19 noviembre 2019

EL SILENCIO ES FUNDAMENTAL PARA NUESTRO EQUILIBRIO PSICOLÓGICO

psicología/desarrollo personal                                                                                  

EL SILENCIO ES FUNDAMENTAL PARA NUESTRO EQUILIBRIO PSICOLÓGICO. 
Vivimos en un mundo demasiado agitado. Cuando salimos a la calle nos encontramos con personas q
El miedo al silencio 
ue hablan constantemente por sus teléfonos móviles, conductores que tocan el claxon de sus coches y los ruidos más diversos que provienen de donde menos esperamos. Estos sonidos forman nuestra banda sonora cotidiana y nos hemos acostumbrado tanto a ellos que ya no nos acordamos de cómo es el silencio, de esa maravillosa sensación que nos embarga cuando no se escucha nada. Sin embargo, el silencio es fundamental para nuestro equilibrio psicológico.
Nuestra generación, y la de nuestros padres, ha crecido en un mundo tan ruidoso que prácticamente nos hemos convertidos en adictos al sonido, es como si no pudiésemos vivir sin él. De hecho, muchas personas siempre tienen encendido el televisor solo para escuchar el sonido, es como si le tuviesen miedo al silencio.
Y no es para menos porque el silencio nos permite conectar rápidamente con nuestro mundo interior, con esa parte que normalmente permanece oculta y a la cual tememos porque nos plantea preguntas que quizás no estamos preparados para responder. Estar en silencio prácticamente equivale a mirar dentro de nosotros y a veces lo que vemos no nos gusta (o nos asusta). Por eso a menudo preferimos buscar refugio en el ruido, vivir de manera excesiva para no dejarle un minuto a la introspección. 
El poder del silencio 
La ausencia de ruidos externos nos permite centrarnos en nuestro interior por lo que el silencio se convierte en una herramienta ideal para reencontrar nuestro verdadero “yo”, para ser plenamente conscientes de dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos. 
Hay un ejercicio fantástico que te permitirá volver a conectar con el universo: simplemente busca un lugar tranquilo y silencioso, mejor aún si estás rodeado de la naturaleza, y cierra los ojos. Concéntrate en las diferentes partes de tu cuerpo y en las sensaciones que percibes. Intenta no pensar en nada, simplemente focalízate en el momento presente y disfruta del silencio. Siente cómo el sol acaricia tu piel, percibe el viento en el rostro, la arena en los pies... Lo importante es que te focalices en las sensaciones que estás experimentando en ese momento, que disfrutes del silencio y que limpies tu mente de cualquier preocupación.

Este ejercicio es tan poderoso para reencontrar el equilibrio y la paz interior que bastan tan solo cinco minutos y luego regresarás a la vida cotidiana como nuevo, más relajado y lleno de energía. De hecho, es una excelente técnica para comenzar la jornada con buen pie. 


Además de la tranquilidad que nos transmite, el silencio también es un arma excelente para potenciar la creatividad. Recuerda que a menudo nuestra mente inconsciente está trabajando en los problemas, pero a veces no escuchamos sus soluciones porque le prestamos más atención al ruido que proviene del medio que a esa pequeña voz interior. Sin embargo, si de vez en cuando te quedases solo contigo mismo, es probable que esa creatividad encuentre los cauces adecuados para fluir con más facilidad. 


Como punto final, os recuerdo una frase de Thomas Carlyle: “el silencio es el elemento en el que se forman todas las cosas grandes”.

14 noviembre 2019

LOS LAPSUS VERBALES… ¿QUÉ ESCONDEN ESTOS ERRORES?


CURIOSIDADES DE LA PSICOLOGÍA

LOS LAPSUS VERBALES… ¿QUÉ ESCONDEN ESTOS ERRORES?

¿Quién no se ha equivocado nunca mientras hablaba y ha confundido una palabra por otra? ¿Se trata solo de un error o ese lapsus verbal indica algo más profundo a nivel psicológico? ¿Se trata quizá de un mensaje del inconsciente? Se estima que, por cada 1.000 palabras dichas, cometemos uno o dos errores. Si tenemos en cuenta que el ritmo medio de expresión es de 150 palabras por minuto, se produciría un error cada siete minutos de conversación continua. Por ende, la mayoría de nosotros cometemos entre 7 y 22 errores verbales cada día, aunque a veces no nos damos cuenta de algunos de ellos.

¿Por qué se producen los lapsus verbales?

En 1901 Sigmund Freud acuñó esas «metidas de pata» con el nombre impronunciable de “fehlleistungen” (en español sería actos erróneos). Freud consideraba que se trataba de un pensamiento, necesidad o deseo inconsciente que se revelaba de esta forma, a través del discurso.

Así, el lapsus freudiano se invoca para explicar un comportamiento extraño y vergonzoso desde el punto de vista social, como, por ejemplo, cuando un hombre saluda a la esposa de su anfitrión diciéndole: “encantado de vencer” porque realmente siente una atracción sexual por esta mujer y desearía predominar sobre el esposo.

Freud también cuenta otro ejemplo en el que uno de sus pacientes, estresado por sus dificultades económicas, intentó negarse a seguir tomando el medicamento diciendo: «Por favor, no me dé más recibos porque no puedo tragarlos «. Obviamente, este tipo de errores no son casuales sino una expresión de una necesidad latente.

No obstante, un contemporáneo de Freud, Rudolf Meringer, brindó una explicación mucho menos “excitante” para estos deslices. Según este filólogo, los errores lingüísticos serían simplemente unas cáscaras de banana en el camino de la oración, sencillos cambios accidentales de las unidades lingüísticas, ni más ni menos.

La investigación moderna ha retomado este tema, pero desde una perspectiva diferente. Gary Dell, profesor de lingüística y la psicología en la Universidad de Illinois, sostiene que los lapsus linguae son la muestra de la capacidad de una persona para usar el lenguaje y sus componentes.

En su opinión, los conceptos, palabras y sonidos están interconectados en el cerebro a través de tres redes: léxico, semántico y fonológico. Y el habla surge de la interacción de estas. Pero de vez en cuando estas redes, que operan a través de un proceso que él denominó «propagación de la activación,» viajan a saltos. Como consecuencia, el resultado puede ser un lapsus o un error al hablar.

Por ejemplo, imaginemos que queremos decir la palabra “cultivar”. En este momento nuestra mente activa una red semántica que está compuesta por, nada menos y nada más, que unas 30.000 palabras. En este punto, también se ponen en marcha todos los significados relacionados con la palabra cultivar e incluso nuestras experiencias personales con ese término.

Por si fuera poco, nuestra red fonológica debe activarse para buscar los sonidos adecuados para pronunciar la palabra. Y todo no termina ahí, también debemos buscar la correspondencia gramatical para que la palabra se escuche adecuadamente dentro de la oración. Como podrás imaginar, es muy fácil que nuestro cerebro se confunda. Lo extraño sería que no lo hiciera.

Por eso, en ocasiones solo llegamos a pronunciar las primeras sílabas de la palabra errónea ya que inmediatamente nos damos cuenta del equívoco y lo solucionamos. Por supuesto, será mucho más fácil confundir las palabras con un sonido similar, como, por ejemplo: hospitalidad con hostilidad o insinuar con incinerar. Así, la mayoría de los lapsus verbales no son sino cáscaras de bananas producidas por una “sobrecarga” del cerebro.

¡Pero otros no lo son!

¿Qué esconden los errores al hablar?

Algunos errores al hablar pueden estar provocados por la incidencia de los significados. Por ejemplo, cuando pensamos en el nombre de una persona, inmediatamente acuden a nuestra mente las vivencias relacionadas con esta. De esta forma, esas experiencias o deseos podrían ser los causantes del error. En fin, serían lapsus verbales provocados por los pensamientos intrusivos.

El problema radica en que mientras más nos esforzamos por suprimir estos pensamientos, más frecuentes se vuelven y, por ende, no es raro que terminen manifestándose a través de errores lingüísticos. Por supuesto, mientras más distraídos estemos, más errores cometeremos.

Esto lo demuestra un curioso experimento desarrollado en la Universidad de California en la cual los psicólogos le pidieron a hombres heterosexuales que hablaran sobre sus profesiones delante de una mujer vestida de forma provocativa. Se apreció que estos hombres cometían más lapsus de contenido sexual que quienes habían sido entrevistados por otro hombre. Esto se debe a que nuestro cerebro tiene una capacidad atencional limitada y no puede controlar tantos procesos a la vez.

Para evitar estos errores hay una solución bastante sencilla: hablar lentamente para pensar qué vamos a decir.

Fuente:

Pincott, J. (2012, Marzo) Slips of the tongue. En: Psychology Today.


11 noviembre 2019

CONVERTIR LOS CONFLICTOS EN OPORTUNIDADES!


psicología /desarrollo personal                                                                                  
¡CÓMO CONVERTIR LOS CONFLICTOS EN OPORTUNIDADES!
Todos, en algún que otro momento, hemos tenido conflictos, ya sea con nuestros amigos, pareja, hijos, compañeros de trabajo e incluso con nosotros mismos. Los conflictos surgen cuando no somos capaces de articular nuestra perspectiva con los puntos de vista ajenos y no estamos dispuestos a ceder, parapetándonos detrás de nuestras creencias, como si de una muralla se tratase. 
De hecho, en realidad la causa más común de los conflictos no radica en la diferencia de criterios o motivaciones sino en la incapacidad para encontrar un punto en común, en la negación a ceder. Obviamente, estas posturas producen malentendidos, disgustos y peleas. 
Sin embargo, los conflictos no son necesariamente negativos, podemos convertirlos en oportunidades para aprender, para crecer como personas y para desarrollar la flexibilidad. Los conflictos nos permiten adentrarnos en perspectivas diferentes a la nuestra y ampliar nuestra mente. También pondrán a prueba nuestras habilidades sociales y nos ayudarán a ser más empáticos y asertivos. Por supuesto, para obtener estas ventajas, es importante saber manejar los conflictos.
5 ideas para aprender a manejar los conflictos y sacar provecho
1. Reconoce y valora los aspectos importantes para la otra persona. Cuando estamos en presencia de un conflicto es fundamental discriminar cuál es el aspecto que nos ha llevado a esa contradicción. No se trata del problema de base sino de la discrepancia que nos impide ponernos de acuerdo. Una vez que hayas detectado cuál es la verdadera causa del conflicto, intenta comprender por qué es importante para la otra persona. Por un minuto, ponte en su lugar, asume su perspectiva y haz tuyos sus valores. Solo así podrás entender el verdadero alcance del problema.

2. Mantén bajo control las emociones. Las emociones son un arma de doble filo ya que en ocasiones, sobre todo cuando nos enfrentamos a un conflicto, nos juegan malas pasadas al tomar el mando y hacernos decir o hacer cosas inapropiadas. Por eso, para convertir un conflicto en una oportunidad es fundamental que aprendas a manejar tus emociones. Por supuesto, no siempre es fácil tomar el mando emocional, en esos casos, lo mejor es que postergues la conversación. Explícale a la otra persona que en esos momentos no estás en la mejor disposición para resolver un conflicto y que será mejor que aplacéis el asunto hasta que puedas enfrentarlo con más calma y la mente despejada. De la misma forma, si notas que tu interlocutor está demasiado exaltado, hazlo notar y pídele postergar la conversación.

3. Muestra una actitud positiva, abierta a diferentes soluciones. A menudo las personas se parapetan en su posición y no quieren oír hablar de alternativas que no sean las que ellos proponen. Esta actitud defensiva solo servirá para que tu interlocutor se encierre a su vez, en un búnker. Como resultado, no lograréis avanzar. Por eso, lo mejor es acudir al conflicto con una actitud abierta, dispuesta al diálogo y, sobre todo, con la meta de alcanzar una solución que sea satisfactoria para ambos. Al final, esta actitud se reflejará en tus gestos y palabras y terminará por hacer que todo fluya con mayor facilidad.

4. Maximiza la empatía. No basta con que comprendas racionalmente al otro, también es importante que entiendas sus motivos y sus sentimientos, sobre todo cuando se trata de un conflicto con personas a las que te unen lazos afectivos. Remontarte atrás en el tiempo y recordar sus experiencias de vida seguramente te ayudará a comprender por qué se siente de determinada manera. Por supuesto, también es importante que seas capaz de despertar la empatía. Pídele a la otra persona que se ponga en tu lugar y explícale cómo te sientes. 

5. Sé proactivo. No decidir es peor que tomar una mala decisión. Los conflictos interpersonales suelen generar una gran carga emocional que acarrea consecuencias en el plano personal y social. Por eso, evadirlo casi nunca es la mejor solución ya que solo te traerá preocupaciones y estrés. Después de que hayas sopesado los pros y los contras, decídete a enfrentar el problema. Quizás no logres solucionarlo a la primera, pero al menos estarás dando pasos para buscar una alternativa.

09 noviembre 2019

EL PENSAMIENTO ANTICIPATORIO: ¿PENSAR O NO PENSAR?


 psicología/ desarrollo personal                                                                                   
EL PENSAMIENTO ANTICIPATORIO: ¿PENSAR O NO PENSAR?
Iniciemos este intento de reflexión con una pequeña historia:
«Un hombre está haciendo algunos cambios en su casa. De repente se da cuenta de que necesita un taladro eléctrico, pero no lo tiene y todas las tiendas están cerradas. Entonces recuerda que su vecino tiene uno. Irá a pedírselo prestado, pero… le asalta una duda: ¿y si no quiere prestármelo? Entonces recuerda que la última vez que se vieron el vecino no se mostró tan comunicativo como en otras ocasiones. Quizás tenía prisa, pero quizás se sentía molesto por algo que he hecho. Evidentemente, si está molesto conmigo no me prestará el taladro. Se inventará cualquier excusa y yo quedaré en una posición totalmente ridícula. ¿Pensará que es más importante que yo solo porque tiene una herramienta que necesito? Pero, ese es el colmo de la arrogancia…»
En síntesis, que el hombre no pudo terminar su trabajo porque sus pensamientos le impidieron ir a solicitar la ayuda necesaria. Pero además, es muy probable que cuando se vuelva a encontrar con el vecino lo salude de una manera fría o que deje traslucir su molestia; fundándose en una serie de ideas erróneamente preconcebidas.
Este tipo de razonamiento o autodiálogo se convierte en un sinvivir cotidiano que conduce al camino más certero para amargarse la vida.
La cultura occidental es racionalizadora por excelencia; hay incluso quienes afirman que la racionalización está institucionalizada porque todo se intenta solucionar a partir de la descomposición en partes y la anticipación de los posibles errores. Así, nos vemos envueltos en miles de pequeños pensamientos cotidianos que nos asaltan mientras cruzamos una calle, cuando tomamos un café, cuando estamos esperando en una fila, cuando alguien nos saluda… invariablemente le estamos buscando un sentido a todo lo que sucede a nuestro alrededor; a la mirada del señor del autobús, a la risa de la dependienta, a la confusión del compañero de trabajo… la lista es interminable. Intentar brindarle un significado a lo que nos rodea es un proceso bastante normal, que muchas veces transcurre de manera automática para que podamos responder congruentemente con los estímulos que nos llegan constantemente del entorno pero hay que reconocer que en muchas ocasiones, francamente, cruzamos la frontera de lo sano para lindar con lo patológico.
La mayoría de estos pensamientos no tienen muchas repercusiones pero existen algunos que, más que soluciones, acarrean verdaderos problemas. Eso sucede porque deseamos encontrarle un sentido a determinadas situaciones o comportamientos pero realmente no tenemos todas las informaciones necesarias como para hacer una evaluación objetiva de lo que está sucediendo. Entonces echamos mano a nuestras creencias (que pueden ser más o menos acertadas, más o menos flexibles) para explicar rocambolescamente aquello que en muchas ocasiones bastaría con preguntar.
Anticipar los posibles resultados de nuestras acciones es totalmente válido y característico del ser humano, pero cuando este pensamiento se sustenta más en nuestras percepciones prejuiciadas que en una realidad compartida, provoca una ansiedad considerable en quien intenta racionalizar e incluso determina negativamente sus relaciones interpersonales y por supuesto, limita en extraordinaria medida el éxito que se puede alcanzar.
Una solución al alcance de la mano es preguntar; preguntar siempre que podamos para poder conformarnos un cuadro lo más cercano a la realidad posible. De las respuestas o del silencio de nuestro interlocutor, siempre obtendremos una información valiosísima que nos facilitará tomar la mejor decisión posible sin caer en las distorsiones cognitivas.

08 noviembre 2019

EL PODER DEL “TERCER MOMENTO”


Psicología /desarrollo personal                                                                                  

EL PODER DEL “TERCER MOMENTO”
Cuando el enésimo conductor te corta el paso, es probable que sientas una oleada de ira. Cuando haces una fila inmensa y no obtienes lo que necesitas, te embarga una oleada de frustración. Cuando tu compañero de trabajo recibe una promoción que crees merecer, sientes una oleada de celos. Enfado. Impaciencia. Tristeza. Frustración… Nos pasamos gran parte del día invadidos por varias emociones.
A menudo esas emociones son “negativas” puesto que nos hacen sentir mal y descarrilan nuestros planes. Por culpa del enfado, la irritabilidad o los celos, terminamos haciendo cosas de las que después nos arrepentimos. Además, esas pequeñas experiencias van oscureciendo nuestra jornada, impidiéndonos sentir alegría y satisfacción, arrebatándonos nuestro equilibrio emocional. La buena noticia es que no tiene por qué seguir siendo así.
No puedes cambiar las situaciones, pero puedes cambiar tus reacciones
Lo queramos o no, nuestras reacciones emocionales terminan moldeando nuestras experiencias. No podemos cambiar las situaciones pasadas, pero a cada momento nos enfrentamos a nuevas experiencias sobre las que sí tenemos cierto grado de control. Nuestra respuesta ante cada situación moldeará los próximos minutos u horas de la jornada, solo tenemos que aprender a prestar atención en el momento correcto.
Puede ayudarte pensar en las emociones como si fueran una llave en la cerradura. Puedes introducir y mover la llave sin problemas en su interior, pero dado que tu objetivo es abrir o cerrar la cerradura, tendrás que encontrar el punto preciso en el que puedes sacar la llave. Si no lo encuentras, la llave se atascará y tendrás que seguir dándole vueltas en la cerradura, con lo cual no conseguirás nada más que aumentar tu frustración.
De manera similar, en la vida algunas situaciones pueden generar estados emocionales en los que nos quedamos atrapados, las más usuales son la culpa y el rencor, que generan a su vez un bucle de negatividad, un ciclo que no se detendrá hasta que no seamos capaces de encontrar ese punto preciso. El método del “Tercer Momento” enseña cómo encontrar ese punto, para que logremos seguir adelante usando las emociones a nuestro favor, en vez de quedarnos a su merced.
Los tres momentos de la experiencia
La vida está compuesta por una serie de experiencias, y cada una de ellas se puede dividir en tres momentos.
El primer momento – La sensación
En un primer momento, nuestros órganos sensoriales perciben un cambio en el entorno. Es ese momento en el que escuchamos nuestro nombre o vemos a una persona. En ese instante, simplemente percibimos, no reconocemos lo que está sucediendo. Nuestros órganos de los sentidos captan y transmiten la información.
El segundo momento – La atribución de significado
En un segundo momento, en cuestión de milisegundos, que es lo que tarda en viajar el estímulo a través de las redes nerviosas, reconocemos que han dicho nuestro nombre o el rostro de la persona. En este momento se activa lo que Antonio Damasio denominó “marcadores somáticos”, los cuales nos permiten calificar esa percepción de manera automática como buena, mala o neutral.
Esa atribución no depende exclusivamente del estímulo sino también de nuestros recuerdos, de las experiencias anteriores con estímulos similares e incluso de nuestras creencias y expectativas. En ese momento la experiencia comienza a tener una valencia emocional, nos agrada o genera rechazo. Ese mecanismo transcurre fundamentalmente por debajo de nuestro umbral de conciencia.
El tercer momento – La reacción
En este momento tenemos la posibilidad de aceptar o rechazar el significado que nuestro cerebro más primitivo le ha impreso a la experiencia. Podemos analizarla conscientemente y decidir si realmente es tan desagradable y amenazante o si, al contrario, se trata de una reacción exagerada basada en experiencias pasadas que no guardan mucha relación con la situación actual.
El tercer momento nos brinda la posibilidad de marcar la diferencia entre la acción y la reacción, podemos distanciarnos de las respuestas automáticas, comprender nuestras emociones y pensar una respuesta.
El método del Tercer Moment
No podemos influir en nuestras sensaciones y en la atribución de significados que realizamos de manera automática, pero tenemos un enorme poder en el tercer momento de la experiencia. Podemos usar ese tiempo como una pausa, de manera que no nos limitemos a reaccionar, sino que seamos capaces de responder.
El método del Tercer Momento nos permite tomar el control y no ser víctimas de las circunstancias. ¿Cómo aplicarlo? Simplemente observando la emoción.
En el segundo momento, nuestro cerebro primitivo desata una emoción, que es la que nos impulsa a alejarnos o acercarnos de lo que está ocurriendo. Debemos ser capaces de detectar esa emoción justo cuando surge. Se trata de concientizar esa emoción antes de que pueda desencadenar una respuesta automática y se conecte con cualquier pensamiento.
Cuando la emoción se conecta con un pensamiento, creemos que estamos reaccionando de manera racional, pero en realidad no es así. Por ejemplo, podemos sentirnos frustrados y, como resultado, pensar que la persona que tenemos delante es un incapaz. Obviamente, se trata de una conclusión sin una base sólida más allá de lo que estamos sintiendo. Cuando observas la emoción apenas nace, evitas hacer ese tipo de asociaciones que pueden llevarte a cometer errores.
Es probable que te sientas tentado a rastrear la fuente de esa emoción. Es comprensible, pero no es nada útil porque puedes caer en un bucle infinito de culpabilización. En vez de centrarte en quién hizo qué para quién, simplemente observa tu emoción.
No lo hagas como si fueras un observador externo, deslingándote de la emoción, sino que debes sentirla plenamente. Puedes imaginar esa emoción como si fuera un globo inflado que te llena. No le prestes atención al globo sino a lo que hay dentro de él.
¿Cómo se siente? Es importante que no racionalices. ¿Qué hay dentro del globo? En realidad, solo hay espacio.
Eso no significa que tu emoción sea espacio, pero te ayudará a comprender que la emoción en sí misma no existe tal y como crees, no es algo estático y sólido. Poco a poco comenzarás a sentirte más ligero, esa emoción se “desinflará” y es probable que hasta te sientas feliz o satisfecho. Cuando dejas ir una emoción que te estaba afectando, sientes el alivio de quitarte de encima un gran peso.
Sin embargo, no es algo que se consiga de la noche a la mañana, debes practicar. No hay dudas de que en el calor del momento puede ser difícil poner en práctica este método, por eso es importante que practiques en situaciones que puedas controlar mejor.
Lo interesante es que a medida que vas controlando este método, vas ganando en confianza y autocontrol, mejora enormemente tu calidad de vida porque dejas de reaccionar, dejas de estar a merced de las circunstancias y puedes elegir realmente cómo comportarte.

06 noviembre 2019

CUANDO LA INFORMACIÓN SE CONVIERTE EN UNA “DROGA”


PSICOLOGÍA/TECNOLOGÍA
CUANDO LA INFORMACIÓN SE CONVIERTE EN UNA “DROGA”
¿No puedes dejar de revisar tu móvil, aunque no estés esperando ningún mensaje importante? ¿Entras varias veces a los diarios para comprobar las noticias? ¿Sientes curiosidad por saber más sobre tu vecino o compañero de trabajo, aunque no tienes ninguna intención de relacionarte con él? ¿“Espías” lo que los demás comparten en sus redes sociales solo por mera curiosidad?
¡La culpa es de tu cerebro! Investigadores de la Universidad de Berkeley descubrieron que la información actúa sobre el sistema de recompensa del cerebro de la misma manera que los alimentos o las drogas.
A veces, solo queremos saber
Somos curiosos. No es un secreto. La curiosidad nos anima a explorar y descubrir. Pero quizá somos mucho más curiosos y cotillas de lo que estaríamos dispuestos a admitir. Y quizá esa curiosidad puede hacer que nos saturemos con información inútil. O que nos quedemos atrapados en un bucle de búsqueda en el que jamás pasamos a la acción, aturdidos por la cantidad de opciones, la cantidad de factores a considerar y la información nueva que aparece cada día y que contradice a la anterior, generando caos y eliminando el espacio para la necesaria reflexión.
Estos investigadores escanearon el cerebro de las personas mientras estaban inmersas en un juego de apuestas. Cada participante recibió una serie de billetes de la lotería y debía decidir cuánto estaba dispuesto a pagar para obtener más información sobre las probabilidades que tenía de ganar. En algunos casos, la información era valiosa, como cuando había mucho dinero en juego, pero en otros casos esa información no aportaba prácticamente nada, como cuando había poco dinero en juego.
Se apreció una tendencia: los participantes solían sobrevalorar la importancia y el valor de la información. Y cuanto mayor era el riesgo o las probabilidades de ganar, más aumentaba la curiosidad por esa información, aunque en realidad esta no tenía ningún influjo en sus decisiones. Es decir, solo querían saber, por saber.
Los investigadores creen que este comportamiento indica que no solo buscamos información que nos resulte beneficiosa o valiosa por algún motivo, sino que nos gusta obtener información en sentido general, la usemos o no. Es como querer saber si recibiremos una oferta de trabajo, aunque no tengamos la intención de aceptarla.
La anticipación nos sirve para determinar cuán bueno o malo puede ser algo. Anticipar una recompensa más placentera hará que la información parezca más valiosa de lo que es en realidad”, apuntaron los investigadores.
Los escáneres cerebrales revelaron que la información activaba las zonas del cerebro relacionadas con la recompensa, aquellas que provocan una descarga de dopamina y que también se activan en los casos de adicción.
Concluyeron que “para el cerebro, la información es su propia recompensa, independientemente de si es útil o no […] De la misma manera en que a nuestro cerebro le gustan las calorías vacías de la comida chatarra, la información le hace sentir bien, aunque no sea útil”.
Más información no siempre es mejor
Solemos pensar que cuanta más información, mejor. No siempre es así. A veces atiborrarse de información puede implicar un detrimento del análisis, la reflexión y el pensamiento crítico. Consumir información como se consume una droga implica que no existe un procesamiento de la misma, por lo que es un acto inútil.
En un mundo que nos bombardea de información constantemente, debemos tenerlo muy presente o corremos el riesgo de perdernos en un mar de noticias y contenidos específicamente creados para “doparnos”, no para crecer o animarnos a reflexionar.
De hecho, un estudio anterior realizado en la Universidad de California reveló que las redes sociales activan la amígdala y el núcleo estriado, estructuras involucradas en las emociones y la anticipación de las recompensas, que son las mismas que se activan en las adicciones.
El deseo de obtener más y más información, sin hacer nada provechoso con ella, genera el mismo comportamiento impulsivo que se aprecia en las adicciones, silenciando el sistema inhibitorio que nos permite retomar el control.
Por supuesto, eso no significa que debemos dejar de informarnos. Significa que debemos ser críticos con la información que consumimos y, sobre todo, que necesitamos pasarla por un tamiz. ¿Realmente vale la pena perder tanto tiempo de nuestra vida consumiendo información que olvidaremos al día siguiente?

04 noviembre 2019

LA ÚNICA DECISIÓN IMPORTANTE PARA SER VERDADERAMENTE FELIZ

psicología desarrollo personal                                               
LA ÚNICA DECISIÓN IMPORTANTE PARA SER VERDADERAMENTE FELIZ
Cada día tomamos miles de decisiones, pero más allá del color de la ropa que nos vas a poner, la cantidad de azúcar que le echaremos al café o la oferta de trabajo que rechazaremos o aceptaremos, lo cierto es que solo hay una decisión para ser feliz realmente trascendental en nuestra vida: las personas que hemos elegido para que nos acompañen en cada una de esas disyuntivas.
O al menos eso afirma Moran Cerf, un neurocientífico de la Northwestern University, quien piensa que la felicidad no está supeditada al éxito que alcanzamos en la vida o a las cosas que hemos conseguido sino a las personas que se encuentran a nuestro lado.
Tu energía es limitada: ¿En qué quieres gastarla?
Cerf parte de la idea de que tomar decisiones puede llegar a ser un proceso agotador que consume una gran cantidad de nuestra energía emocional y cognitiva. Si tomamos muchas pequeñas decisiones cada día, nos quedamos sin recursos para tomar las decisiones realmente trascendentales que pueden cambiar el curso de nuestra vida.
De hecho, solemos pensar en nuestros recursos mentales como una fuente infinita, pero en realidad no es así. La fuerza de voluntad, por ejemplo, es un recurso finito que se desgasta cada vez que debemos tomar una decisión que demande poner en marcha nuestros recursos de autorregulación. En otras palabras: tener que controlarnos todo el día resulta agotador, por lo que cuando llega la noche es probable que tengamos los nervios a flor de piel y seamos más propensos a perder el control o ceder a las tentaciones.
Discutir con las personas o tener que llegar a acuerdos constantemente también implica un enorme desgaste. Por eso Cerf pone el foco en quienes nos rodean. Su teoría es que, si nos rodeamos de personas que tengan gustos, valores y creencias afines a las nuestras, evitaremos discutir continuamente por nimiedades, nos resultará mucho más fácil llegar a acuerdos y nuestra vida fluirá mejor.
Cerf nos alerta que nuestra energía es limitada, por lo que debemos usarla con inteligencia, y eso implica elegir sabiamente a las personas que dejaremos entrar en nuestro círculo íntimo.
Nuestros cerebros se sincronizan, para bien o para mal
Las Neurociencias han demostrado que cuando dos personas hacen algo juntas, se produce una sincronización entre sus cerebros, lo cual significa que sus ondas cerebrales tienden a moverse de la misma manera.
Un estudio realizado en la Université Pierre et Marie Curie de París reveló que cuando interactuamos con otras personas no solo tenemos una tendencia a imitar sus movimientos, sino que también se activan simétricamente los mismos centros funcionales clave en la red cerebral interindividual. 
La sincronización cerebral, como demostró otro estudio llevado a cabo en la Universidad Normal del Este de China, es fundamental para la conducta prosocial; o sea, para conectar con los demás. Sin embargo, también tiene un lado más oscuro: podemos contagiarnos con las emociones y sentimientos negativos de los demás, dejándonos arrastrar en su “torbellino emocional”. Y eso nos desgasta.
Cuando dejamos entrar a una persona en nuestro círculo más íntimo, creamos un campo relacional que termina influyendo en nuestro estado de ánimo. Esa relación puede aportarnos muchas satisfacciones, ayudarnos a liberar el estrés y a tomar mejores decisiones, pero también puede ser una enorme fuente de insatisfacciones, conflictos y estrés.
Elige a personas que aporten valor – y conviértete en alguien que aporta
Debemos ser conscientes de que las personas que nos rodean influyen en nuestro estado de ánimo, comportamientos y decisiones. Así como nosotros influimos en los suyos. Eso significa que, si queremos ser más felices y vivir con menos conflictos, debemos preocuparnos por seleccionar cuidadosamente a aquellas personas que dejamos entrar en nuestra vida.
Si nos rodeamos de personas pesimistas, que siempre tienen un problema para cada solución, personas que se lamentan continuamente y han hecho de la queja su modo de vida, de personas manipuladoras que pretenden decidir todo en nuestro lugar o de personas controladoras que quieren saber hasta el mínimo detalle de nuestras vidas, no es extraño que terminemos sintiéndonos agobiados e infelices.
Por eso, una de las decisiones más importantes – y quizá una de las más difíciles – que debemos tomar en la vida consiste en determinar a quién podemos dejar entrar y quién debe permanecer fuera. Para ello, debemos ser conscientes de que todos tenemos el derecho de decidir con quién queremos compartir nuestra posesión más valiosa: el tiempo.
Por tanto, no permitas que las normas sociales o el simple azar elija en tu lugar. El filósofo Max Stirner sostenía que cuando no elegimos a las personas que nos rodean, sino que estas han sido impuestas por el «destino», nos sentimos atadas a ellas, y esa atadura genera frustración y nos coarta. Al contrario, cuando elegimos conscientemente las personas con quienes queremos compartir nuestra vida, podemos conectar desde nuestra esencia y crear una relación que realmente valga la pena.
Por supuesto, también debemos asegurarnos de ser una de esas personas que aporta valor a la vida de los demás acompañando sin invadir y amando sin poseer. Esa es la clave.
Fuentes: Hu,Y. et. Al. (2017) Brain-to-brain synchronization across two persons predicts mutual prosociality. Soc Cogn Affect Neurosci; 12(12): 1835–1844.