esas emociones, incluso de nosotros mismos, de manera que es más probable que terminemos estallando cuando se acumule demasiada presión.

Por otra parte, a veces la ira no expresada puede generar otros problemas. Puede conducir, por ejemplo, a comportamientos pasivo-agresivos, como vengarse de las personas de forma indirecta, sin decirles por qué, en lugar de afrontarlas, o incluso puede conducir a desarrollar una personalidad marcada por el cinismo y la hostilidad. 

Por tanto, la clave para controlar la ira consiste en reconocer sus signos antes de llegar al punto de no retorno. Así podremos aprovechar su enorme empuje psicológico sin caer en sus redes. Tenemos que aprender a canalizar la ira y expresarla de una manera asertiva.

15 técnicas para el control de la ira

 

1. Tiempo fuera

Esta técnica para controlar la ira es muy sencilla: consiste en realizar una pausa mental antes de responder. En realidad, la ira no es como un volcán que explota al improviso, sino que es más bien un proceso en el que la rabia y el enojo van creciendo y fortaleciéndose. Por eso, cuando notes las primeras señales de la ira, haz una pausa mental: puedes contar hasta 10, respirar profundamente o hacer algo que te relaje. Con este sencillo truco lograrás establecer una distancia psicológica y recuperar el control sobre tus emociones.

2. Conviértete en un observador externo

Cuando colocas un dedo sobre la salida de agua de un grifo, obtienes un chorro más potente que puedes dirigir a tu antojo, pero si haces demasiada presión u obstaculizas mucho la boca del grifo, el agua se expandirá en todas las direcciones, fuera de control. Lo mismo sucede con la rabia cuando intentas reprimirla o esconderla, llegará un punto en el que no podrás controlar sus consecuencias. ¿Cuál es la solución? Quita el dedo del grifo, deja que la ira fluya y obsérvala como si fueras un experimentador en un laboratorio. Tienes que buscar aquellas cosas que te ayuden a calmarte y canalizar esa ira, como dar un paseo, escuchar música, respirar profundamente…

3. Busca el origen de la ira

Escribir tiene un poder catártico por lo que puedes aprovecharlo para aprender a controlar la ira. Si sueles enfadarte a menudo y sufres ataques de ira, es recomendable que lleves un diario terapéutico. Responde a estas tres preguntas: 1. ¿Qué o quién te está haciendo enfadar?, 2. ¿Por qué esa persona/situación te pone nervioso? y por último, 3. ¿Cómo puedes usar esa ira a tu favor? No olvides que también existe una ira más “positiva”. Por ejemplo, si te sientes enfadado, puede ser un buen momento para practicar deporte, así no solo te relajarás, sino que probablemente mejorarás tu rendimiento y salud. Recuerda que la ira no es más que energía, por lo que puedes usarla a tu favor canalizándola a través de una actividad de manera que te resulte beneficiosa.

4. Expresa lo que sientes asertivamente

El hecho de que seamos capaces de controlar la ira, no significa que debamos esconderla o sentirnos avergonzados. En ocasiones es importante que nuestro interlocutor comprenda cómo nos ha hecho sentir para que esa situación no se repita. En ese caso, explícale de la forma más clara, directa y calmada posible, el motivo de tu enojo. A veces el simple hecho de reconocer que nos hemos enojado y hacérselo notar a la otra persona tiene un poder catártico que nos ayuda a calmarnos y liberar la tensión. Como norma general, las emociones no se deben negar ni esconder, solo hay que expresarlas de forma asertiva sin dañar al otro.

5. Habla en primera persona

Cuando nos enfadamos, tenemos la tendencia a hablar usando términos más generales o incluso acusamos a nuestro interlocutor. De esta forma generamos un crescendo de malestar que conducirá a un callejón sin salida. Por eso, una técnica muy sencilla para controlar la ira consiste en hablar siempre en primera persona, evita apuntar con el dedo al otro, expresa tus ideas y emociones, asumiendo la responsabilidad por ellas. Reconocer que te has enfadado, por ejemplo, es un buen comienzo.

6. No generalices

Expresiones como “nunca” o “siempre” son comunes cuando estamos irritados y enojados, pero solo sirven para añadir más leña al fuego. Por eso, cuando estés molesto, intenta no generalizar, sé específico y céntrate en el problema a solucionar. Recuerda que la lógica siempre vence la ira ya que el enfado se alimenta de la irracionalidad. Toma las riendas del asunto y no te vayas por las ramas, intenta llegar a un acuerdo que sea satisfactorio para ambos.

7. Piensa en términos de soluciones

La mayoría de las personas piensa en términos de problemas, sobre todo cuando experimentan emociones negativas como la rabia y el enojo porque estas desarrollan una especie de visión en túnel que no les deja ver más allá de aquello que les frustra. De esta forma, cada cual se atrinchera detrás de los problemas y estos crecen. Sin embargo, como la ira normalmente surge de los desacuerdos y conflictos, centrarse en las posibles soluciones puede darle un vuelco radical a la situación, haciendo que ambas partes ganen. Por eso, es conveniente que no te centres en los problemas, sino en las posibles soluciones.

8. Proyéctate al futuro

La ira tiene el poder para trastocar la importancia de las cosas. Cuando nos enojamos, las nimiedades se magnifican ante nuestros ojos y nos enfadamos aún más. Cuando nos enfadamos ira perdemos la perspectiva y nos convertimos en personas más egoístas, lo cual afecta profundamente a quienes están a nuestro alrededor. Por eso, la próxima vez que te enfades, simplemente pregúntate: lo que me está haciendo enfadar, ¿será importante dentro de 5 años? Es probable que no. Por tanto, con esta pregunta muy sencilla podrás reencuadrar la situación y adoptar una perspectiva más racional y objetiva.

9. Aplica la reestructuración cognitiva

Para controlar la ira tendrás que cambiar tu forma de pensar. Cuando nos enojamos, nuestro diálogo interior cambia para reflejar esas emociones, pero de esa manera corremos el riesgo de que terminemos exagerando todo. Por tanto, presta más atención a lo que te dices cuando te enfadas. Intenta reemplazar esos pensamientos por otros más racionales. Por ejemplo, en vez de decirte: “esto es horrible, todo está arruinado”, puedes decirte que es frustrante y comprensible que estés molesto, pero no se trata del fin del mundo.

10. No quieras tener razón a toda costa

En la base de la rabia muchas veces se esconde un mensaje muy sencillo: “quiero que las cosas se hagan a mi manera”. Las personas que se enojan a menudo piensan que tienen la verdad en la mano, por lo que cualquier cosa que bloquee sus planes se convierte automáticamente en una afrenta difícil de tolerar. Por tanto, para aprender a controlar la ira, es fundamental deshacernos de la necesidad de tener la razón. Simplemente debemos asumir que la mayoría de los conflictos y problemas que surgen en la vida cotidiana no son una afrenta personal.

11. Deja ir el rencor

A veces, la ira no está provocada por la situación que estamos viviendo sino por nuestras vivencias anteriores, aunque no siempre somos conscientes de ello. Es decir, llegamos a determinada situación arrastrando una gran carga de rencor. De esta forma, cualquier cosa que la otra persona diga o haga, se convertirá en la mecha que enciende una rabia que ya estaba a punto de estallar. Por eso, para controlar la ira es fundamental dejar ir el rencor. Ten siempre en mente un antiguo proverbio: “si me ofendes por primera vez, la culpa es tuya, si me ofendes por segunda vez, la culpa es mía”.

Busca el lado divertido

Puede parecer una misión imposible. De hecho, cuando estamos enfadados es difícil ver las cosas con sentido del humor. Sin embargo, el “humor tonto” es una estrategia muy eficaz para controlar la ira. No se trata de que te rías de los problemas para que desaparezcan sino tan solo para desdramatizar y generar un estado de ánimo que te permita enfrentarlos de manera más constructiva. Puedes hacer una broma, que no sea sarcástica (porque este tono solo servirá para caldear aún más los ánimos), o incluso puedes recrear la situación que estás viviendo en tu mente, añadiéndole detalles simpáticos o descabellados.

Reconoce y evita tus disparadores

Todos tenemos determinados puntos rojos, situaciones o personas que nos resultan irritantes y nos hacen perder la calma. Reconocer esos botones que nos hacen saltar nos ayudará a controlar el enojo. No se trata de que huir de los problemas y hacer de la evitación nuestro estilo de afrontamiento, pero en la medida de lo posible es conveniente evitar las situaciones que pueden generar rabia e ira. Por ejemplo, si sueles discutir con tu pareja cuando vuelves del trabajo porque estás cansado, evita los temas delicados hasta que logres relajarte. Si sabes que vas a afrontar situaciones que puedan irritarte, es conveniente que realices un pequeño ejercicio de visualización antes: imagina cómo te comportarás en la situación en cuestión y piensa en los problemas que pueden surgir. Si tienes un guion mental preestablecido, te resultará más fácil mantener la calma.

Piensa en las consecuencias

Es importante reflexionar sobre la ira y sus consecuencias. Piensa en cómo te sentiste y cuánto tiempo te costó volver a la normalidad. Reflexiona sobre lo que conseguiste con ese comportamiento. Te darás cuenta de que el principal perjudicado probablemente habrás sido tú. La ira es una emoción muy dañina que te arrebata la paz interior y desestabiliza tu equilibrio psicológico por lo que muy pronto llegarás a la conclusión de que no vale la pena enfadarse. La próxima vez que sientas cómo crece la ira dentro de ti, pregúntate: ¿vale la pena perder mi estabilidad mental por eso?

Intenta ser empático

Cuando nos enfadamos es difícil pensar en los demás. Podemos sentirnos heridos, humillados, vejados o menospreciados y adoptamos una postura más egocéntrica. Frases como “¿Por qué has hecho algo así?”, “¡Cómo pudiste!” o “¿En qué estabas pensando?” son recriminaciones retóricas que no conducen a ninguna parte. En su lugar, debemos intentar comprender su comportamiento poniéndonos en su piel. A veces esa persona simplemente tiene otras preocupaciones o prioridades. O simplemente se ha equivocado.

Enfadados crónicos: Niños eternos

En algunas circunstancias, sobre todo cuando se comete una injusticia, es comprensible que reaccionemos con cierto grado de ira. Sin embargo, hay personas que se han convertido en enfadados crónicos, se molestan con cualquier cosa y no logran superar esa emoción, sino que la cargan consigo y la llevan allí donde vayan.

El enfado crónico es una característica infantil que denota que no somos capaces de superar la frustración y que queremos tener siempre la razón. En estos casos, es conveniente plantearse algunas preguntas:

– ¿Por qué elijo enojarme ante cada situación?

– ¿Qué hago para crear situaciones que generan continuamente ira?

– ¿Es la única manera en la que puedo reaccionar?

– ¿A quién estoy castigando con ese comportamiento?

– ¿Por qué quiero estar permanentemente enojado?

– ¿Qué pensamientos causan o alimentan esa ira?

– ¿Cómo mis actitudes influyen en los demás?

– ¿Es esa la vida que quiero?

Las personas que sufren enfado crónico creen que la ira es la única manera para obtener lo que desean. Por eso, es importante que comprendan que existen otras formas de reaccionar que son mucho más eficaces y menos dañinas para todos, incluyendo para ellos mismos. Mírate al espejo y pregúntate qué quieres realmente y qué te hace feliz. Luego, pon manos a la obra.

Fuentes:

Jensen, L. A. et. Al. (2007) Do Big Five personality traits associated with self-control influence the regulation of anger and aggression? Journal of Research in Personality; 41(2): 403-424.

23 febrero 2021

CAUSAS DE LA RESISTENCIA AL CAMBIO QUE TE PARALIZAN


psicología /desarrollo personal      


AUSAS DE LA RESISTENCIA AL CAMBIO QUE TE PARALIZAN

La resistencia al cambio es una de las principales causas del inmovilismo. Cuando no aceptamos el cambio, sino que nos aferramos a viejas formas de pensar o hacer las cosas nos condenamos a vivir en el terreno de la frustración y la insatisfacción. En algunos casos esa resistencia al cambio genera respuestas desadaptativas que conducen a trastornos psicológicos.

El cambio es la única cosa inmutable”, como dijera Schopenhauer. Aunque lo sabemos, no siempre podemos evitar que se desencadene una fuerza opuesta para intentar mantener inmutable el estado de las cosas. De hecho, en nuestra vida cotidiana solemos funcionar por inercia. Esa inercia nos lleva a mantener el statu quo y aferrarnos a lo que conocemos para mantener el equilibrio que tanto esfuerzo nos costó conseguir.

Al igual que nuestro organismo tiende a la homeostasis para mantener el equilibrio de sus funciones, nuestro cerebro prefiere trabajar en “modo ahorro de energía” evitando sobresaltos y grandes revoluciones que le obliguen a cambiar sus patrones neuronales, esos que nos permiten reaccionar de manera automática. Sin embargo, esa inercia no siempre es positiva y muchas veces puede volverse en nuestra contra porque la vida cambia y debemos ser capaces de adaptarnos.

Las causas que propician la resistencia al cambio

Algunas personas son más resistentes al cambio mientras que otras son más abiertas. Diferentes estudios han demostrado que quienes tienen una elevada Inteligencia Emocional suelen aceptar mejor los cambios. También se ha apreciado que quienes reaccionan de manera demasiado emocional, tienen un pensamiento más rígido, son más apegadas a las costumbres y desarrollan un enfoque cortoplacista son más propensas a resistirse a los cambios.

No obstante, independientemente de las características de personalidad, existen otras causas de la resistencia al cambio. Se trata de situaciones o miedos comunes que todos podemos experimentar y que nos llevan a aferrarnos inútilmente al pasado:

1.      Miedo a perder el control. Cuando nos enfrentamos a situaciones nuevas para las cuales no tenemos puntos cardinales que nos permitan orientarnos, podemos sentir que tiembla el suelo bajo nuestros pies. Nuestro sentido de la autodeterminación y autonomía se resquebrajan y nos atemoriza la perspectiva de perder el control. Esa sensación no es agradable, por lo que nuestro primer impulso es aferrarnos a lo conocido para volver a sentirnos seguros. Cuando esta es la causa de la resistencia al cambio conviene recordar que el control es tan solo una ilusión.

2.      Exceso de incertidumbre. Algunos cambios pueden hacernos sentir como si estuviéramos caminando por una cuerda floja con los ojos vendados, por lo que es normal que generen una fuerte resistencia. Cuando no sabemos qué va a suceder, es comprensible que prefiramos quedarnos donde estamos, aunque no nos sintamos completamente bien en ese lugar. A veces simplemente preferimos un mal conocido a un bueno por conocer, como dice el refrán popular. Superar la inercia demanda un mínimo de seguridad y confianza. Cuando no las tenemos, es más fácil atrincherarnos en nuestra zona de confort. En estos casos, debemos recordarnos que la incertidumbre, aunque sea difícil de gestionar, no es nuestro enemigo.

3.      ¡Sorpresa! Las situaciones que nos toman por sorpresa suelen generar una reacción defensiva. Todos necesitamos un poco de tiempo para acostumbrarnos a algunas ideas o prepararnos para afrontar ciertas circunstancias, incluso las más positivas. Por eso, cuando los cambios se producen de manera inesperada, nuestra primera reacción es dar un paso atrás para protegernos de lo desconocido. No obstante, en estos casos la resistencia al cambio suele atenuarse a medida que vayamos procesando lo ocurrido.  

4.      Demasiado radical. Todos los cambios traen algo diferente, pero ¿cuán diferente? Somos seres de hábitos. Las rutinas se automatizan y nos brindan cierta seguridad en nuestro día a día, hacen que nuestra vida sea más predecible, por lo que los cambios demasiado radicales suelen desestabilizarnos. De hecho, es más fácil aceptar un gran cambio cuando se produce paso a paso, que transformaciones radicales que hacen tambalear nuestras creencias y desatan los nudos que nos atan a tierra. Los grandes cambios simplemente pueden confundirnos y asustarnos porque nos dejan sin puntos cardinales para orientarnos. En este caso, debemos pensar que los cambios radicales pueden representar una gran oportunidad para replantearnos muchas cosas de nuestra vida, que de otra manera habría seguido en piloto automático.

5.      Falta de confianza. ¿Puedo hacerlo? Una de las causas de la resistencia al cambio es precisamente el miedo a no poder con todo o no tener las habilidades o la fuerza necesaria para afrontar ese nuevo escenario. A veces, por ejemplo, podemos sentirnos demasiado viejos para empezar desde cero. O podemos dudar de nuestras competencias para desenvolvernos en entornos nuevos para los cuales no nos hemos preparado. En esos casos, un periodo de familiarización que nos permita adentrarnos poco a poco en el cambio puede bastar para ganar confianza.

6.      Temor a las repercusiones. Los cambios suelen ser como una piedra que cae en un estanque. Comienzan con una onda pequeña pero esas ondas se van replicando y agrandando hasta alcanzar dimensiones insospechadas. Por eso, a veces la causa de la resistencia al cambio se encuentra en el temor a las consecuencias que no podemos prever, no sabemos cómo gestionar o simplemente escapan de nuestro control. Cuando realizamos cambios drásticos en nuestra vida, por ejemplo, nos pueden preocupar las repercusiones que tendrán en las personas más cercanas. A veces, ese miedo nos mantiene atados, aunque sepamos que el cambio es la mejor solución. En estos casos, podemos intentar minimizar el impacto de esas repercusiones.

7.      Miedo al rechazo. Muchos cambios traen la semilla de la novedad, no solo para nosotros sino para quienes nos rodean. A veces, no nos atrevemos a tomar una decisión simplemente porque tememos que los demás no la acepten y terminen rechazándonos. El miedo a separarnos del grupo que identificamos como una fuente de seguridad y protección es una de las causas de la resistencia al cambio que nos mantiene atados a circunstancias que no son idóneas para nosotros. En estos casos necesitamos superar ese miedo al rechazo por medio de la autoafirmación.

8.      Traumas pasados. Los fantasmas del pasado siempre están al acecho. Mientras todo permanece estable, se mantienen tranquilos, pero cuando aparece algo diferente, pueden entrar en acción. El cambio puede reabrir viejas heridas, activar resentimientos históricos o recordarnos antiguos fracasos. Encontrar una nueva pareja, por ejemplo, puede activar todas las heridas emocionales del pasado, haciendo que nos alejemos por temor a que nos vuelvan a herir. Para superar ese miedo necesitamos sanar el pasado antes de navegar hacia el futuro. Debemos darnos tiempo para sanar, de manera que las viejas heridas no se vuelvan a abrir y podamos acoger el cambio con serenidad y alegría.

9.      Agotamiento. Hay etapas en la vida en la que estamos tan saturados que cualquier cambio, por pequeño que sea, se convierte en la gota que colma el vaso. Hay situaciones de gran estrés o de incertidumbre en las cuales simplemente no podemos lidiar con más cambios porque nuestros recursos psicológicos no dan abasto. Esos cambios, ya sean positivos o negativos, simplemente representan para nosotros más trabajo y tensión, por lo que es comprensible que nos resistamos. En este caso, el problema no es el cambio en sí sino nuestro estado psicológico, esa resistencia al cambio solo está poniendo de manifiesto que hay cosas que tenemos que solucionar para reencontrar la serenidad.

10.  Amenaza real. A veces, los cambios encierran una amenaza real. En situaciones de gran incertidumbre o en aquellas que debemos tomar decisiones importantes, la posibilidad de equivocarnos planea sobre nuestras cabezas como una sombra amenazante. Eso genera un temor comprensible que causa la resistencia al cambio. En otros casos no se trata de una amenaza intrínseca sino más bien del dolor que puede generar ese cambio. De hecho, la mayoría de los cambios importantes en la vida implican un cambio de dirección en el que debemos renunciar a algo o dejar a alguien detrás. Eso puede doler. Entonces la perspectiva del dolor nos paraliza. Sin embargo, debemos recordar que cada decisión siempre implica una renuncia, de manera que solo se trata de tener claras nuestras prioridades y metas en la vida.

Comprender las causas de la resistencia al cambio nos ayudará a minimizar la incomodidad que experimentamos ante las situaciones nuevas, ya sean positivas o negativas. Cuando aceptamos el cambio, todo fluye mejor y experimentamos infinitamente menos dolor.

Fuentes:

Di Fabio, et. Al. (2014) Emotional Intelligence or Personality in Resistance to Change? Empirical Results in an Italian Health Care Context. Journal of Employment Counseling; 51(4): 146-157.


03 febrero 2021

QUÉ ES REZAR*

🤔*QUÉ ES REZAR*🧐

 

Léelo sin falta! Es una belleza!


No es habitual que un artículo dedicado estrictamente a la oración tenga una página entera en la sección de opinión de un gran periódico. Esto ha ocurrido con el texto que firma Miguel Ángel Robles y que sale publicado en ABC Sevilla bajo el título “Reza por mí” que se ha vuelto viral. 

 

*REZA POR MÍ*

 

Rezar es una conversación con Dios. Es el momento de más calma del día, y, en mi caso, el de primera hora de la mañana, poco más de las seis, y el agua de la ducha caliente cayendo despacio sobre los hombros. 

 

Rezar es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia. 

 

Es un Padre Nuestro hablando con Dios para que te ayude en los exámenes. Es el refugio del frío, y el silencio acogedor. Rezar es tener memoria.

 

Rezar es lo que va antes del trabajo o después del trabajo, y lo que nunca lo suplanta

 

Es lo único que puedes hacer cuando ya no puedes hacer más, y es la forma de comprometerse de quien no tiene otro medio de hacerlo, como cuando rezamos por un enfermo que se va a operar y ya está todo en manos del cirujano (y de Dios). 

 

Rezar  hace milagros, ofrece consuelo al que reza y a aquel por quien se reza. Rezar nunca es inútil, porque siempre conforta.

 

Rezar es decir rezaré por ti y, también, reza por mí. Y es, por tanto, lo contrario a la vanidad. 

 

Rezar es la aceptación de tus limitaciones. Es aprender a resignarse cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad. 

 

Rezar  es buscar las fuerzas si no se tienen y confiar en que las cosas van a ser como deberían ser. 

 

Rezar es optimismo, no dar nada por perdido, luchar y resistir. Rezar es fragilidad y entereza.

 

Rezar es desconectar y apagar el móvil. Es introspección en la sociedad del exhibicionismo. Es relajarse y calmar los nervios. Y prepararse mentalmente para lo que ha de venir. No es solo buscar el coraje, sino también la inspiración, la idea, el enfoque, la luz, el claro en medio de la espesura. 

 

Rezar es razonar, aunque parezca lo más irracional que haya. Es la mente funcionando como cuando juegas un partido de tenis. Es planificar y anticipar las jugadas. Es abstracción en los tiempos de lo concreto y lo material. Es pausa en un mundo excitado. Es calma cuando todo es ansiedad. Y es aburrido en la dictadura de lo divertido.

 

Rezar es una forma extrema de independencia.   

 

Rezar es un placer oculto, que se reserva para la intimidad. Un acto privado, y casi a escondidas, que, cuando se hace acompañado, necesita mucha confianza.

 

Rezar es una declaración de amor por la persona que tienes en tus rezos. Es derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de los que rezan por ti. 

 

Rezar es tener a otros en tus oraciones y estar en las oraciones de otros, que es mucho más que estar solo en su memoria. 

 

Rezar, y sobre todo que recen por ti, es la mayor aspiración que uno puede tener en la vida. Un privilegio inmenso. Es querer tanto a alguien como para rezar por él, y que alguien te quiera tanto como para rezar por ti. 

 

¿Cabe mayor orgullo? ¿Existe mayor plenitud que la de saber que hay una madre, un hermano, un hijo o un amigo que quiere que Dios te proteja, y te dé salud, y te ilumine, y te ayude, y te acompañe, y esté siempre contigo?

 

Rezar es tener fé. Tener fé en la vida, en las personas, en tus amigos, en tus hijos, en tus padres, en Dios. 

 

Rezar es un súper poder que nos predispone al bien. 

 

*Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.*

 

_Vale la pena compartir_

PRENDIENDO A AFRONTAR LOS MOMENTOS

FILOSOFÍA

APRENDIENDO A AFRONTAR LOS MOMENTOS 


La vida está llena de buenos momentos, pero inevitablemente también están los malos De esta forma vivimos el devenir de la vida Debemos de asumir como parte del ciclo de la vida las circunstancias difíciles, una vez asumido esto podemos empezar a pensar en cómo afrontarlos, pero el comprender esto nos pone en una actitud de salida ya muy diferente.

 

En todo caso tenemos que aprender a diferenciar entre los momentos de dificultad que llegan sin nuestra intervención, como por ejemplo una grave enfermedad o los momentos de dificultad que llegan como consecuencia de nuestras propias decisiones.

El problema en la mayoría de los seres humanos es que la negatividad tanto de los pensamientos como de los sentimientos es la respuesta que normalmente damos ante estas circunstancias y es precisamente la peor de las respuestas posibles para saber afrontarlas.

Al final acabamos siendo un obstáculo y un problema más en vez de ser personas capaces de ir resolviendo con tranquilidad cada uno de los problemas que se nos van apareciendo.

Tengamos en cuenta que ante los eventos que no podemos cambiar y que son de carácter desagradable lo único que podemos cambiar es la forma en la que reaccionamos y esto nos convertirá en personas felices o infelices, en personas ejemplares o detestables, en personas que dejarán un legado positivo o que no dejarán huella en su sociedad.

Lo importante es darnos cuenta que estamos continuamente reaccionando de forma automática como si fuéramos robots. Tenemos que aprender a tener un mínimo control sobre nosotros mismos a nivel emocional y mental para aprender a abordar todo lo que nos venga y así conseguir el objetivo de ser personas felices. La felicidad no está en estar rodeado de circunstancias agradables sino en saber reaccionar correctamente, positivamente a todo lo que se nos vaya presentando.

Te voy a dar algunas claves para que las vallas practicando cada vez que estés ante estas situaciones que se nos escapan de las manos.

Aprende a respirar pausadamente ya que este tipo de respiración está demostrado que nos calma, nos serena y nos pone en un estado adecuado para poder afrontar situaciones de estrés y ansiedad.

Observa bien cómo te sientes en esos momentos ya que un primer paso muy importante es llegar a entender nuestros procesos psicológicos y emocionales completamente negativos y entender que en ese estado es imposible tomar decisiones correctas, es más, ni siquiera se pueden tomar decisiones.

No busques culpables, eso es solo una forma de expresar nuestra frustración hacia otros. Lo mejor es buscar nuestra responsabilidad exclusivamente y sin llegar a los sentimientos de culpabilidad en el caso de tener responsabilidades

Piensa objetivamente que es lo que realmente puedes llegar a controlar y del evento que te está estresando y ocúpate de ello. Deja de preocuparte de lo que no puedes controlar y acéptalo.

Céntrate en las soluciones y busca que es lo más importante que puedes realizar a partir de este momento y ponte manos a la obra.

Aprender a ver que todo es pasajero y que igual que aquello que te preocupaba tanto hace años ahora no tiene ninguna importancia, lo mismo va a pasar ahora.
forma vivimos el devenir de la vida

02 febrero 2021

CIA ENTRE MATAR EL TIEMPO y “APROVECHAR EL TIEMPO”

gía / psicología /desarrollo personal    
LA ENORME DIFERENCIA ENTRE MATAR EL TIEMPO y “APROVECHAR EL TIEMPO”
 “Matar el tiempo” se ha


convertido en uno de los imperativos de nuestra sociedad. Aburridos, aterrados por los minutos que corren, nos sentimos obligados a echar mano a cualquier entretenimiento o actividad que nos ayude a enajenarnos del incesante paso de las manecillas del reloj, como si así pudiéramos conjurar nuestra propia mortalidad, como si pudiéramos olvidar que el tiempo es la materia de la cual está hecha la vida. 

“Matar el tiempo” se ha convertido en uno de los imperativos de nuestra sociedad. Aburridos, aterrados por los minutos que corren, nos sentimos obligados a echar mano a cualquier entretenimiento o actividad que nos ayude a enajenarnos del incesante paso de las manecillas del reloj, como si así pudiéramos conjurar nuestra propia mortalidad, como si pudiéramos olvidar que el tiempo es la materia de la cual está hecha la vida.

Aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo es en definitiva a lo que asignamos nuestra vida. Y esta tiene una duración limitada, aunque no nos agrada que nos lo recuerden. Somos seres finitos, con un comienzo y un final, inmersos en un tiempo que pasa inexorable. Matar el tiempo es en realidad dilapidar o consumir parte de nuestra vida.

«Quien gestiona bien su tiempo, gestiona bien su vida. Y quien no encuentra tiempo para reflexionar, planificar o programar, difícilmente podrá sacar adelante ningún proyecto de cierta envergadura. Tal vez no encuentre tiempo ni para sí mismo”, escribió el psicólogo Guillermo Ballenato.

¿Qué diferencia a las personas que matan el tiempo de aquellas que lo aprovechan?

“Matar el tiempo” significa llenar las horas vacías como buenamente podamos, indiscriminadamente, con un ocio inútil o una actividad desenfrenada – lo mismo da – porque ambos encierran la semilla de la inconsciencia.

Matar el tiempo es, en el fondo, la actitud indolente de quien no es consciente de su finitud, o de quien le teme tanto que necesita esconderse tras lo intrascendente para acallar sus propios demonios interiores, para no encararse con la necesidad de poner rumbo a su vida y descubrir qué es lo que disfruta realmente, qué es lo que quiere hacer y, sobre todo, qué es lo que no quiere hacer.

Quien mata el tiempo está imbuido en una especie de hiperkinesia cotidiana que le arrebata toda posibilidad contemplativa y la capacidad para demorarse y disfrutar, como escribiera el filósofo Byung-Chul Han. “Así los acontecimientos se desprenden con rapidez los unos de los otros, sin dejar una marca profunda, sin llegar a convertirse en una experiencia”. Se vive sin vivir.

Por otra parte, aprovechar el tiempo no significa, ni mucho menos, trabajar continuamente o estar permanentemente ocupados sino dedicarse de manera plena y consciente a aquellas cosas que realmente son útiles, nos permiten disfrutar o nos aportan algo para crecer como personas – y eso también implica descansar, relajarse o dedicarse al dolce far niente.

La diferencia entre perder y aprovechar el tiempo radica en el objetivo y la actitud con la cual emprendemos ciertas actividades. Si leemos un libro porque realmente disfrutamos de la lectura, nos aporta conocimiento o nos permite crecer, estaremos “aprovechando el tiempo”. Si solo lo leemos porque estamos aburridos, porque no se nos ocurre nada mejor que hacer, porque es lo que tenemos a mano y cuando lo cerramos, automáticamente olvidamos todo, entonces estaremos “matando el tiempo”.

No mates el tiempo, ¡aprovéchalo!
Dicen que las últimas palabras de la Reina Isabel I de Inglaterra en su lecho de muerte fueron: “Todo cuanto poseo por un momento de tiempo”. La clave para aprender a valorar nuestro tiempo en su justa medida – sin obsesionarnos con su paso, pero tampoco dilapidándolo inconscientemente – consiste en aceptar nuestra mortalidad, comprender que cada día es un regalo precioso compuesto por 1 440 minutos que transcurren uno detrás del otro, de manera silenciosa e inexorable, hasta que, llegados a cierto punto de la vida, el tiempo deja de correr para empezar a volar, precipitadamente, sin asideros a los cuales aferrarse.

Debemos evitar el error de pensar que “quien vive el doble de rápido puede disfrutar en la vida del doble de opciones”. Debemos desterrar la idea de que “la aceleración de la vida hace que esta se multiplique y se acerque al objetivo de una vida plena”, porque una vida plena no se mide en términos de cantidad sino de sentido. No se vive más por hacer más. Se vive más cuando se disfruta más. Cuando las cosas que hacemos tienen un sentido para nosotros. Es por eso que, “quien intenta vivir con más rapidez, también acaba muriendo más rápido”, matando el tiempo con un ocio que no aporta nada más que la inconsciencia de desconectarse de la realidad, según Han.

En su lugar, necesitamos comprender que solo cuando somos plenamente conscientes de nuestra finitud logramos extraer el máximo de cada minuto. Entonces, y solo entonces, dejamos de matar el tiempo para empezar a aprovecharlo en esas cosas que realmente nos aportan y nos permiten vivir experiencias más plenas, alargando el instante presente todo cuanto podamos.

31 enero 2021

CRITICAR ES SIGNO DE POBREZA CEREBRAL Y EMOCIONAL

psicología /desarrollo personal
 CRITICAR ES SIGNO DE POBREZA CEREBRAL Y EMOCIONAL


Yo crítico.

Tú críticas.

Nosotros criticamos.

ellos critican


Criticar se puede conjugar de diferentes maneras porque nadie escapa a esa tendencia que tan profundo ha calado en nuestra sociedad. De hecho, a veces ni siquiera conversamos, solo criticamos. En vez de aportar nuestras ideas, nos limitamos a criticar a los demás. El problema es que la crítica termina, nos ahoga intelectualmente y provoca una enorme pobreza emocional.

¿Cuándo la crítica es destructiva?

La crítica es destructiva cuando:

– Se dirige a la persona, no a su comportamiento

– Genera sentimientos de culpa

– No permite crecer ni aprender

– Se basa en la “forma correcta” de hacer las cosas

– Se enfoca en menospreciar al otro

¿Qué esconde realmente la crítica?

En el fondo, criticamos para defender y alimentar nuestro ego. La crítica no proviene simplemente de un desacuerdo con determinados comportamiento, ideas o actitudes sino del deseo, a menudo inconsciente, de devaluar al otro, porque así aumentamos nuestro valor (o creemos que lo hacemos).

Cuando criticamos asumimos una postura de superioridad, así que la crítica se convierte en una manera para inflar nuestro ego, aunque sea de forma artificial. La crítica siempre implica un mensaje tácito: somos mejores.

Desde esta perspectiva, la crítica no es más que una falta de confianza en nosotros mismos, es la expresión de la necesidad de reafirmar nuestro ego, aunque ello implique descalificar a los demás.

De hecho, muchas de las personas excesivamente críticas a menudo también han sido muy criticadas en su infancia, por lo que han asumido la crítica como un patrón relacional. Como su autoestima ha sido muy dañada a golpe de críticas destructivas, tienen una profunda necesidad de alimentar su ego.

Lo curioso es que aunque criticamos para inflar nuestro ego, intentando que esa otra persona quede peor que nosotros, en realidad lo que estamos emitiendo es una imagen de inseguridad, soberbia y rigidez mental.

No podemos olvidar que la crítica siempre implica un juicio de valor. Hemos hecho un análisis y hemos llegado a la conclusión de que ese comportamiento o actitud no es aceptable, no se enmarca en nuestros patrones mentales ni encuadra en nuestro sistema de valores.

Cuando comenzamos a criticar, en nuestro interior se activa un patrón de agresión y desvalorización. Lo que olvidamos en esta ecuación es que, si realmente fuéramos mejores, no estaríamos criticando sino intentando ayudar. Porque lo cierto es que con la crítica destructiva no crece nadie, ni quien critica ni quien es criticado.

¿Cómo dejar de criticar?
Dejar de criticar es difícil. Lo hemos hecho durante tantos años, así que prácticamente se ha automatizado. Además, el hecho de que las personas a nuestro alrededor critiquen constantemente tampoco nos ayuda. Es como dejar de fumar en un entorno de fumadores. Sin embargo, puedes comenzar por un día. Propónte dejar de criticar #soloporhoy.

1. Asume que el mundo es como es. Y punto. Recuerda un refrán budista: “es más fácil ponerte unas pantuflas que alfombrar el mundo”. Si algo no te gusta, criticándolo no lo cambiarás, lo que cambia el mundo son las acciones, no las palabras.

2. Deshazte de las expectativas. Tener expectativas irreales sobre el mundo hace que nos decepcionemos, por lo que seremos más propensos a criticar. Aprende a vivir menos dentro de tu mente y más en la realidad.

3. Sé empático. Antes de criticar, ponte en el lugar de la otra persona. Quizás no compartas sus comportamientos ni actitudes pero al menos los entenderás. Recuerda que criticar es fácil, caminar con los zapatos de otro es más complicado.

Por último, haz de este principio budista tu mantra: “No le prestes atención a las cosas que hacen o dejan de hacer los demás, préstale atención a lo que tú haces o dejas de hacer”.

¿Qué se siente cuando dejas de criticar?

Las personas más infelices del mundo son las que critican constantemente, las que viven volcadas hacia el exterior para convertirse en jueces, porque mirar dentro de sí las aterra. Por eso, dejar de criticar es un gran paso en el camino del desarrollo Personal. ¿Qué ganarás con este cambio?

– Una enorme paz. Cuando dejas de criticar, comienzas a sentirte más tranquilo porque de repente dejas de mirar el mundo como si fueras un juez y comienzas a disfrutar realmente de las cosas bonitas que te suceden.

– Te redescubres. Si en vez de criticar te preguntas qué hubieses hecho tú en una situación similar y respondes sinceramente, descubrirás facetas de ti que probablemente ni siquiera sabías que existían. Son facetas que normalmente negamos pero que nos demuestran que no somos tan perfectos como pensábamos.

– Te sientes más seguro. Curiosamente, cuando dejas de criticar, te deshaces del influjo que las críticas de los demás ejercen sobre ti. Cuando liberas a los demás de tu aprobación, te liberas a ti mismo. Por eso, te sentirás más seguro, confiarás más en tus capacidades y te dejarás influir menos por las opiniones de
los demás.