10 junio 2020

EL EFECTO REBOTE: NADA SE FIJA TAN INTENSAMENTE COMO LO QUE QUIERES OLVIDAR


EL EFECTO REBOTE: NADA SE FIJA TAN INTENSAMENTE COMO LO QUE QUIERES OLVIDAR
EL EFECTO REBOTE: NADA SE FIJA TAN INTENSAMENTE COMO LO QUE QUIERES OLVIDAR

El efecto rebote es uno de los fenómenos psicológicos que más influye en nuestra vida. También es uno de los más desconocidos. Por eso caemos en sus redes una y otra vez. Deja mos que nos arrebate nuestro equilibrio mental. Y permitimos que nos haga tomar malas decisiones porque no somos conscientes de su influjo.
¿Qué es el efecto rebote?
Intenta ponerte esta tarea: no pensar en un oso polar, y verás que el maldito animal acudirá a tu mente cada minuto”, escribió Fyodor Dostoievski en “Apuntes de invierno sobre impresiones de verano” en 1863.
Más de un siglo después la ciencia le dio la razón. Daniel Wegner, psicólogo social de la Universidad de Harvard, descubrió el efecto rebote por primera vez hace más de 25 años. Contó que aquella frase llamó su atención y se convirtió en un enigma en el que no podía dejar de pensar, así que decidió comprobar si era cierto.
Ideó un experimento simple: pidió a los participantes que verbalizaran lo que estaban pensando durante cinco minutos, mientras intentaban no pensar en un oso blanco. Si les venía a la mente un oso blanco, debían tocar el timbre. A pesar de las instrucciones explícitas para evitar pensar en el oso blanco, los participantes pensaron en el animal más de una vez por minuto, como media.
Luego Wegner les pidió que hicieran el mismo ejercicio, pero esta vez intentando pensar intencionalmente en un oso blanco. En ese punto, los participantes pensaron en el oso blanco incluso con más frecuencia que un grupo diferente, a quienes se les había dicho que podían pensar en el oso blanco desde el inicio. O sea, que no habían sido sometidos a la condición de supresión del pensamiento.
Sus resultados sugirieron que suprimir el pensamiento durante apenas cinco minutos hizo que esa imagen “rebotara” de manera más intensa en las mentes de los participantes más tarde. Aquel experimento sentó las bases para el efecto rebote.
El efecto rebote se produce cuando nos obligamos a evitar algo. Entonces esa imagen o pensamiento se reafirma en nuestra conciencia, atrayéndonos precisamente hacia lo que queremos evitar. Es un proceso paradójico, como lo calificó el propio Wegner, ya que resulta muy difícil contener los pensamientos indeseados.
Mecanismo psicológico: ¿Por qué no nos podemos quitarnos una idea de la mente?
El mecanismo psicológico que se encuentra detrás del efecto rebote es muy sencillo: cuando intentamos no pensar en algo, una parte de nuestra mente se convierte en una especie de “guardián” para evitar el pensamiento prohibido.
El problema es que esa parte se activa cada cierto tiempo para “comprobar” que no estamos pensando en ello. En ese preciso momento, la idea indeseada vuelve a entrar en nuestra mente como resultado del proceso de escrutinio constante al que nos sometemos. La mente se vuelve hipervigilante y nos tiende una trampa.
Esa es, al menos en parte, la explicación por la cual no podemos sacarnos de la cabeza a nuestra ex pareja, por qué no podemos dejar de pensar en los dulces cuando estamos a dieta o por qué esa preocupación de la que queremos deshacernos nos acosa por las noches. Todo aquello a lo que nos resistimos, reaparecerá con más fuerza.
El efecto rebote mina nuestras decisiones y comportamientos
El efecto rebote no se limita a generar imágenes o pensamientos indeseados, influye de manera directa en nuestras decisiones y comportamientos. En 2010 psicólogos de la Universidad de Londres realizaron un experimento en el que observaron los efectos de suprimir los pensamientos sobre el chocolate. 
Pidieron a un tercio de los participantes que pensaran en el chocolate, otro tercio debía intentar suprimir sus pensamientos sobre el chocolate y al resto no les dijeron nada. Todos debían registrar sus pensamientos a lo largo del experimento.
Más tarde todos los participantes tenían la tarea de calificar el chocolate de varias cualidades según su sabor. A los investigadores, sin embargo, no les interesaba la calificación, sino la cantidad de chocolate que comían. Descubrieron que quienes habían intentado suprimir sus pensamientos sobre el chocolate comieron mucho más.
La supresión no solo condujo a un efecto rebote en los pensamientos sobre el chocolate, sino que también intensificó las ganas de comer. Ese efecto fue aún más notable en las personas que ya estaban a dieta e intentaban evitar su ingesta en su vida cotidiana.
Esos mismos investigadores realizaron otro experimento que nos demuestra la fuerza oculta del efecto rebote. En esa ocasión emprendieron un estudio más extenso con fumadores. Los participantes registraron la cantidad de cigarrillos que fumaron durante tres semanas, tomando la primera semana como base para evaluar el consumo medio de cigarrillos.
En la segunda semana dieron la orden a algunos fumadores de intentar suprimir los pensamientos de fumar, a otros les dijeron que pensaran en fumar con la mayor frecuencia posible y el grupo de control simplemente continuó registrando el consumo de cigarrillos. 
¿La buena noticia? La supresión condujo a una disminución del consumo de cigarrillos durante la segunda semana en los fumadores que debían suprimir sus pensamientos sobre fumar. ¿La mala noticia? Se produjo un importante efecto de rebote en la tercera semana.
Estos experimentos nos dejan claro que: “no pienses en eso” es un mal consejo. Mientras más intentemos suprimir un pensamiento, con más fuerza aparecerá luego, haciendo que tomemos malas decisiones.
Es probable que esas malas decisiones se deban, al menos en parte, al agotamiento psicológico. Cuando debemos estar permanentemente alertas para reprimir un pensamiento o evitar cierto comportamiento, ese nivel de escrutinio y atención termina pasándonos factura cognitivamente. Es como si consumiéramos nuestra cuota de autocontrol, de manera que cuando no podemos más, se abren por completo las compuertas. Sin embargo, eso no significa que estemos completamente a merced del efecto rebote.
Los pensamientos indeseados también se cuelan en los sueños
El efecto rebote no se limita a la conciencia, los contenidos reprimidos durante el día también pueden aparecer en los sueños. El propio Wegner diseñó un experimento en el que pidió a algunas personas que escribieran lo que estaban pensando cinco minutos antes de irse a la cama.
A algunas les dijeron que debían reprimir sus pensamientos sobre otra persona, a otras que pensaran precisamente en esa persona y las últimas podían escribir libremente. Estas referencias previas al momento de dormir generalmente llevaron a los participantes a soñar más con la persona en cuestión, pero ese efecto era aún más marcado cuando se intentaron suprimir conscientemente los pensamientos.
Ese efecto rebote en los sueños se debe a que cuando dormimos perdemos el autocontrol que normalmente ejercemos de manera consciente, por lo que los elementos reprimidos tienen mayores probabilidades de reaparecer. Por consiguiente, si estamos intentando dejar el cigarrillo, es probable que soñemos con fumar. Y si queremos olvidarnos de una ex pareja, es probable que esta reaparezca continuamente en los sueños.
Un factor que juega a favor del efecto del rebote de los sueños son los cambios que se producen en los lóbulos prefrontales cuando dormimos, especialmente en la fase de movimientos oculares rápidos. Los pensamientos reprimidos son más accesibles durante el sueño REM ya que la eficacia de los procesos operativos disminuye. Esto hace que los pensamientos que hemos tenido justo antes de dormir se vuelvan más disponibles y se produzca una mayor actividad de búsqueda de estos contenidos suprimidos, como reveló un estudio de la Universidad de Nueva Gales del Sur.
Efecto rebote: ¿Cómo evitarlo?
El propio Wegner sugiere diferentes estrategias para evitar el efecto rebote y “reprimir a los osos blancos”:
1.      Elegir un buen elemento distractor que absorba nuestra atención y enfocanos en ello. En uno de sus experimentos, el propio Wegner pidió a las personas que pensaran en un Volkswagen rojo en lugar de suprimir el pensamiento del oso blanco. ¡Y funcionó! Por supuesto, eso no significa que debamos pensar en un Volkswagen rojo sino buscar un pensamiento alternativo positivo en el cual podamos enfocar nuestra mente, de manera que la idea indeseada desaparecerá por sí sola.
2.      Posponer el pensamiento. Aunque pueda parecer una solución banal, lo cierto es que plantearnos un horario para pensar en las preocupaciones que nos incomodan suele funcionar. Así al menos evitaremos que ronden nuestra mente día y noche. La estrategia es muy sencilla: en vez de enfadarnos cuando una idea indeseada acuda a nuestra mente, simplemente debemos decirnos: “voy a pensar en ello dentro de un rato, cuando termine lo que estoy haciendo”. De esta manera se le resta importancia emocional, lo cual ayudará a que no se fije con más fuerza en nuestra conciencia.
3.      Exposición. Según Wegner, si nos permitimos pensar de manera controlada sobre lo que queremos evitar, será menos probable que ese contenido vuelva a aparecer en nuestra mente en otras ocasiones. De esta manera estaríamos desactivando ese mecanismo de autoescrutinio constante que reactiva la idea indeseada, a la vez que podríamos minimizar su impacto emocional familiarizándonos lo suficiente con ella.
4.      Reducir la multitarea. Un estudio realizado en la Universidad de Flinders concluyó que “la carga cognitiva parece socavar la capacidad de supresión del pensamiento”, de manera que experimentamos más intrusiones. Eso significa que cuando estamos sobrecargados mentalmente, llenos de responsabilidades, agobiados y estresados, es más probable que esos pensamientos indeseados aparezcan en nuestra conciencia. Reducir el ritmo de nuestra vida, por tanto, nos ayudaría a evitar el efecto rebote.
5.      Meditación mindfulness. En parte, los pensamientos indeseados se fijan tanto por las emociones negativas que generan. Con la meditación mindfulness no solo ganamos un mayor control mental, sino que aprendemos a no dar tanta importancia a esos pensamientos porque sabemos que, si no nos aferramos a ellos, se irán tal y como llegaron. De hecho, un experimento realizado en la Universidad de Washington comprobó que la meditación midnfulness era una técnica eficaz para evitar los pensamientos indeseados sobre el alcohol y ayudar a las personas a disminuir su consumo.
Fuente:
Erskine, J. & Georgiou, G. (2010) Effects of Thought Suppression on Eating Behaviour in Restrained and Non-Restrained Eaters. Appetite; 54(3): 499-503.


09 junio 2020

ENSAMIENTO CATASTRÓFICO: HACER UNA TORMENTA EN VASO DE AGUA Y UNA PECERA Y AHOGARSE


    PSICOLOGÍA/ANSIEDAD 
PENSAMIENTO CATASTRÓFICO: HACER UNA TORMENTA EN VASO DE AGUA Y UNA PECERA Y AHOGARSE

Mientras salimos a correr o vamos de camino al trabajo, un meteorito puede golpearnos. Es una posibilidad, pero tan remota que normalmente no pensamos en ella. Las personas catastróficas, en cambio, sí lo hacen. Dedican gran parte de su día a imaginar las peores calamidades dibujando un escenario postapocalíptico.
Lo cierto es que todos, de vez en cuando, ponemos en práctica un pensamiento catastrófico que nos sume en un océano de posibilidades tan aterradoras como improbables. Es lo que hacemos cuando comenzamos con mal pie la jornada y pensamos automáticamente que se nos ha arruinado el día. Sin embargo, cuando esa forma de pensar se convierte en la norma tendremos un problema y es probable que terminemos sufriendo ansiedad o depresión.
¿Qué es el pensamiento catastrófico?
El pensamiento catastrófico o catastrofismo es un sesgo cognitivo que nos lleva a imaginar los peores escenarios posibles, lo cual nos conduce a alimentar una serie de creencias irracionales que terminan afectando nuestras actitudes, comportamientos y decisiones.
Se trata de una creencia irracional porque suponemos que se producirá un desastre, aunque no tengamos motivos razonables o pistas fiables que nos hagan pensar algo así. Es como cuando una persona hipocondríaca se autodiagnóstico una enfermedad grave ante un pequeño dolor.
El catastrofismo, en Psicología, implica suponer que ocurrirán hechos negativos que finalmente no llegan a concretarse, pero a pesar de que nos equivocamos sistemáticamente en nuestras suposiciones, no logramos incorporar la evidencia y seguimos alimentando ese pensamiento catastrófico.
¿Cuál es el origen del pensamiento catastrófico?
El pensamiento catastrófico tiene sus raíces en la evolución. Nuestro cerebro reacciona de manera automática ante los menores signos de alarma porque ello podría salvarnos la vida. También tenemos una extraordinaria facilidad para reaccionar con miedo ante escenarios ambiguos e inciertos. En práctica, nuestro cerebro se prepara para lo peor para protegernos y defendernos.
Eso significa que el catastrofismo es una respuesta normal, el problema comienza cuando esa reacción se mantiene permanentemente activada y afecta todas las áreas de nuestra vida. En ese momento el catastrofismo se convierte en un estilo de afrontamiento desadaptativo que nos causa más daño que bien, puesto que nos mantiene en un estado de alerta constante, como si al doblar cada esquina nos aguardara un peligro inminente.
¿Por qué algunas personas se quedan atrapadas en un bucle de pensamientos catastróficos?
Más allá de nuestros condicionamientos evolutivos, el catastrofismo también es algo que se aprende. Las experiencias de nuestra infancia pueden dejar una profunda huella, sobre todo si nos han transmitido el mensaje de que el mundo es un sitio peligroso y hostil, de manera que debemos estar preparados para defendernos en cualquier momento.
Experiencias de vida posteriores y negativas también pueden dejar su impronta, de manera que el miedo se generaliza hasta convertirse en un patrón de respuesta automática. Una vez que ese patrón se instaura, los pensamientos catastrofistas serán cada vez más comunes y dispararán una respuesta emocional intensa que nos hará sentir mal.
Formar una tormenta en un vaso de agua y ahogarse en ella
Las personas catastrofistas tienden a convertir un pequeño revés en un escenario dantesco, terminan haciendo una tormenta en un vaso de agua e incluso es probable que terminen ahogándose en ella.
Sus creencias irracionales generan preocupación, ansiedad y miedo a vivir. De hecho, los pensamientos catastróficos por ansiedad se han vinculado a una mayor tendencia a enojarse y expresar la ira de manera desadaptativa. También se han relacionado con más ideas sobre la venganza y el resentimiento, así como con una menor tolerancia al dolor.
Es obvio que si exageramos las consecuencias de las cosas negativas que nos suceden, nos sentiremos más tristes y enojados. También es obvio que imaginar todo lo malo que puede ocurrir genera un estado de ansiedad y estrés permanentes que terminará pasándonos factura.
De hecho, lo peor de todo es que las predicciones catastrofistas terminan siendo proféticas porque nosotros mismos nos encargamos – inconscientemente – de que esos temores se cumplan. Una persona hipocondríaca, por ejemplo, puede terminar desarrollando enfermedades más graves precisamente por el estado de estrés constante en el que vive debido a sus pensamientos catastróficos.
Técnicas para eliminar los pensamientos catastróficos
1.      Activa la mente racional. Recurre a las estadísticas.
El primer paso consiste en detectar el pensamiento catastrofista. Puede parecer una verdad de Perogrullo, pero lo cierto es que la mayoría de las personas que activan estas creencias están convencidas de que sus temores son completamente fundados.
Necesitamos comprender que nuestro cerebro estima constantemente las probabilidades que existen de que se produzca determinado evento. Para ello, puede seguir dos pautas de análisis: una lógica y racional y otra basada en sus experiencias.
Según la lógica, los aviones son el medio de transporte más seguro, pero una persona que tenga miedo a volar no se fiará de esas estadísticas, sino que se basará en sus propios temores o experiencias. Como resultado, no distinguirá entre la realidad y sus miedos, no diferenciará entre lo que es objetivamente cierto y cuánto ha añadido su imaginación.
Por tanto, es conveniente que nos preguntemos: ¿Qué pruebas tengo a favor de mis pensamientos? ¿Qué pruebas tengo en contra? ¿Realizo este tipo de juicios cuando me siento bien o únicamente cuando estoy ansioso, triste o frustrado?
2.                 Piensa en las consecuencias del evento. Usa las palabras adecuadas.
Una vez que activemos la mente racional, debemos intentar pensar en las consecuencias de ese evento de manera objetiva. Si el tren se retrasa 10 minutos, ¿será una molestia o una catástrofe? ¿Qué es lo peor que puede pasar con ese retraso?
En algunos casos, podría provocar serios problemas, pero en la mayoría de los casos no será más que un simple contratiempo. Las personas catastrofistas necesitan prestar más atención a las palabras que usan porque estas terminarán influyendo en su visión del mundo.
Por tanto, es importante poner las cosas en perspectiva y usar las palabras adecuadas para calificar las situaciones y sus consecuencias, escapando de la tendencia a usar las típicas calificaciones catastrofistas. Una técnica para eliminar los pensamientos catastróficos consiste en pensar lo que le diríamos a una persona que esté pasando por algo similar, es probable que nuestras palabras sean más conciliadoras y tranquilizadoras de las que nos dirigimos a nosotros mismos.
3.                 Cambia la idea catastrófica. Sin caer en el optimismo ingenuo.
Una vez que hayamos identificado el pensamiento catastrófico, es conveniente reemplazarlo con un pensamiento más realista. No obstante, es importante no minimizar sus consecuencias y evitar el optimismo tóxico ya que nuestro cerebro no se deja engañar tan fácilmente.
Si nos ha ocurrido algo muy decepcionante, tampoco podemos solucionarlo diciéndonos que todo está bien y fingiendo que no ha pasado nada. Esa actitud no es saludable. Necesitamos comprender que las cosas pueden ser moderadamente malas, pero también pueden llegar a ser muy malas, y cuando lo son, necesitamos reconocerlo para buscar soluciones.
Sin embargo, cuando las cosas no son tan malas, conviene reestructurar nuestro pensamiento para poder analizar lo que ocurre desde una postura más objetiva. Por ejemplo, en vez de pensar que “la lluvia ha arruinado completamente mi día”, podemos pensar que “me siento decepcionado porque no he podido hacer lo que quería” y así podremos buscar una alternativa que nos satisfaga.
Fuentes:
Okifuji, A. & Turk, D. C. (2016) Crónica Pain and Depression: Vulnerability and Resilience. Neuroscience of Pain, Stress, and Emotion; 181-201.

07 junio 2020


LOS PENSAMIENTOS TRÁGICOS TE PUEDEN AMARGARTE  lA VIDA
El pensamiento catastrófico, cuando nos envuelve, se convierte en una espiral descendente de la que es muy difícil salir. Se trata de un sesgo cognitivo mediante el cual alimentamos una serie de creencias irracionales y negativas que nos llevan a imaginar los peores escenarios. Implica suponer que se producirá un desastre o una catástrofe, aunque no tengamos motivos razonables para ello.
Obviamente, este tipo de pensamiento termina generando una gran inquietud. Si pensamos continuamente en lo peor, estaremos tensos y angustiados, en un estado de tensión permanente que nos terminará pasando factura a nivel físico y psicológico. En caso de que el pensamiento catastrófico se una al pesimismo, terminaremos desarrollando una indefensión aprendida que nos puede conducir directamente a la depresión.
Cuando el sesgo optimista deja paso al catastrofismo
El mundo puede llegar a ser un lugar amenazante. Cada día nos exponemos a muchísimos peligros, desde la posibilidad de tener una colisión de tráfico hasta sufrir un accidente doméstico o incluso ser golpeados por un trozo de basura espacial o un meteorito. Esas probabilidades existen. Pero no solemos prestarles demasiada atención porque generalmente somos víctimas de un sesgo optimista.
El sesgo optimista nos hace creer que somos menos propensos a experimentar un evento negativo. Aunque se trate de un sesgo, no es algo negativo ya que nos permite vivir con un estado de relativo equilibrio emocional en un entorno que, de otra manera, percibiríamos profundamente hostil.
De hecho, en muchos casos el sesgo optimista protege nuestra salud mental. Se ha comprobado que las personas con depresión y esquizofrenia no tienen un sesgo optimista tan fuerte como el que experimentan las personas estables psicológicamente.
Sin embargo, ese sesgo optimista se puede ver afectado por diferentes factores. Por ejemplo, cuanto menos control sentimos tener sobre las cosas que nos ocurren y nuestro entorno, más probable es que desaparezca ese sesgo optimista y deje paso a pensamientos catastróficos. A medida que envejecemos ese sesgo optimista también suele atenuarse. Al contrario, se refuerza en contextos altamente ambiguos e inciertos, en los que tenemos la tendencia a prepararnos para lo peor.
El problema comienza cuando no dejamos atrás ese sesgo optimista para entrar en el terreno de la objetividad, sino que nos imbuimos directamente en los peores escenarios posibles alimentando pensamientos catastróficos.
Catastrofizar es una segunda flecha que lanzamos contra nosotros
El pensamiento catastrófico es un ejemplo de lo que en el budismo se considera “la segunda flecha”. Según esta filosofía, la primera flecha se refiere a esas experiencias desagradables que forman parte de nuestra vida, desde inconvenientes como quedarnos atrapados en un atasco de tráfico o que se nos funda una bombilla hasta experiencias más profundas, como perder el trabajo o a una persona querida.
La vida no escatima esas primeras flechas. Y muchas veces no podemos evitarlas. Sin embargo, podemos evitar las segundas flechas porque somos nosotros mismos quienes las disparamos.  Experimentamos la sensación desagradable que produjo la primera flecha y, en vez de reconocerlo e intentar pensar cómo podemos mejorar las cosas, nos imbuimos en una corriente de emociones negativas y pensamientos catastróficos sobre esa primera flecha.
De esa manera, no tardamos mucho en añadir más malestar y dolor al que ya ha provocado la primera flecha. En otras palabras, empeoramos las cosas nosotros solos. Nuestras reacciones y pensamientos desproporcionan la situación añadiendo una dosis innecesaria de sufrimiento,  ansiedad y miedo.
Los diferentes tipos de pensamientos catastróficos que solemos alimentar
1. Filtraje, cuando solo vemos lo negativo
Se trata de una distorsión de la realidad en la que desarrollamos una especie de visión de túnel y tomamos nota únicamente de los detalles negativos, al tiempo que los magnificamos. Solo vemos los elementos negativos, obviando casi por completo lo positivo, de manera que nuestra visión sobre lo que ocurre se tiñe de gris.
Como resultado de esa visión negativa y limitada sacamos de contexto lo que ocurre. Nuestro pensamiento se convierte en un disco rayado que se repite continuamente, yendo siempre a peor. El resultado final es una exageración de todos nuestros temores, carencias e irritaciones, hasta el punto que podemos llegar a sentir que todo es terrible, horroroso o que no podremos resistirlo.
¿Cómo desactivarlo?
Somos mucho más fuertes de lo que creemos. En realidad, podemos lidiar con muchas cosas. Por tanto, a veces para lidiar con este tipo de pensamiento catastrófico solo debemos decirnos: “no exageres”, “estás viendo solo lo negativo” o “puedo afrontar lo que ocurra”.
2. Sobregeneralización, sacar conclusiones precipitadamente
Cuando sobregeneralizamos lo que hacemos es sacar una conclusión general de un solo incidente o teniendo en cuenta solo una parte limitada de la evidencia y los datos que tenemos a nuestra disposición. Si nos ocurre algo malo en una ocasión, el pensamiento catastrófico se activará y esperaremos que vuelva a ocurrir continuamente.
En este caso, saltamos inmediatamente a conclusiones negativas sin darnos cuenta de que muchas veces las situaciones son en realidad una concatenación de factores que rara vez se vuelven a repetir. Este tipo de pensamiento catastrófico piensa en términos de “nunca”, “siempre”, “todos” o “ninguno”.
¿Cómo desactivarlo?
Es importante comprender que haber vivido un suceso negativo no es garantía de que nos vuelva a ocurrir. Necesitamos pensar con objetividad y analizar las probabilidades de ocurrencia reales en base a las evidencias que tenemos a nuestra disposición. Y para lograrlo debemos asumir una distancia psicológica de lo que nos ocurre.
3. Personalización, creer que el mundo está en contra nuestra
A veces creemos que somos el centro del universo. Y esa visión egocéntrica puede jugarnos malas pasadas. Podemos llegar a creer que todo lo que ocurre tiene que ver con nosotros, que existe una conspiración mundial con el único objetivo de fastidiarnos la vida y ponernos obstáculos. Pensar, en definitiva, que solo se nos funden las bombillas a nosotros, como si los demás fueran indemnes.
Llevar todo al terreno personal puede desarrollar un pensamiento catastrófico que nos haga ver peligros en todas partes, personas dispuestas a ponernos la zancadilla al menor despiste y desastres inminentes que nos afectarán de maneras insospechadas.
¿Cómo desactivarlo?
Necesitamos comprender que muchas cosas ocurren al margen de nuestra voluntad. A veces salimos dañados de manera colateral, pero no solemos ser la diana contra la que apunta el mundo. Ver el dolor y el sufrimiento ajeno, saliendo de esa actitud egocéntrica, nos permitirá poner todo en perspectiva.
4. Adivinación del pensamiento
Para relacionarnos con los demás debemos ser capaces de intuir sus emociones y, si es posible, anticiparnos a sus intenciones. Sin embargo, a veces exageramos y creemos que podemos adivinar sus pensamientos, lo cual puede conducirnos a crear una película en nuestra mente.
Cuando creemos que podemos adivinar el pensamiento y las intenciones de los demás es muy fácil malinterpretar una mirada, un gesto o una palabra, de manera que terminaremos imaginando los peores finales para esa relación. Por ejemplo, podemos concluir que alguien nos guarda rencor, pero no nos molestamos en averiguar que es cierto.
¿Cómo desactivarlo?
Preguntando. En las interacciones sociales, ante las dudas, es mejor preguntar. Un simple “¿Qué quisiste decir?” puede eliminar el riesgo de que saquemos conclusiones apresuradas que distan de la realidad.
5. Pensamiento emotivo
Las emociones negativas a menudo son la mecha que enciende el pensamiento catastrófico. Cuando nos ocurre algo, solemos reaccionar emocionalmente. Podemos sentirnos enfadados, tristes o frustrados cuando algo no sale según nuestros planes. Pero no debemos cometer el error de confundir esas emociones con la realidad.
Cuando pensamos que, si nos sentimos mal, el mundo va mal, estamos asumiendo que nuestras emociones son la realidad y, por tanto, pueden influir sobre ella. De esta manera caemos en la trampa de imaginar un futuro aterrador si tenemos miedo o un futuro gris si estamos deprimidos. Nuestras emociones negativas se traducen en pensamientos que terminan moldeando nuestras reacciones.
¿Cómo desactivarlo?
Las emociones influyen en nuestro pensamiento. Es un hecho. Pero podemos comprender que se trata tan solo de un factor en la ecuación. Necesitamos separar nuestras reacciones emocionales de los sucesos. Así podremos entender que el hecho de que tengamos miedo no significa necesariamente que el mundo sea un lugar amenazante. Solo lo estamos viendo así en ese momento.
Fuente Klein C. & Helweg-Larsen, M. (2002) Perceived Control and the Optimistic Bias: A Meta-Analytic Review. Psychology & Health; 17(4): 437-446.

06 junio 2020

PSICOLOGIA /PERCEPCION dts REALZAN LAS FOTOS LA VERACIDAD DE LAS NOTICIAS


PSICOLOGIA /PERCEPCION dts
REALZAN LAS FOTOS LA VERACIDAD DE LAS NOTICIAS

En los últimos tiempos están saliendo a la luz muchas noticias que dejan bastante que desear en cuanto a su veracidad. A veces, basta leer otro periódico para ver cómo cambian las cifras o el relato de la historia. En el afán de ser los primeros por publicar las noticias, a veces estas adolecen de seriedad. Es un mal con el cual debemos convivir.
Sin embargo, ahora investigadores de la Universidad de Wellington nos dejan saber que los periodistas tienen una carta bajo la manga con la cual convencer a los lectores de la veracidad de sus noticias: las fotos.
Seguramente en más de una ocasión, al leer una noticia, se habrán percatado que en algunas notas de prensa se ponen imágenes que no guardan mucha relación con el hecho en sí y se preguntan por qué las colocan. La respuesta es muy sencilla: cuando una noticia va acompañada de una foto, sin importar si esta se refiere al hecho concreto que se está narrando, la percibimos como más real.
Pero… ¿cómo se llegó a estos resultados?
Los investigadores reclutaron a 140 estudiantes y les pidieron que leyeran docenas de afirmaciones sobre diferentes personajes de fama mundial. Algunas de estas afirmaciones eran ciertas y otras podríamos calificarlas como sensacionalistas. La tarea de los estudiantes era indicar, tan rápido como pudiesen, si creían que aquellas afirmaciones eran reales o no.
Como podrán presuponer, la mitad de estas afirmaciones iban acompañadas de fotos y las otras no. Este detalle fue decisivo, los participantes que vieron las fotos tendieron a clasificar más afirmaciones como verdaderas. Lo más curioso fue que este efecto se hacía aún más fuerte, mientras menos familiar fuese la persona sobre la cual se refería la noticia.
Pero los investigadores no se detuvieron ahí. Realizaron un segundo experimento para el cual reclutaron a otros 70 estudiantes. En esta oportunidad utilizaron fotos poco informativas (es decir, que no guardaban mucha relación con la noticia en sí) y las afirmaciones transmitían un conocimiento general. Por ejemplo, se usaron afirmaciones como: “las nueces de macadamia pertenecen a la misma familia evolutiva que los duraznos” y se mostraba una imagen donde solo aparecían las nueces de macadamia.
Una vez más, los investigadores apreciaron el mismo efecto. Las afirmaciones acompañadas de imágenes tendían a ser calificadas como verídicas. Pero… ¿por qué sucede esto?
Una explicación posible es que, en nuestra mente, asociamos inconscientemente las fotos a las pruebas reales y objetivas. Por ende, independientemente de si las imágenes están relacionadas o no, tendremos una tendencia a pensar que la noticia que la acompaña es cierta. En otras palabras, las fotos nos reconfortan y no hacen disparar la señal de alarma de que la noticia podría ser falsa.
Fuente: Newman EJ, Garry M, Bernstein DM, Kantner J, and Lindsay DS (2012). Nonprobative photographs (or words) inflate truthiness. Psychonomic Bulletin and Review.

04 junio 2020


LO QUE VEAS EN ESTA ILUSIÓN ÓPTICA DELATA TU EDAD


Los escritos de mis momentos, en su mayorA­a, tienen un tono sentimental son una forma de hablar conmigo mismo cuando no hay nadie escuchA?ndome, o tambiA©n de hablar con alguien real que estA? en el recuerdo y que ha contribuido de algAsn modo a mis vivencias personales.

02 junio 2020

EL PODER DEVASTADOR DE LAS PEQUEÑASAGRESIONES EN LA VIDA COTIDIANA

PSICOLOGÍA /DESARROLLO PERSONAL
EL PODER DEVASTADOR DE LAS PEQUEÑASAGRESIONES EN LA VIDA COTIDIANA
Las pequeñas frustraciones del día a día, esos enfados, desilusiones y disgustos por cosas insignificantes, pueden llegar a afectar más nuestro bienestar emocional y salud física que los grandes problemas de la vida, como comprobó un estudio de la Universidad de Houston. El problema es que esas pequeñas frustraciones se van acumulando hasta saturarnos y romper nuestro equilibrio psicológico. Nos desbordan por completo. Lo mismo ocurre con las microagresiones en la vida cotidiana.
¿Qué son las microagresiones?
Las agresiones son conductas dañinas, generalmente intencionales, en contra de otra persona con el fin de herirla. Identificar las agresiones físicas es sencillo, identificar las agresiones psicológicas es más complejo porque se esconden tras comportamientos, actitudes o palabras más sutiles.
Las microagresiones, por definición, son actos pequeños, casi inconscientes, que realizamos a diario y a los que no les damos mucha importancia, pero su goteo constante termina teniendo un impacto negativo en la persona agredida.
Surgen cuando se realizan actos o comentarios despectivos – que generalmente son aceptados socialmente – pero que promueven estereotipos o generan estigma sobre una persona. Los comentarios racistas, sexistas y clasistas son un ejemplo de microagresiones en la vida cotidiana, pero existen muchas más.
No sentarse junto a alguien en el metro por su aspecto, interrumpir más a las mujeres que a los hombres cuando hablan porque creemos que no tienen nada interesante que decir, pensar que alguien es menos inteligente porque tiene un origen racial diferente al nuestro o creer que quienes pertenecen a una clase social más desfavorecida son ciudadanos de segunda son ejemplos de microagresiones en la vida cotidiana.
Del ataque directo a la ofensa encubierta, los tipos de microagresiones
Existen dos tipos de microagresiones, según Derald Wing Sue, psicólogo de la Universidad de Columbia nacido en Estados Unidos, pero de origen asiático, de manera que ha sufrido en carne propia esos microinsultos y ofensas:
  • Microagresiones abiertas. Son agresiones directas, palabras o actos que tienen el objetivo de herir o hacer sentir mal deliberadamente a la otra persona.
  • Microagresiones encubiertas. Se trata de agresiones camufladas. Quien las comete no ve ninguna mala intención en ellas porque es víctima de estereotipos y prejuicios que refuerza a través de esas agresiones.
El problema de las microagresiones es que, a diferencia del discurso de odio, son muy difíciles de detectar porque se basan en prejuicios compartidos socialmente. Muchas veces no se manifiestan de forma verbal, sino que pueden ser pequeñas acciones aparentemente inofensivas. A veces incluso pueden esconderse tras un halago.
Ese carácter sutil de las microagresiones no mitiga su impacto negativo en quien las sufre, sino que las vuelve aún más dañinas porque son más difíciles de combatir y erradicar. Así las microagresiones se replican y se vuelven tan comunes en el día a día que no llegamos a comprender la verdadera magnitud del daño que provocan en las víctimas.
¿Por qué las microagresiones son dañinas?
Hay quienes piensan que las microagresiones no son para tanto. Piensan que el problema no es el “agresor” sino que la “víctima” es demasiado sensible o que se toma las cosas demasiado a pecho. Sin embargo, es necesario ponerse en el lugar de la persona que está sufriendo esas microagresiones a diario.
Sue, por ejemplo, cuenta que muchas veces, tras dar una conferencia, se le acercan los estudiantes y no solo lo felicitan por el contenido de la clase sino también por su perfecto inglés. Ese tipo de comentarios, que se repiten una y otra vez, le hacen sentir como un extranjero en su país natal.
Una serie de experimentos realizados en la Universidad de Princeton revelaron que cuando una persona sufre microagresiones en el contexto de una entrevista de trabajo comete más errores, lo cual se convierte en una profecía que se autocumple, limitando sus posibilidades de acceder al puesto.
El problema de las microagresiones es que van creando una bola de nieve. Un comentario sutil, un gesto pequeño, un acto insignificante se van transformando en algo mayor que termina haciendo que la persona se sienta diferente, rara o incluso inferior. Así las microagresiones terminan provocando heridas invisibles que afectan la autoestima, la salud mental y el sentido de inclusión de las personas que no cumplen con ciertos estándares sociales.
De hecho, no es inusual que una persona que sea objeto de microagresiones de manera sistemática termine reaccionando de manera exagerada y totalmente desproporcionada ante un simple comentario o una broma de mal gusto. En realidad, esa persona no está reaccionando ante ese microinsulto sino a todos los años de microinsultos que ha soportado. Ese comentario ha sido simplemente la gota que ha colmado el vaso.
¿Cómo combatir las microagresiones?
Es importante entender que a través de las microagresiones cimentamos y replicamos los estereotipos – a veces de manera inconsciente – en las interacciones sociales. La microagresión tiene una fuerte repercusión, tanto en el inconsciente de la víctima como en el subconsciente social. Por tanto, contribuye a reforzar prejuicios y a denigrar determinados grupos. Eso significa que no deberían tener cabida en nuestras relaciones interpersonales.
Si sufrimos esos microinsultos, podemos realizar una microintervención. Es decir, hacer algo que desarme la microagresión y eduque a quien la ha hecho.
Si alguien nos dice algo que nos resulta ofensivo, es importante no ponerse a la defensiva. Es importante partir del hecho de que nadie es inmune a los prejuicios raciales, sexuales o de género heredados. Ni siquiera nosotros.
Eso significa que no hay necesidad de enfadarnos con esa persona, pero sí de educarla y hacerle notar esos prejuicios de una manera respetuosa. Por tanto, debemos armarnos de paciencia y preguntarle qué ha querido decir exactamente. Podemos aprovechar ese momento para hacerle notar que sus palabras esconden un prejuicio que puede hacer daño a las personas.
En cualquier caso, debemos ser conscientes de que una cosa es lo que creemos creer y otra lo que creemos realmente. Detectar los estereotipos y prejuicios que usamos al relacionarnos con los demás nos convertirá en personas más sensibles y abiertas. De hecho, deshacernos de las microagresiones no solo evitará que dañemos a otras personas, sino que es beneficioso para nosotros porque nos permitirá relacionarnos sin ideas preconcebidas, lo cual ampliará considerablemente nuestra visión del mundo.
Fuente:
Ortiz, A. & Tejada, N. (2017) Campaña de Mercadeo Social “Transforma la Norma: