Los viejos, la tercera edad, los ancianos, la edad de plata… Los llamamos de distintos nombres porque quizá no sabemos cómo llamarlos. Tampoco se sabe qué hacer con ellos y la pandemia lo ha demostrado con fayecimientos, como argumentos. Son un extraño objeto de estudio para la filosofía. Son extraños para todo y para todos. Los llevamos dentro, pero nos asaltan siempre cuando los vemos desde fuera, en el espejo. Son el resultado de nuestra vida y los vecinos de nuestra muerte. ¿No deberíamos acercarnos a mirar al viejo o a la anciana que habita en ti o en nosotros? Hago una aproximación filosófica a las muchas preguntas que suscita la vejez. ¡esto es un avance del dosier escrito sobre la tercera edad.
27 marzo 2022
FILOSOFÍA DE LA TERCERA EDADlavejez, el porvenir inalcanzable
Los viejos, la tercera edad, los ancianos, la edad de plata… Los llamamos de distintos nombres porque quizá no sabemos cómo llamarlos. Tampoco se sabe qué hacer con ellos y la pandemia lo ha demostrado con fayecimientos, como argumentos. Son un extraño objeto de estudio para la filosofía. Son extraños para todo y para todos. Los llevamos dentro, pero nos asaltan siempre cuando los vemos desde fuera, en el espejo. Son el resultado de nuestra vida y los vecinos de nuestra muerte. ¿No deberíamos acercarnos a mirar al viejo o a la anciana que habita en ti o en nosotros? Hago una aproximación filosófica a las muchas preguntas que suscita la vejez. ¡esto es un avance del dosier escrito sobre la tercera edad.
02 marzo 2022
Psicología SALUD Y BIENESTARDeja de contar ovejas
Psicología SALUD Y BIENESTAR
Deja de contar ovejas
.
Esto es lo que debes hacer si las preocupaciones no te dejan dormir
La alimentación y el deporte pueden ser clave
según Jesús Matos (psicólogo experto en gestión de la
tristeza y en desarrollo personal) "El sueño es un proceso automático y
surge solo",
Vuelta para aquí. Vuelta para allá. Vuelta a la almohada,
que está ya caliente. Y codazo a la pareja, que ronca. Vistazo al reloj. ‘Las
3:12, verás qué sueño mañana’. Pero si algo da vueltas es el cerebro. La mente,
traicionera, que ataca sin piedad en cuanto parece que el sueño empieza a pesar
con un fogonazo en forma de preocupación. Como un disparo. Pum. Y otra vez a hacer
la croqueta.
Los quebraderos de cabeza parecen aguadar en el
subconsciente hasta que perciben que llega la hora de acostarse. Es entonces
cuando afloran y despliegan su asfixiante estela, dispuestos a mantenernos otra
noche en vela. Una delicia. Como si el día no fuera ya bastante duro como para,
encima, no descansar bien por la noche.
“El sueño es un proceso automático y surge solo, por
eso resulta tan fácil alcanzarlo cuando estamos tranquilos. Pero la cosa se
complica cuando arrastramos preocupaciones que no hemos logrado solucionar a lo
largo del día”, comienza Jesús Matos, psicólogo experto en gestión de la
tristeza y en desarrollo personal, que también sostiene que, aplicando una
serie de consejos, cualquiera puede relajarse lo suficiente como para dormir a
pierna sin tener que recurrir a los
fármacos.
Haga esto antes de ponerse el pijama
El cerebro responde ante las preocupaciones, en primera
instancia, de forma automática, tratando de evitarlas
El psicólogo enumera tres pautas. La primera, hacer deporte
de forma regular: “Está demostrado que hacer ejercicio tres o cuatro veces a la
semana, trascurridos dos meses y medio, es igual de efectivo para conciliar el
sueño que los medicamentos para la ansiedad”, asegura. Y completa diciendo que basta
un mes y medio para notar cómo la tristeza y la depresión pierden poder sobre
nosotros. Por eso, anima a hacer deporte –nunca antes de acostarse, puesto que
el cortisol segregado nos activa y elimina el sueño– para despejar cuerpo y
mente. “¿Qué deporte? Eso no es tan importante; en función de las preferencias
o capacidades de cada uno”, concluye.
El segundo consejo pasa por preocuparse, sí, pero adrede.
“Durante diez o quince minutos al día, debemos escribir en un papel aquello que
sabemos que más tarde nos quitará el sueño”, sostiene el psicólogo. Su
propuesta se fundamenta sobre la base de que el cerebro responde ante las
preocupaciones, en primera instancia, de forma automática, tratando de
evitarlas; busca distraerse para no pasarlo mal. Pero, ¿qué sucede cuando
estamos en la cama? Que la mente no tiene con qué distraerse y es pasto de esos
sentimientos agobiantes. “Por eso, si dedicamos unos minutos al día a
preocuparnos de forma consciente, lograremos que el cerebro racionalice esos
pensamientos, evitando así que estallen cuando dejemos la mente en blanco”. Que
vendrán, sí; pero con menos crudeza, asegura el experto.
La tercera pauta, y quizá la más conocida, sea la de la
meditación. “Diez minutos al día, a medio plazo, nos ayudarán de forma sobresaliente”.
Pero también se puede optar por poner en práctica alguna técnica de relajación,
como la técnica del ‘4-7-8’ –coger aire durante cuatro segundos, retenerlo
durante siete y expulsarlo por la boca de forma sostenida durante ocho– o las
de relajación muscular progresiva de Jacobson o Schultz. Y jamás dé vueltas en
la cama: “Si pasados 30 minutos no hemos conseguido dormirnos, es mejor
levantarse y realizar cualquier actividad monótona como leer o fregar los
cacharros”, concluye el psicólogo.
Pero eso no es todo
Debemos evitar cenar alimentos como la carne, los huevos o
aquellos ricos en vitamina C
En absoluto. Porque, a pesar de que las preocupaciones
puedan estar más o menos controladas, también hay muchos trucos que tienen que
ver con la alimentación, los horarios o el entorno en el que cada uno descansa.
Empezando por el dormitorio, hay muchos factores a tener en cuenta.
La Sociedad Española del Sueño (SES) enumera varios
consejos: evitar la estimulación lumínica de los dispositivos electrónicos
antes de acostarse –así que nada de tele, tablet o smartphone–, alejarse de los
ruidos y la contaminación acústica, mantener una temperatura ambiental entre 18
y 21 grados y la habitación limpia, ordenada, además apostar por los tonos
pastel como el azul, el verde y el amarillo o por los colores neutros para las
paredes. También apagar el móvil o dejarlo fuera del cuarto para evitar las
radiaciones electromagnéticas, elegir un colchón de firmeza media y no usar
almohadas demasiado altas o de plumas y, por último, utilizar el dormitorio
únicamente para descansar o para mantener relaciones sexuales.
En cuanto a la alimentación, la SES recomienda no cenar
alimentos ricos en aminoácidos tirsina y fenilalanina –traducción: carnes
rojas, huevos, jamón o productos con vitamina C como kiwis y naranjas– y
apostar por los de alta concentración de triptófano, como los lácteos,
plátanos, pescados azules o frutos secos. Además, conviene evitar cafés, tés y
bebidas estimulantes, las comidas que producen flatulencia o acidez, el consumo
excesivo de alcohol o el tabaco. Porque no, el cigarro no relaja, sino que
activa todavía más.
Por último, en relación a los horarios y rutinas del sueño,
la SES aconseja limitar la siesta a un máximo de 20 o 30 y, sobre todo,
mantener unos ciclos regulares, sin establecer grandes cambios entre los días
de trabajo y de descanso.
¿Y las ovejitas? “Puede ser considerada una práctica de
mindfulness, de meditación, pero no servirá de nada si no se implementan el
resto de consejos”, afirma el psicólogo Jesús Matos. Porque quizá lleguemos a
contar una, dos, tres y cuatro ovejas, pero probablemente la quinta se yerga
sobre sus dos patas traseras, saque un micrófono y empiece a darle un speech
sobre todo aquello por lo que usted está realmente preocupado. Por eso,
practique. Haga deporte, preocúpese adrede y ordene su cuarto, aconsejan los
expertos. Así estará más cerca de levantarse al día siguiente con un pequeño y
extrañamente adorable cerco de saliva sobre su almohada.
26 febrero 2022
¿POR QUÉ LOS HOMBRES LEEN CADA VEZ MENOS POESÍA?
psicología / Desarrollo Personal
¿POR QUÉ LOS HOMBRES LEEN CADA VEZ MENOS POESÍA?
“El hombre sordo a la voz de la poesía es un bárbaro”, escribió Goethe. Vivimos en una sociedad que supuestamente se ha apartado de la barbarie y, sin embargo, leemos cada vez menos poesía. El cambio en nuestros valores y prioridades explica esa supuesta contradicción: nos informamos más, pero disfrutamos menos de la lectura como placer en sí misma. Comprendemos las palabras, pero se nos escabullen sus significados más ocultos.
De hecho, la poesía es un alimento para el alma. Despierta
emociones. Juega con las palabras y los significados. Sigue sus propias normas.
Libremente. Le tiende trampas a la razón. Se escabulle de los significantes
estrechos. Abre nuevos horizontes. Reclama una atención plena. Anima a fluir.
Quizá es precisamente por todo eso que leemos cada vez menos
poesía. De hecho, el filósofo Byung-Chul Han cree que estamos desarrollando
como sociedad cierta fobia a la poesía porque ya no somos receptivos a ese
maravilloso caos literario con el que necesitamos conectar a un nivel emocional
y estético.
Usamos un lenguaje pragmático despojado de su carácter
lúdico
Han piensa que en los últimos tiempos hemos empobrecido el
papel del lenguaje, relegándolo a un mero transmisor de informaciones y
productor de sentidos. Con las prisas cotidianas, el lenguaje se ha convertido
en un instrumento eminentemente práctico, despojándolo de sus significantes.
Obviamente, “el lenguaje como medio de información suele carecer de
esplendor, no seduce”, como apunta Han.
En la sociedad moderna no tenemos tiempo para detenernos a
degustar un poema que juega con el lenguaje y espolea la imaginación más allá
de lo práctico. Imbuidos en las prisas cotidianas, “nos hemos vuelto
incapaces de percibir las formas que resplandecen por sí mismas”, según
Han.
De hecho, “en los poemas se disfruta del propio lenguaje.
El lenguaje trabajador e informativo, por el contrario, no se puede disfrutar
[…] En cambio, el lenguaje juega en los poemas. El principio poético devuelve
al lenguaje su gozo al romper radicalmente con la economía de la producción de
sentido. Lo poético no produce” y en una sociedad obsesionada con la
producción, los resultados y los objetivos no hay espacio para demorarse en
aquello cuyo fin en sí mismo sea el placer.
“La poesía está hecha para sentir y se caracteriza por lo
que denomina sobreexcedente y significantes […] “El exceso, el sobreexcedente
de significantes, es lo que hace que el lenguaje parezca mágico, poético y
seductor. Esa es la magia de la poesía”. En cambio, “la cultura de la
información pierde esa magia […] Vivimos en una cultura del significado que
rechaza el significante, la forma, por superficial. Es hostil al gozo y la
forma”, explica Han.
A diferencia del significado, que es lo más esencial, los
significantes se refieren a las formas y lo simbólico. El significado hace
referencia al contenido, el concepto o la idea mientras que el significante es
su expresión, la manera en que se transmite ese contenido, concepto o idea. Sin
embargo, “la poesía es un intento de aproximación a lo absoluto por medio de
los símbolos”, como escribiera Juan Ramón Jiménez. En la poesía es tan
importante lo que se dice como la manera en que se dice.
Hoy tenemos demasiada prisa por llegar al contenido y
aferrar la idea. Queremos llegar al meollo del asunto. Y eso nos lleva a
olvidarnos del aspecto lúdico que descansa en las formas y las expresiones. Por
eso, la poesía que resuena emocionalmente tiene cada vez menos cabida en la
sociedad actual.
La pereza cognitiva y el vacío del alma
El hecho de que cada vez leamos menos poesía no se debe
únicamente a nuestra renuncia a los significantes y las formas, también sienta
sus raíces en la creciente cultura de lo políticamente correcto. En una cultura
que impone cada vez más reglas que no se pueden traspasar, los poemas resultan
insurreccionales y transgresivos porque juegan con las imprecisiones y las
ambigüedades oponiéndose firmemente a esa mera producción de significado.
Los poemas juegan con lo no expresado. Quedan abiertos a
interpretaciones. Se adentran en el terreno de lo incierto. Y eso nos genera
cada vez más aversión. Nos hace sentir incómodos, como si camináramos sobre un
terreno minado. En ese contexto, los poemas representan en sí mismos un acto de
rebelión contra una sociedad esencialmente productiva.
Más allá de esa incomodidad social, la poesía también
demanda un trabajo cognitivo que muchos ya no están dispuestos a hacer. A fin
de cuentas, la mayoría de los lectores están acostumbrados a leer e ir
decodificando el texto a partir de su sintaxis, generalmente de carácter claro
y directo. Eso significa que estamos entrenados para entender un texto de
manera casi inmediata y «mecánica». Leemos con la razón. Sin embargo, como la
poesía discurre a través de una sintaxis indirecta, a muchas personas les
parece “ininteligible”.
Su sintaxis peculiar, tropos y metáforas dislocan nuestro
sentido de “lo directo”. Por más que busquemos, no existe una univocidad en la
lectura del texto. Eso nos descoloca. Nos obliga a buscar otros puntos de referencia,
muchas veces en nuestro interior.
Parafraseando a Octavio Paz, cada poema es único y cada
lector debe buscar algo en ese poema, pero a menudo lo que encuentra es lo que
lleva dentro. Si estamos demasiado ocupados mirando fuera, obsesionados con la
cultura de la productividad y acostumbramos a un lenguaje eminentemente
pragmático, leer poesía nos resultará un ejercicio demasiado fútil y
enrevesado. Entonces nos damos por vencidos. No nos damos cuenta de que esa
incapacidad para jugar con los significantes es la expresión de una incapacidad
lúdica para disfrutar más allá de lo dado y esperado en la vida.
Fuente: Han, B. (2020) La desaparición de los rituales.
Herder: Barcelona.
A MEDIDA QUE ENVEJECEMOS NOS HACEMOS MÁS AUTÉNTICOS
psicología / Desarrollo Personal
A MEDIDA QUE ENVEJECEMOS NOS HACEMOS MÁS AUTÉNTICOS
¿
Crees que hoy te conoces mejor que en el pasado? ¿Piensas que eres más auténtico a medida que pasan los años? ¿Crees que en el futuro serás más auténtico de lo que eres hoy?
Estas fueron algunas de las preguntas que un grupo de
psicólogos de la Universidad de Texas plantearon a un grupo de personas para
descubrir si existe un patrón en la manera en que pensamos sobre nuestro “yo”.
La derogación del viejo “yo”
En un primer momento, los investigadores reclutaron a 250
estudiantes universitarios y les pidieron que indicaran cuánto coincidía su
“yo” de la época del instituto con el “yo” actual. También les pidieron que
estimaran cuánto se parecería su “yo” actual con el “yo” cuando terminaran la
carrera.
Todos pensaban que el nivel de autenticidad aumenta a medida
que pasan los años.
Los investigadores se preguntaron si ese fenómeno también
ocurría en otras edades, así que reclutaron a otras 134 personas con edades
comprendidas entre los 19 y 67 años. Les pidieron que dividieran su vida en
tres capítulos: pasado, presente y futuro, y que escribieran una descripción
para cada uno, evaluando su nivel de autoconocimiento y autenticidad.
Una vez más, las personas reportaron conocerse mejor y ser más
auténticos con el paso de los años. Los psicólogos también descubrieron que
cuanto mayor es la autoestima, más grande son las expectativas de ser más
auténticos a medida que se madura.
Este fenómeno se conoce como la “derogación del viejo yo”.
En práctica, cuando miramos a un pasado que consideramos lejano, tendemos a
derogar ese antiguo “yo” a favor de la identidad actual. De hecho, en la
mayoría de los casos, cuando miramos atrás para desempolvar el “yo” antiguo,
podemos analizarlo con cierta distancia psicológica, adoptando la
perspectiva de una tercera persona, casi ajena a esa identidad.
Esa distancia se produce porque, aunque somos conscientes de
que esa persona éramos nosotros, no nos sentimos plenamente identificados
puesto que encontramos demasiadas discrepancias con nuestra forma de pensar y
ser actual.
Sin embargo, ¿es una ilusión o realmente somos más
auténticos?
El permiso de la insolencia que conceden los años
Una amiga que ya cuenta con varias décadas en el calendario,
suele decir que “los años conceden el permiso de la insolencia”. Se refería a
que con la madurez psicológica nos atrevemos a ser más auténticos, a
expresar lo que realmente sentimos y pensamos “sin pelos en la lengua”. Nos
conocemos mejor, sabemos lo que queremos y lo que no queremos, y eso nos brinda
una gran seguridad y autoconfianza para mostrarnos tal cual somos.
Durante la adolescencia y juventud, estamos en plena
búsqueda de nuestra identidad. Suelen ser etapas confusas en las que exploramos
diferentes identidades. También necesitamos ser aceptados por el grupo, por lo
que en muchas ocasiones nos dejamos influenciar por los demás, supeditándonos a
sus intereses y metas.
A medida que maduramos – lo cual no siempre coincide con el
paso de los años puesto que se madura a través de las experiencias, no por el
simple hecho de que el calendario siga adelante – vamos consolidando nuestra
identidad. Esa identidad no es estática, sino que sigue cambiando con el curso
de la vida, pero vamos comprendiendo mejor quiénes somos, perfilamos nuestras
metas, priorizamos nuestras necesidades, asentamos nuestro sistema de valores…
En fin, le vamos dando a cada cosa el lugar que merece en nuestra vida.
Cuando maduramos, hacemos nuestra la frase de Oscar Wilde: “Sé
tú mismo. Los demás puestos están ocupados”. Aprendemos a aceptarnos, con
nuestras virtudes y defectos, porque comprendemos que somos maravillosa e
imperfectamente únicos.
El regalo de la experiencia es que nos permite ser, sin
estridencias, con absoluta y sencilla naturalidad. Te permite ser quien quieras
ser. Te das cuenta de que agradar a todo el mundo significa terminar
defraudándote y, finalmente, te otorgas el permiso para ser auténtico.
Sin embargo, no debemos dar por descontado esa autenticidad,
hay que trabajar para deshacerse de los lazos sociales que la maniatan. El
escritor estadounidense Patrick Rothfuss nos perfila un camino muy interesante
para ir desarrollando ese “yo” auténtico: “Sé lo bastante listo como para
conocerte a ti mismo, lo bastante valiente para ser tú mismo y lo bastante
insensato como para cambiarte y, al mismo tiempo, seguir manteniéndote
auténtico”.
Si sigues ese camino, llegarás al punto en el que no
necesitas demostrarle nada a nadie, excepto a ti mismo. Y esa increíble
libertad es premio suficiente
Fuentes:
Seto, E. & Schelegel, R. J. (2018) Becoming your true
self: Perceptions of authenticity across the lifespan. Self and
Identity; 17(3): 310-326.
20 febrero 2022
LAS OFENSAS, ESTÁN EN LA BOCA DE QUIENES LAS DICEN Y EN LOS OÍDOS DE QUIENES LASESCUCHAN
psicología / Desarrollo Personal
LAS OFENSAS, ESTÁN EN LA BOCA DE QUIENES LAS DICEN Y EN LOS OÍDOS DE QUIENES LASESCUCHAN
En tiempos convulsos en los que las opiniones se polarizan y la crispación se palpa en el ambiente, las ofensas se han convertido prácticamente en la única arma que blanden algunas personas para “defender” sus argumentos. Como resultado, el sentimiento de ofensa crece generando una ola de resentimiento.
Sin embargo, lo cierto es que las ofensas no se deben
únicamente a ataques directos ni son un fenómeno moderno. También pueden
provenir de personas cercanas que quizá no tenían la intención de ofendernos.
Como aquella vez que un jefe hizo una broma de mal gusto sobre nuestro trabajo.
O cuando alguien nos dio su opinión sincera sobre nuestro nuevo corte de pelo.
O aquella vez que alguien criticó nuestro estilo de crianza o nuestro estilo de
vida… Los motivos para ofenderse son tantos como personas existen.
Comprender el concepto de ofensa en la Psicología
La ofensa no es más que un sentimiento causado por un
golpe al honor de una persona, el cual contradice su autoconcepto y la imagen
que tiene de sí misma. La persona se siente ofendida cuando cree que alguien ha
dicho o hecho algo que va en contra de sus normas más importantes y/o sus
valores neurálgicos.
De hecho, sentirse ofendido pertenece a lo que se conoce
como “emociones autoconscientes”, de manera que comparte redes con la
vergüenza, la culpa y el orgullo. Al igual que estas emociones, la ofensa se
produce debido a un ataque que consideramos personal y que pone en entredicho
de alguna manera nuestro ego.
En 1976, el psicólogo Wolfgang Zander intentó
explicar el proceso psicológico que da lugar a la ofensa. En un primer momento,
buscamos las posibles causas de la ofensa e intentamos darles un sentido. En un
segundo momento valoramos la intensidad de la ofensa teniendo en cuenta las
reacciones emocionales que ha generado y analizamos si el ofensor comparte o no
nuestras creencias. Por último, en un tercer momento, decidimos cómo
reaccionar.
Por supuesto, muchas veces esas fases ocurren rápidamente
y se solapan, de manera que a veces es difícil ejercer un control consciente
sobre ellas. A veces, simplemente reaccionamos automáticamente ante lo que
consideramos una ofensa, enfadándonos y atacando a la persona. Sin embargo,
existe otra posibilidad más allá de limitarnos a reaccionar cuando nos pinchan.
¿Por qué nos ofendemos realmente?
Los motivos por los que nos ofendemos son múltiples. Un
experimento realizado en la Universidad de Michigan desveló la complejidad que
se esconde detrás de las ofensas. Los psicólogos pidieron a un actor que
chocara con los participantes en el estudio y los llamaran
“gilipollas”. Comprobaron que los hombres del norte de Estados Unidos
prácticamente no se vieron afectados por el insulto, pero los sureños se lo
tomaron muy a pecho.
Sus niveles de cortisol y testosterona aumentaron, reconocieron
sentirse molestos y más dispuestos a responder con agresividad. Los psicólogos
concluyeron que en las culturas donde la reputación, el honor y la masculinidad
son valores importantes para defender, los hombres tienen más probabilidades de
sentirse ofendidos y reaccionar con hostilidad ante lo que consideran un
insulto.
Sin duda, sentirse ofendido es un estado emocional
complejo en el que intervienen factores personales, pero también
atribuciones causales internas o externas, así como factores relacionales que
influyen en nuestra interpretación de lo que ha sucedido y que determinan, en
cierta medida, no solo si nos sentimos ofendidos sino la magnitud de ese
sentimiento y la proporcionalidad de la respuesta.
En sentido general, los principales factores que median
la respuesta ofensiva son:
- Importancia
de la relación. Cuanto más importante sea el tipo de relación que
mantenemos con el ofensor, más intenso será el sentimiento de
ofensa. Por ejemplo, si un jefe nos dice algo negativo,
reaccionaremos más intensamente que si ese comentario lo realiza un
compañero de trabajo desconocido. El nivel de autoridad de una persona en
nuestra vida también influye, lo cual podría explicar por qué solemos
sentirnos menos ofendidos por los comentarios o comportamientos de quienes
percibimos como nuestros iguales, como los amigos.
- Experiencias
previas. Las experiencias son una de las razones principales por las
que la gente se ofende. Las experiencias dan forma a nuestra
personalidad y condicionan nuestra manera de pensar y responder ante las
circunstancias, muchas veces sin ser plenamente conscientes de
ello. Por tanto, si hemos tenido experiencias negativas previas con
una persona, es probable que tengamos la tendencia a interpretar toda
interacción con ella de manera negativa y sentirnos ofendidos.
- Nivel
de seguridad personal. Si una persona tiene un fuerte concepto de sí
mismo, es menos probable que se ofenda. Las personas más seguras de sí no
permiten que los demás lastren su autoestima ni ceden su control. De
hecho, la autoestima juega un papel crucial en el sentimiento de ofensa ya
que puede desencadenar emociones relevantes como la vergüenza y el
orgullo. Si tenemos una autoestima baja o artificialmente elevada, es más
probable que nos convirtamos en personas susceptibles que se ofenden por
todo.
- Presión
social y cultural. La sociedad y la cultura a las que pertenecemos y
en las que nos desenvolvemos también tienen ciertas expectativas. Nos
transmiten maneras de comportarnos y formas de responder que son
consideradas como apropiadas o inapropiadas, ofensivas o inofensivas,
según los valores y las normas morales compartidas. Por esa razón, existen
palabras y comportamientos que se consideran “ofensivos” y se espera que
si somos diana de ellos, nos defendamos.
Eso significa que, culturalmente, existen “ofensas”
reconocidas como tal y comportamientos que se consideran ofensivos e
indeseables. Cuando somos víctimas de esas ofensas, la sociedad y la cultura
nos valida para que nos sintamos ofendidos e inferiores en términos de control
percibido, lo cual se traduce inmediatamente en una necesidad de restaurar
nuestro sentido de poder. Por eso reaccionamos poniéndonos a la defensiva o
atacando a quien nos ha ofendido.
Sin embargo, siempre tenemos la posibilidad de elegir. La
ofensa es mitad de quien la profiere y mitad de quien se da por aludido.
Tenemos una opción: podemos tomar o ignorar la supuesta
ofensa. Para ello, podemos verla como si fuera un “obsequio indeseado”.
Tenemos la opción de darnos por aludidos, dejar que el ofensor hiera nuestro
ego y enfadarnos, irritarnos y perder el control. O, al contrario, podemos
aprender a blindar nuestra autoestima. Liberar nuestros sentimientos del yugo
de lo que piensen y opinen los demás. Y decidir no ofendernos porque, a fin de
cuentas, las ofensas suelen decir más del nivel del ofensor que del supuesto
ofendido. Así podremos lograr que las ofensas no nos dañen y
devolveremos el golpe de sarcasmo o la hostilidad a la persona que lo generó.
Fuente
02 febrero 2022
PORQUÉ NECESITAMOS APRENDER A VIVIR EL PRESENTE SIN PENSAR TANTO EN EL FUTURO
psicología /desarrollo
personal
PORQUÉ NECESITAMOS APRENDER A VIVIR EL PRESENTE SIN PENSAR TANTO EN EL FUTURO
“Si la felicidad siempre depende de algo que esperas en el futuro, estarás persiguiendo una utopía que siempre se te escapará, hasta que el futuro, y tú mismo, desaparezcan en el abismo de la muerte”, escribió el filósofo Alan Watts. Y, sin embargo, nos cuesta mucho vivir en el presente sin pensar en el futuro. La perspectiva del mañana no nos abandona, sino que acapara gran parte de nuestra atención para avisarnos de todos los problemas, inconvenientes y obstáculos que podemos encontrar o para recordarnos todo lo que aún no hemos hecho.
Sin embargo, “a menos que seas
capaz de vivir plenamente en el presente, el futuro es un engaño. No tiene
ningún sentido hacer planes para un futuro que nunca podrás disfrutar porque
cuando tus planes maduren seguirás viviendo en un futuro más allá. Nunca podrás
tumbarte y decir con total satisfacción: ‘¡Ahora voy a disfrutar!’ La educación
te ha privado de esa capacidad porque te estaba preparando para el futuro en
vez de mostrarte cómo estar vivo ahora”, advirtió Watts.
Con la vista puesta en el futuro,
olvidamos cómo vivir el presente
“Vivimos en una cultura
completamente hipnotizada por la ilusión del tiempo, en la que el llamado
momento presente se siente únicamente como un instante infinitesimal entre un
pasado todopoderosamente causal y un futuro absorbentemente importante. No
tenemos presente. Nuestra conciencia está casi completamente preocupada por la
memoria y la expectativa. No nos damos cuenta de que nunca hubo, hay ni habrá
otra experiencia que la presente. Como resultado, hemos perdido el contacto con
la realidad. Confundimos el mundo del que se habla, se describe y se mide con
el mundo que realmente es”.
Por desgracia, nuestra sociedad
nos educa para tener la vista puesta siempre en el futuro. Nos enseña a
plantearnos metas, siempre más ambiciosas, de manera que ni siquiera nos deja
tiempo para disfrutar de nuestros logros porque inmediatamente comenzamos a
mirar más allá. Sumergidos en ese horizonte escurridizo, nos resulta
imposible estar plenamente presentes para disfrutar el “aquí y
ahora”.
Cuando nos centramos en alcanzar
nuestras metas, nuestro mundo se reduce, es como si entráramos en un túnel que
nos impide ver lo que hay fuera porque pasamos gran parte del tiempo mirando a
la luz/meta que se dibuja en el horizonte. De esa manera olvidamos vivir el
presente, nuestra mente siempre está en otra parte que se nos antoja más
importante y urgente que el aquí y ahora. Como resultado, no es extraño que
terminemos desconectados de nuestra realidad, comportándonos de manera
desadaptativa, lo cual termina causándonos más problemas de los que resuelve.
Watts explica que “ese es el
dilema humano: pagamos un precio por cada aumento de conciencia. Al recordar el
pasado podemos planificar el futuro. Pero la capacidad de planificar para el
futuro se ve contrarrestada por la ‘capacidad’ de temer al dolor y a lo
desconocido. Además, el desarrollo de un sentido del pasado y del futuro nos da
un vago sentido del presente. En otras palabras, parece que llegamos a un punto
en el que las ventajas de ser conscientes se ven superadas por sus desventajas,
en el que la sensibilidad extrema nos vuelve inadaptados”.
Ser, la clave para vivir el
presente sin pensar en el futuro obsesivamente
La mayoría de las personas no se
plantean metas más ambiciosas simplemente para crecer, ampliar su zona de confort y
ponerse a prueba, sino que se identifican con sus logros y los usan como una
“tarjeta de presentación” para justificar su existencia.
La sociedad del rendimiento nos
“obliga”, de cierta forma, a excusar nuestra existencia mostrando los
resultados que hemos alcanzado. No valemos por lo que somos, valemos por lo que
logramos. Esa mentalidad nos empuja a mirar al futuro continuamente,
olvidándonos del presente. Nos empuja a hacer y planear, haciendo que nos
olvidemos de ser y estar.
Para escapar de esa mentalidad,
Watts explica que debemos comprender que “el sentido de la vida es
simplemente estar vivo. Es muy claro, obvio y simple. Sin embargo, todo el
mundo corre presa del pánico como si fuera necesario alcanzar algo más allá de
sí mismos”. Necesitamos ser conscientes de que “solo temenos el ahora.
No viene de ninguna parte ni va a ninguna parte. No es permanente, sino
impermanente”, y eso significa que para aprovecharlo tenemos que aprender a
vivir el presente imbuyéndonos en la experiencia actual.
No obstante, es importante tener
en cuenta que “existen dos maneras de entender una experiencia. La primera
es compararla con los recuerdos de otras experiencias, y así etiquetarla y
definirla. Eso significa interpretarla de acuerdo con los recuerdos y el
pasado. La segunda es ser consciente de lo que sucede tal como es, como cuando,
imbuidos en una alegría intensa, olvidamos el pasado y el futuro, dejamos que
el presente lo llene todo, y así ni siquiera nos detenemos a pensar: ‘soy
feliz’”.
Por tanto, para vivir el presente
sin pensar en el futuro continuamente, debemos aprender a ser y estar. El
secreto radica en comprometernos con el aquí y ahora, siendo conscientes de que
esa constelación de instantes fugaces es todo lo que tenemos para disfrutar de
la vida.
psicología /desarrollo personal
BEBEMOS APRENDER A VIVIR EL PRESENTE SIN PENSAR
TANTO EN EL FUTURO
“Si la felicidad siempre depende de algo que esperas en el futuro, estarás persiguiendo una utopía que siempre se te escapará, hasta que el futuro, y tú mismo, desaparezcan en el abismo de la muerte”, escribió el filósofo Alan Watts. Y, sin embargo, nos cuesta mucho vivir en el presente sin pensar en el futuro. La perspectiva del mañana no nos abandona, sino que acapara gran parte de nuestra atención para avisarnos de todos los problemas, inconvenientes y obstáculos que podemos encontrar o para recordarnos todo lo que aún no hemos hecho.
Sin embargo, “a menos que seas
capaz de vivir plenamente en el presente, el futuro es un engaño. No tiene
ningún sentido hacer planes para un futuro que nunca podrás disfrutar porque
cuando tus planes maduren seguirás viviendo en un futuro más allá. Nunca podrás
tumbarte y decir con total satisfacción: ‘¡Ahora voy a disfrutar!’ La educación
te ha privado de esa capacidad porque te estaba preparando para el futuro en
vez de mostrarte cómo estar vivo ahora”, advirtió Watts.
Con la vista puesta en el futuro,
olvidamos cómo vivir el presente
“Vivimos en una cultura
completamente hipnotizada por la ilusión del tiempo, en la que el llamado
momento presente se siente únicamente como un instante infinitesimal entre un
pasado todopoderosamente causal y un futuro absorbentemente importante. No
tenemos presente. Nuestra conciencia está casi completamente preocupada por la
memoria y la expectativa. No nos damos cuenta de que nunca hubo, hay ni habrá
otra experiencia que la presente. Como resultado, hemos perdido el contacto con
la realidad. Confundimos el mundo del que se habla, se describe y se mide con
el mundo que realmente es”.
Por desgracia, nuestra sociedad
nos educa para tener la vista puesta siempre en el futuro. Nos enseña a
plantearnos metas, siempre más ambiciosas, de manera que ni siquiera nos deja
tiempo para disfrutar de nuestros logros porque inmediatamente comenzamos a
mirar más allá. Sumergidos en ese horizonte escurridizo, nos resulta imposible estar plenamente presentes para disfrutar el “aquí y ahora”.
Cuando nos centramos en alcanzar
nuestras metas, nuestro mundo se reduce, es como si entráramos en un túnel que
nos impide ver lo que hay fuera porque pasamos gran parte del tiempo mirando a
la luz/meta que se dibuja en el horizonte. De esa manera olvidamos vivir el
presente, nuestra mente siempre está en otra parte que se nos antoja más
importante y urgente que el aquí y ahora. Como resultado, no es extraño que
terminemos desconectados de nuestra realidad, comportándonos de manera
desadaptativa, lo cual termina causándonos más problemas de los que resuelve.
Watts explica que “ese es el
dilema humano: pagamos un precio por cada aumento de conciencia. Al recordar el
pasado podemos planificar el futuro. Pero la capacidad de planificar para el
futuro se ve contrarrestada por la ‘capacidad’ de temer al dolor y a lo
desconocido. Además, el desarrollo de un sentido del pasado y del futuro nos da
un vago sentido del presente. En otras palabras, parece que llegamos a un punto
en el que las ventajas de ser conscientes se ven superadas por sus desventajas,
en el que la sensibilidad extrema nos vuelve inadaptados”.
Ser, la clave para vivir el
presente sin pensar en el futuro obsesivamente
La mayoría de las personas no se
plantean metas más ambiciosas simplemente para crecer, ampliar su zona de confort y ponerse a prueba, sino que se identifican con sus
logros y los usan como una “tarjeta de presentación” para justificar su
existencia.
La sociedad del rendimiento nos
“obliga”, de cierta forma, a excusar nuestra existencia mostrando los
resultados que hemos alcanzado. No valemos por lo que somos, valemos por lo que
logramos. Esa mentalidad nos empuja a mirar al futuro continuamente,
olvidándonos del presente. Nos empuja a hacer y planear, haciendo que nos
olvidemos de ser y estar.
Para escapar de esa mentalidad,
Watts explica que debemos comprender que “el sentido de la vida es
simplemente estar vivo. Es muy claro, obvio y simple. Sin embargo, todo el
mundo corre presa del pánico como si fuera necesario alcanzar algo más allá de
sí mismos”. Necesitamos ser conscientes de que “solo tenemos el ahora.
No viene de ninguna parte ni va a ninguna parte. No es permanente, sino
impermanente”, y eso significa que para aprovecharlo tenemos que aprender a
vivir el presente imbuyéndonos en la experiencia actual.
No obstante, es importante tener
en cuenta que “existen dos maneras de entender una experiencia. La primera
es compararla con los recuerdos de otras experiencias, y así etiquetarla y
definirla. Eso significa interpretarla de acuerdo con los recuerdos y el
pasado. La segunda es ser consciente de lo que sucede tal como es, como cuando,
imbuidos en una alegría intensa, olvidamos el pasado y el futuro, dejamos que
el presente lo llene todo, y así ni siquiera nos detenemos a pensar: ‘soy
feliz’”.
Por tanto, para vivir el presente
sin pensar en el futuro continuamente, debemos aprender a ser y estar. El
secreto radica en comprometernos con el aquí y ahora, siendo conscientes de que
esa constelación de instantes fugaces es todo lo que tenemos para disfrutar de
la vida.
