17 mayo 2020

DEJAR DE PENSAR PUEDE SER ALTAMENTE PELIGROSO.


Psicología sin Reservas
DEJAR DE PENSAR PUEDE SER ALTAMENTE PELIGROSO.
Cuando estudiaba filosofía, algunos filósofos eran catalogados como “librepensadores”. Otros no. Los primeros recibían una atención somera. Los segundos detallada. Y aquello hacía saltar mis alarmas. Porque si no eres un librepensador, no piensas.
Si el pensamiento se ata a normas y debe seguir un guion, se vuelve dogmático. Y en ese mismo momento dejamos de pensar. Ipso facto.
Dejar de pensar es altamente peligroso. Nos volvemos susceptibles a la manipulación. Corremos el riesgo de desarrollar posturas extremas que alguien se encargará diligentemente de capitalizar a su favor. Entonces nos convertimos en autómatas que siguen órdenes.
El falso dilema: Podemos unirnos aunque pensemos diferente
El coronavirus ha convertido al mundo en un enorme reality show que se juega a golpe de emociones. El rigor y la objetividad brillan por su ausencia mientras nos arrastran a la infoxicación. Cuanta más información contradictoria recibe nuestro cerebro, más nos cuesta poner orden y pensar. Nos sumimos en el caos. Así se embota nuestro pensamiento. Y así el miedo gana la partida.
En estos tiempos, hemos hablado de la importancia de la empatía y de ser capaces de ponernos en el lugar del otro, de aceptar nuestra vulnerabilidad y de adaptarnos a la incertidumbre. Hemos hablado del altruismo y el heroísmo, del compromiso y el coraje. Se trata de competencias y cualidades loables, no cabe dudas, pero de lo que no se ha hablado es del pensamiento crítico.
Recurriendo a eufemismos de todo tipo, un mensaje implícito ha quedado tan claro que se ha vuelto explícito: es momento de arrimar el hombro, no de criticar. El pensamiento ha sido debidamente precintado y estigmatizado para que no quepa dudas de que no es deseable, salvo en dosis tan pequeñas que sean completamente inocuas y, por tanto, completamente inútiles.
Esa creencia ha introducido un falso dilema porque el apoyo no está reñido con el pensar. Ambas acciones no son excluyentes. Más bien al contrario. Podemos unir fuerzas, aunque no pensemos igual. Y ese pacto es mucho más fuerte porque proviene de personas seguras de sí mismas que piensan y deciden libremente.
Por supuesto, ese pacto exige un trabajo intelectual más arduo. Exige que nos abramos a posturas diferentes a las nuestras. Que reflexionemos juntos. Busquemos puntos de encuentro. Y todos cedamos para lograr un objetivo común.
Porque no estamos en una guerra en la que se exige obediencia ciega a los soldados. La narrativa bélica apaga el pensamiento crítico. Condena a quien disiente. Y somete a golpe de miedo.
Este enemigo, al contrario, se vence con inteligencia. Con la capacidad para mirar al futuro y adelantarse a los acontecimientos. Con la capacidad para diseñar planes de acción eficaces sustentados en una visión global. Y con flexibilidad mental para adaptarnos a las circunstancias cambiantes. Por eso, aplanar la curva del pensamiento crítico es lo peor que podemos hacer.
Pensar puede salvarnos
Diseñar e implementar las vacunas culturales necesarias para prevenir el desastre, mientras se respetan los derechos de aquellos que necesitan la vacuna, será una tarea urgente y sumamente compleja”, escribió el biólogo Jared Diamond. “Expandir el campo de la salud pública para incluir la salud cultural será el reto más grande del próximo siglo”.
Esas “vacunas culturales” pasan por dejar de ver telebasura para poder desarrollar una conciencia crítica contra la manipulación mediática. Pasan por encontrar un punto común entre el interés individual y el colectivo. Pasan por asumir una actitud activa ante la búsqueda del conocimiento. Y pasan por pensar. Libremente, a ser posible.
Por desgracia, el pensamiento crítico parece haberse convertido en el enemigo público número uno, justo en el momento en que más lo necesitamos. En su libro “Sobre la libertad”, el filósofo inglés John Stuart Mill argumentaba que silenciar una opinión es “una peculiar forma de mal”.
Si la opinión es correcta, se nos roba “la oportunidad de cambiar error por verdad”; y si es incorrecta, se nos priva de un entendimiento más profundo de la verdad en su “choque contra el error”. Si sólo conocemos nuestro lado del argumento, apenas sabemos eso: se vuelve marchito, se convierte en algo que se aprende de memoria, no pasa por pruebas y termina siendo una verdad pálida y sin vida.
En su lugar, necesitamos comprender que, como dijera el filósofo Henri Frederic Amiel “una creencia no es verdadera porque sea útil”. Una sociedad de personas que piensan con libertad puede tomar mejores decisiones, a nivel individual y colectivo. Esa sociedad no necesita ser vigilada para cumplir con las normas que dicte el sentido común. De hecho, ni siquiera necesita esas normas porque sigue el sentido común.
Una sociedad que piensa puede tomar mejores decisiones. Es capaz de ponderar más variables. Dar voz a las diferencias. Anticiparse a los problemas. Y, por supuesto, buscar mejores soluciones para todos y cada uno de sus miembros.
Pero para llegar a construir esa sociedad todos y cada uno de sus miembros deben emprender la difícil tarea de «luchar contra un enemigo que tiene puestos de avanzada en tu cabeza”, como dijera Sally Kempton.

16 mayo 2020

NI ESTADO DE ALERTA NI PAUSA, LA VIDA SIGUE – LO QUERAMOS O NO

psicología sin reservas
NI ESTADO DE ALERTA NI PAUSA, LA VIDA SIGUE – LO QUERAMOS O NO

Cerrar los ojos y abrirlos cuando todo haya pasado. Como si fuera un mal sueño que dejamos rápidamente atrás. Sacudirnos la modorra para volver a esa normalidad que nos arrebataron demasiado rápido como para que pudiéramos darnos cuenta. Es una idea tentadora. Y todas las ideas tentadoras se convierten rápidamente en ideas susceptibles de ser vendidas.
Por eso no es extraño que la palabra «hibernar» y sinónimos como «pausa» ganen cada vez más protagonismo en discursos institucionales y titulares. Hibernar… Dícese del estado de letargo profundo en el que funcionamos al mínimo para recuperarnos cuando los tiempos sean más propicios.
Y, sin embargo, no estamos hibernando. Ni la vida está en pausa. Tras las puertas cerradas que miran a las calles vacías – mitad apacibles y mitad inquietantes – discurre una vida más intensa que antes. En este estado de supuesta paralización bulle una de las experiencias emotivas más difíciles e inciertas a las que nos hemos enfrentado en los últimos tiempos. Y no podemos ignorar eso.
Los dos errores más graves que podemos cometer
Las palabras elegidas para dar forma a la narrativa – oficial e individual – sobre lo que nos ocurre son importantes. No podemos olvidar que, por suerte o por desgracia, repetir una palabra como un mantra no es suficiente para que se haga realidad.
Tampoco debemos olvidar que muchas veces el lenguaje está diseñado para hacer que las mentiras suenen confiables y darle la apariencia de solidez al mero viento, parafraseando a George Orwell. No debemos olvidar que las palabras que elegimos también pueden limitar el alcance de nuestro pensamiento y estrechar el radio de acción de la mente.
Creer que estamos hibernando o que nuestra vida está en pausa nos conduce a dos errores tremendos. El primero, pasar por esta experiencia dolorosa sin aprender nada, echando por la borda el enclaustramiento y el sufrimiento. El segundo, pensar que cuando salgamos lo retomaremos todo en el mismo punto donde lo dejamos.
La palabra de orden: Reflexionar
El sufrimiento en sí mismo no enseña. No es una epifanía mística. Pero la manera en que lidiemos con ese sufrimiento puede fortalecernos. No podemos evitar lo que está sucediendo. Pero podemos asegurarnos de que todo lo que está sucediendo no sea en vano.
Intentar distraer la mente con banalidades para no escrutar demasiado el ovillo de preocupaciones que crece cada vez más en nuestra cabeza es una estrategia lícita. Por un tiempo. Durante un tiempo. Pero no debería ser la estrategia por excelencia. Ahora, más que nunca, necesitamos reflexionar.
Los defensores de que son tiempos de acción, no de reflexión – como si no tuviésemos la capacidad de hacer ambas cosas a la vez – niegan de antemano la posibilidad del cambio transformador. Si actuamos y luego pensamos, corremos el riesgo de actuar tarde y mal. De arrepentirnos. Y caer en el resbaladizo lodo de las culpas.
Podemos aprovechar este tiempo para pensar en lo que hicimos mal como sociedad y en lo que nos gustaría hacer de manera diferente. Podemos aprovechar este tiempo para poner en orden las prioridades – sociales e individuales. Podemos aprovechar este tiempo para darnos cuenta de las cosas realmente esenciales, esas de las que no queremos ni podemos prescindir, y de aquellas superfluas de las que sería mejor deshacernos.
Podemos aprovechar esta ruptura para hacer una especie de borrón y cuenta nueva. Para atrevernos a hacer las cosas de una manera diferente cuando todo esto termine. Para ir más despacio. Disfrutar de los abrazos y de las pequeñas cosas, que en realidad son las grandes cosas de la vida.
Quizá, cuando este virus desaparezca, “otro – y más beneficioso – virus ideológico se expandirá y tal vez nos infecte: el virus de pensar en una sociedad alternativa”, como dijera el filósofo Slavoj Zizek, una sociedad mejor, menos competitiva y más solidaria. Una sociedad que apueste por todos y cada uno y que dé a esas personas que hoy han dado un paso al frente el valor y el reconocimiento que se merecen.
– para bien o para mal, Ya Nada será igual
“En los últimos doscientos años o más, el mundo cada vez iba más rápido. Pero todo esto se ha interrumpido. Vivimos un momento único de calma. Vivimos un momento histórico de desaceleración, como si unos frenos gigantes detuviesen las ruedas de la sociedad”, explicaba el filósofo Hartmut Rosa.
Ese frenazo brusco nos ha dejado aturdidos. Porque al desastre se le ha sumado el peso de lo inesperado. Pero puede servirnos. No para poner en pausa nuestra vida, sino para reencauzarla.
El mundo al que regresaremos no será igual. El trauma ha sido demasiado grande. Muchas personas no serán las mismas. Han perdido a sus seres queridos sin poder despedirse siquiera de ellos. Sin poder llorar su muerte en familia. Otras personas han perdido su sustento económico y con ello su estabilidad y sus planes de vida.
Ahora somos una sociedad que se ha quedado desnuda frente a su vulnerabilidad. Y eso marca. Debemos tenerlo presente cuando finalmente las puertas se abran y volvamos a llenar las calles. Y el momento para prepararnos es ahora. Por eso debemos asegurarnos de no hibernar. No ceder a la apatía que apaga nuestro pensamiento. No ceder a la abulia que nos hunde. No ceder a la anhedonia que nos desconecta.
En su lugar, necesitamos seguir luchando. Por quienes queremos. Por el mundo que queremos. Con las armas que tenemos. Y como podemos. Para que cuando se produzca ese anhelado “deshielo”, esa vuelta a la normalidad, no solo nos hayamos mantenido vivos, sino también humanos.

15 mayo 2020

DECLINISMO; SI LE DAS DEMASIADA IMPORTANCIA A TU PASADO, LO CONVIERTES EN TU PRESENTE


psicología /desarrollo personal                                                                                  
DECLINISMO; SI LE DAS DEMASIADA IMPORTANCIA A TU PASADO, LO CONVIERTES EN TU PRESENTE
Mientras más miremos al pasado, más desaprovecharemos el presente. El pasado solo existe en nuestra mente. Nuestra mente, sin embargo, se encarga de reactivarlo constantemente. Volvemos al pasado una y otra vez, hasta el punto de que hay quienes se quedan atrapados en sus recuerdos. No logran seguir adelante porque el pasado les retiene con sus cadenas. Así terminan viviendo en un tiempo perdido, donde solo habita la añoranza y no hay espacio para el cambio.
La trampa del pasado «perfecto»
De todos los recuerdos que puedes evocar, ¿cuántos son positivos y cuántos negativos?
Es bastante probable que tengas muchos más recuerdos positivos que negativos.
A esa conclusión llegaron psicólogos de la Universidad Estatal de Winston-Salem, quienes también comprobaron que nuestros recuerdos son bastante parciales. A lo largo del tiempo nuestras emociones desagradables tienden a desvanecerse o su impacto se mitiga, un fenómeno que se conoce como “minimización”.
La minimización implica atenuar el impacto emocional de las vivencias negativas para permitirnos recuperar cierto nivel de felicidad basal. Por tanto, la mayoría de las personas tenemos una tendencia a amortiguar los eventos negativos que vivimos en el pasado, dejando que prevalezcan las emociones positivas.
No se trata de un “error” retrospectivo de la memoria. En realidad, la minimización forma parte de un mecanismo de afrontamiento saludable que opera en la memoria y nos permite seguir adelante sin tener que cargar un fardo emocional demasiado pesado. De hecho, esos mismos psicólogos apreciaron que las personas que no tienen mecanismos de minimización eficientes son más propensas a sufrir depresión.
El declinismo o retrospección idílica
Volver la vista atrás es una cosa, pero marchar atrás, otra”, escribió el poeta Charles Caleb Colton. La “trampa” que nos tiende nuestra memoria, haciéndonos pensar que todo tiempo pasado fue mejor, nos conduce a desarrollar una imagen edulcorada de lo que fue. Podemos tener la sensación de que todo era perfecto. Entonces miramos al presente y nos desilusionamos mientras el futuro se perfila como desastroso porque nos convencemos de que jamás volveremos a ser tan felices, plenos o dichosos.
El declinismo o retrospección idílica es la creencia de que algo, ya sea un país, una cultura o nuestra vida, está experimentando un decaimiento significativo y posiblemente irreversible. Aunque el declinismo se aprovecha del sesgo positivo de nuestra memoria, va mucho más allá de una simple nostalgia porque implica una valoración negativa del presente y encierra los peores vaticinios para el futuro.
No significa únicamente mirar al pasado con añoranza sino pensar que estábamos bien, ahora estamos mal y en el futuro estaremos aún peor. Es como si el pasado nos pusiera una venda sobre los ojos para evitar estar en el aquí y ahora. Cuando escapamos del presente también dejamos atrás el esfuerzo que conlleva lidiar con la realidad, mientras nos deshacemos de la incertidumbre que suele acarrear el futuro.
Dado que el Declinismo alimenta una imagen negativa del presente y el futuro, nos empuja a vivir en el pasado. Ese pasado se presenta como una roca de seguridad e incluso nos brinda la posibilidad de manipularlo a nuestro antojo para imaginar que éramos mucho más felices, afortunados o dichosos de lo que en realidad fuimos. Como dijera Harold Pinter, “el pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar o lo que pretendes recordar”.
Pero no nos equivoquemos, es un truco de la mente. Se trata de una estrategia de evitación cuya factura terminaremos pagando. “El problema de mirar demasiado al pasado es que cuando nos volteemos para mirar al futuro, este se habrá esfumado”, como apuntó sabiamente Michael Cibenko.
¿Cómo usar bien el pasado?
El pasado puede ser fuente de sabiduría. Reservorio de felicidad. Y refugio en los momentos difíciles. Podemos volver a él cuando queramos, siempre que nos aseguremos de no quedarnos enganchados a un tiempo inexistente. No podemos evadir ni olvidar nuestro pasado, pero tampoco es inteligente quedarnos atrapados en la añoranza de un tiempo ilusorio.
El pasado es nuestra memoria, debemos usarlo como hilo conductor de nuestra historia biográfica, no como un sitio donde acampar. Si últimamente nos encontramos reviviendo demasiado el pasado, es probable que esa añoranza nos esté indicando que tenemos un problema en el presente del que queremos escapar. Por tanto, el declinismo siempre es una señal de alarma que no debemos desoír.
En su lugar, necesitamos aprender a dejar ir. Abrirnos a la incertidumbre. Con la confianza en que estos días difíciles también pasarán y se convertirán en recuerdos. Porque como dijera Daphne Rose Kingma: “retener es creer que solo existe el pasado, dejar ir es saber que hay un futuro”. Debemos asegurarnos de dar a cada día el lugar, la atención y el tiempo que merece en nuestra vida.

14 mayo 2020

MADUREZ PSICOLÓGICA: EL ARTE DE VIVIR EN PAZ CON LO QUE NO PODEMOS CAMBIAR


psicología desarrollo personal 
MADUREZ PSICOLÓGICA: EL ARTE DE VIVIR EN PAZ CON LO QUE NO PODEMOS CAMBIAR

La madurez psicológica se puede definir de muchas formas, pero el escritor escocés M. J. Croan resumió a la perfección este concepto: “La madurez es cuando tu mundo se abre y te das cuenta de que no eres el centro de él”. 
Madurar significa salir de nuestra visión egocéntrica para comprender que existe un mundo más amplio y complejo, un mundo que a menudo nos pondrá a prueba y que no siempre satisfará nuestras expectativas, ilusiones y necesidades. Y sin embargo, cuando maduramos somos capaces de vivir en paz en ese mundo, aceptando todo aquello que no nos gusta pero que no podemos cambiar. 
Negar la realidad: Un mecanismo de afrontamiento inmaduro e inadaptativo 
La negación es un mecanismo de afrontamiento que implica negar fervientemente la realidad, a pesar de los hechos. Generalmente este mecanismo se pone en marcha por dos motivos: 1. Porque nos aferramos a unas ideas rígidas que no queremos cambiar o, 2. Porque no contamos con los mecanismos psicológicos necesarios para afrontar la situación. 
En ambos casos, negar la realidad nos permite reducir la ansiedad ante una situación que nuestro cerebro emocional ya ha catalogado como particularmente inquietante o incluso amenazante. El problema es que la realidad siempre gana. 
Si un acosador nos aborda en medio de la calle, no cerramos los ojos repitiéndonos mentalmente: “¡Esto no está ocurriendo!”. Comprendemos que estamos en peligro y escapamos o pedimos ayuda. Sin embargo, no reaccionamos de la misma manera con el resto de las situaciones de nuestra vida. Cuando algo no nos gusta, nos decepciona o entristece, ponemos en marcha el mecanismo de negación. 

Negar vehementemente los hechos no hará que cambien. Al contrario, nos conducirá a tomar decisiones poco adaptativas que pueden terminar causándonos más daño. La persona madura, al contrario, acepta la realidad, no con resignación sino con inteligencia. De hecho, el psiquiatra alemán Fritz Kunkel dijo que “ser maduro significa encarar, no evadir, cada nueva crisis que viene”. 
El arte de encontrar el equilibrio en la adversidad 
“Érase una vez un hombre a quien le alteraba tanto ver su propia sombra y le disgustaban tanto sus propias pisadas que decidió librarse de ellas.

“Se le ocurrió un método: huir. Así que se levantó y echó a correr, pero cada vez que ponía un pie en el suelo había otra pisada, mientras que su sombra le alcanzaba sin la menor dificultad.

“Atribuyó el fracaso al hecho de no correr suficientemente deprisa. Corrió más y más rápido, sin parar, hasta caer muerto. 

“No comprendió que le habría bastado con ponerse en un lugar sombreado para que su sombra se desvaneciera y que, si se sentaba y se quedaba inmóvil, no habría más pisadas”. 

Esta parábola de Zhuangzi nos recuerda una frase de Ralph Waldo Emerson: “La madurez es la edad en que uno ya no se deja engañar por sí mismo”. El escritor se refería a ese momento en el cual somos plenamente conscientes de los mecanismos psicológicos que ponemos en marcha para lidiar con la realidad y proteger nuestro “yo”, a ese momento en el que nos percatamos que la realidad puede ser difícil pero que nuestra actitud y perspectiva son dos variables esenciales en esa ecuación. 

Por eso, la madurez psicológica pasa inevitablemente por el autoconocimiento, implica conocer las zancadillas mentales que nos ponemos para no avanzar, los mecanismos que usamos para evadirnos de la realidad y las creencias erróneas que nos mantienen atados. 

Ese conocimiento es básico para lidiar con los problemas y obstáculos que nos pone la vida. Por desgracia, hay personas que, como el hombre de la historia, nunca llegan a alcanzar ese nivel de autoconocimiento y terminan creando más confusión y problemas, alimentando la infelicidad y el caos interior. 

Alcanzar la madurez psicológica no implica aceptar pasivamente la realidad asumiendo una postura resignada sino ser capaces de mirar con otros ojos lo que sucede, aprovechando ese golpe para consolidar nuestra resiliencia, conocernos mejor e incluso crecer. 

William Arthur Ward dijo: “Cometer errores es humano y tropezar es común; la verdadera madurez es ser capaz de reírse de sí mismo”. Ser capaz de reírnos de nuestros antiguos temores porque ahora nos parecen grotescos, de nuestras preocupaciones magnificadas y de esos obstáculos “insalvables” que en realidad no eran, es una enorme muestra de crecimiento. Reirnos de nuestras viejas actitudes y creencias no solo significa que forman parte del pasado, sino que han dejado de tener cualquier influjo emocional sobre nosotros. 

La verdadera madurez psicológica llega cuando practicamos la aceptación radical, cuando miramos a los ojos la realidad y, en vez de venirnos abajo, nos preguntamos: “¿Cuál es el próximo paso?”. Eso significa que, aunque la realidad puede ser dolorosa, no nos quedamos atrapados en el papel de víctimas sufriendo inútilmente, sino que protegemos nuestro equilibrio emocional adoptando una actitud proactiva.

04 mayo 2020

de la autoexigencia a la ansiedad


Psicología
de la autoexigencia a la ansiedad

LA PELIGROSA AUTOEXIGENCIA


Desde pequeños nos inculcan la idea de que debemos ir superándonos día a día en todos los ámbitos: laboral, personal, familiar, etc. Esta forma de vida demanda mucho de nosotros y requiere que empleemos un alto grado de energía.  El hecho de ejercer un control sobre nuestra vida será saludable siempre y cuando no traspase unos límites a partir de los cuales, en realidad, perdemos el control y el rumbo, porque se podrá desencadenar un trastorno emocional que interferirá en nuestra vida cotidiana.

La autoexigencia es un proceso que se va desarrollando a lo largo de la vida y del que frecuentemente la persona no es consciente. Puesto que se exige a sí mismo, el individuo se siente con el derecho de exigir al mismo nivel a los demás, pudiendo ejercer un autoritarismo y un despotismo con las personas que se encuentran en su entorno.
Es frustrante pensar que no se está a la altura necesaria pero más frustrante es que nos hagan ver de manera explícita que no estamos al nivel y que siempre podríamos haberlo hecho mejor.  No es más que una medición subjetiva ya que el nivel de realización adecuada de una tarea se mide en una escala cuyos grados varían de una persona a otra.
Si eres una de esas personas que no puede decir no a nada, posiblemente te estás exigiendo más de la cuenta.
Empieza por tomar conciencia plena de tu situación. Esto te ayudará a tomar las riendas de ese comportamiento desadaptativo y exagerado.
Como punto de partida, es fundamental que trabajes la aceptación.  Desde aceptarte a ti mismo hasta aceptar a las personas que forman tu familia y tus amistades. Todos tenemos virtudes y también defectos que deben ser aceptados aunque, estos últimos,  son modificables siempre que la persona quiera hacer un pequeño esfuerzo. Una vez alcanzado el punto de aceptación todo se facilita bastante. Adopta una actitud de cuidado hacia tu familia y amigos que son los que más han estado sufriendo por tu auto exigencia.
Poco a poco irá desapareciendo el concepto de perfección como prioridad vital. Darse cuenta de que hay una escala de grises entre el blanco y el negro y asumir que existe un margen de actuación, nos descargará de esa tensión psicológica. Cuando cometas errores, no te culpes, simplemente aprende de ellos.
Descarga tu agenda de obligaciones y hazle hueco el tiempo libre al ocio y al disfrute de cualquier actividad que te resulte placentera.
Una autoexigencia mantenida en el tiempo desencadenará sin duda episodios de estrés agudo que repercutirá negativamente en la calidad de vida de la persona que lo sufre. La vida es demasiado bella para que le pongamos obstáculos, ¿no te parece?
De modo que exígete lo suficiente para ir consiguiendo tus objetivos, incluso un poco más siempre que no te suponga un sobreesfuerzo, valora tus logros y los de los demás, celébralos, y dedica tiempo a cuidar tu exterior y tu interior buscando la paz que irá guiándote por el camino que has de recorrer.

03 mayo 2020

APRENDIENDE A AFRONTAR LOS MOMENTOS

/PSICOLOGÍAANSIEDAD
APRENDIENDE A AFRONTAR LOS MOMENTOS
La vida está llena de buenos momentos, pero inevitablemente también están los malos De esta forma vivimos el devenir de la vida Debemos de asumir como parte del ciclo de la vida las circunstancias difíciles, una vez asumido esto podemos empezar a pensar en cómo afrontarlos, pero el comprender esto nos pone en una actitud de salida ya muy diferente.

En todo caso tenemos que aprender a diferenciar entre los momentos de dificultad que llegan sin nuestra intervención, como por ejemplo una grave enfermedad o los momentos de dificultad que llegan como consecuencia de nuestras propias decisiones.
El problema en la mayoría de los seres humanos es que la negatividad tanto de los pensamientos como de los sentimientos es la respuesta que normalmente damos ante estas circunstancias y es precisamente la peor de las respuestas posibles para saber afrontarlas.
Al final acabamos siendo un obstáculo y un problema más en vez de ser personas capaces de ir resolviendo con tranquilidad cada uno de los problemas que se nos van apareciendo.
Tengamos en cuenta que ante los eventos que no podemos cambiar y que son de carácter desagradable lo único que podemos cambiar es la forma en la que reaccionamos y esto nos convertirá en personas felices o infelices, en personas ejemplares o detestables, en personas que dejarán un legado positivo o que no dejarán huella en su sociedad.
Lo importante es darnos cuenta que estamos continuamente reaccionando de forma automática como si fuéramos robots. Tenemos que aprender a tener un mínimo control sobre nosotros mismos a nivel emocional y mental para aprender a abordar todo lo que nos venga y así conseguir el objetivo de ser personas felices. La felicidad no está en estar rodeado de circunstancias agradables sino en saber reaccionar correctamente, positivamente a todo lo que se nos vaya presentando.
Te voy a dar algunas claves para que las vallas practicando cada vez que estés ante estas situaciones que se nos escapan de las manos.

Aprende a respirar pausadamente ya que este tipo de respiración está demostrado que nos calma, nos serena y nos pone en un estado adecuado para poder afrontar situaciones de estrés y ansiedad.
Observa bien cómo te sientes en esos momentos ya que un primer paso muy importante es llegar a entender nuestros procesos psicológicos y emocionales completamente negativos y entender que en ese estado es imposible tomar decisiones correctas, es más, ni siquiera se pueden tomar decisiones.
No busques culpables, eso es solo una forma de expresar nuestra frustración hacia otros. Lo mejor es buscar nuestra responsabilidad exclusivamente y sin llegar a los sentimientos de culpabilidad en el caso de tener responsabilidades
Piensa objetivamente que es lo que realmente puedes llegar a controlar y del evento que te está estresando y ocúpate de ello. Deja de preocuparte de lo que no puedes controlar y acéptalo.
Céntrate en las soluciones y busca que es lo más importante que puedes realizar a partir de este momento y ponte manos a la obra.
Aprender a ver que todo es pasajero y que igual que aquello que te preocupaba tanto hace años ahora no tiene ninguna importancia, lo mismo va a pasar ahora.
forma vivimos el devenir de la vida

02 mayo 2020


psicología /desarrollo personal                                                                                  
SEGÚN CARL GUSTAV JUNG
EL PODER DE NUESTRO “LADO OSCURO” PARA SUPERAR LA ADVERSIDAD,

Encuentro epidemias, catástrofes naturales, barcos hundidos, ciudades destruidas, terribles animales salvajes, hambruna, falta de amor en los hombres y miedo, montañas enteras de miedo”, escribió Jung en su “Libro Rojo”.
No era para menos. El psicoanalista estaba pasando por un periodo particularmente turbulento de su vida. Las noticias de la inminencia de la Primera Guerra Mundial lo conmocionaron profundamente. De hecho, llegaron en un momento particularmente difícil de su vida, justo cuando Jung había roto su relación con Freud, que no solo fue su mentor sino también un gran amigo.
Aquella fue, por ende, una etapa de profunda desorientación y seguridad interior para Jung. A eso se le sumó su trabajo en uno de los campamentos suizos donde se acogía a soldados enfermos y heridos en la guerra. En esos campos Jung vivió de cerca la mal llamada “gripe española” que se cernió sobre Europa.
Aquella época oscura y tumultuosa tendría un impacto profundo en su vida. Jung, pero no dejó que cayera en saco roto. La aprovechó para realizar un profundo trabajo de introspección del que salió fortalecido y con la firme convicción de que podemos superar la adversidad a través de la individuación.
Pensaba que para sanar nuestros traumas debemos concienciar nuestras sombras y miedos, de manera que alcancemos un “yo” más integrado y fuerte. “Cuando los conflictos más intensos se superan, dejan una sensación de seguridad y tranquilidad que no se perturba fácilmente”, según Jung. Ese es el premio.
Las sombras que afloran en la adversidad
Cuando la adversidad toca a nuestra puerta suele poner del revés nuestro mundo. Su cuota de imprevisibilidad nos golpea aún más, haciendo que nuestro equilibrio mental se tambalee. En un abrir y cerrar de ojos podemos quedarnos sin asideros. La adversidad puede arrebatarnos los puntos cardinales que hasta ese momento no solo daban un sentido a nuestra vida, sino que también nos indicaban, grosso modo, cómo debíamos comportarnos.
En esas circunstancias todo se nos hace muy cuesta arriba. Y en ese estado que fluctúa entre el desconcierto por lo ocurrido y la ansiedad porque todo pase, podemos tomar decisiones de las que después nos arrepintamos. Mostrar actitudes o comportamientos de los que más tarde no nos sintamos particularmente orgullosos. Venirnos abajo y tocar fondo emocionalmente. Descubrir debilidades y miedos que no conocíamos. Ver sombras que hubiésemos preferido que se mantuvieran en la oscuridad.
De hecho, muchas veces lo que nos impide superar por completo la adversidad no es el hecho traumático en sí, sino lo que ha hecho aflorar de nosotros, esa parte que se llena de arrepentimientos, culpas y recriminaciones. La parte que se pregunta qué hubiera pasado si hubiésemos tomado otra decisión. Si hubiéramos actuado de otra manera. Si nos hubiéramos anticipado…
Aceptar y reconocer la oscuridad que habita en cada uno
Jung creía que tenemos una tendencia a ocultar los rasgos que no nos gustan o que no son socialmente aceptables. Como resultado, nos fragmentamos y desarrollamos una psique dislocada que se convierte en terreno fértil en el que crecen problemas como la ansiedad, la depresión y/o el trastorno de estrés postraumático.
Negar nuestras sombras no solo nos impide reconocer y aceptar nuestra totalidad, sino que también se convierte en una trampa recurrente. Jung pensaba que “aquellos que no aprenden nada de los hechos desagradables de sus vidas, fuerzan a la conciencia cósmica a que los reproduzca tantas veces como sea necesario para aprender lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma”.
En otras palabras, tropezamos tantas veces con la misma piedra porque nuestros comportamientos y decisiones nos llevan siempre hasta ella. No podemos esperar resultados diferentes si siempre hacemos lo mismo, parafraseando a Einstein. Por tanto, hasta que no cambiemos nos quedaremos atascados en el bucle que ha generado la adversidad.
Pero “no podemos cambiar nada, a menos que lo aceptemos […] Es mucho mejor tomar las cosas como vienen, con paciencia y ecuanimidad”, como advirtiera Jung. Cerrar los ojos ante la realidad, pretendiendo que no está sucediendo, es una estrategia desadaptativa, tan desadaptativa como negar la parte de nosotros que no nos agrada.
Por eso, la aceptación radical de la realidad y de esa parte más oscura de cada uno es una condición esencial para seguir avanzando, pasar página o cerrar capítulos de nuestra vida. No se trata de una aceptación pasiva, una rendición incondicional o un resignarse sino más bien de un tomar nota para reestructurar nuestro mundo.
La clave para aceptar nuestras sombras y una realidad con la que no nos sentimos cómodos consiste en deshacerse de los juicios de valor, en dejar de pensar que la oscuridad es negativa o mala.
Jung propone una perspectiva diferente. Afirma que “uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad […] Incluso una vida feliz no es factible sin una medida de oscuridad, y la palabra felicidad perdería su sentido si no estuviera balanceada con la tristeza”.
De hecho, creía que las sombras tienen un poder enorme que podemos utilizar para crecer como personas, siempre que seamos capaces de integrarlas en nuestro «yo». Aceptar la sombra nos permite convertirnos en personas más equilibradas y conscientes de sí mismas, de manera que estaremos mucho mejor preparados para afrontar la adversidad.
Para ello, necesitamos comprender que la adversidad no se convierte automáticamente en una epifanía, tan solo nos brinda la oportunidad de crecer a través del sufrimiento. Si queremos. Las situaciones difíciles nos permiten poner a prueba nuestras fuerzas, expandir nuestros límites y, por supuesto, descubrir facetas personales desconocidas o poco exploradas.
Pero “todo cambio debe empezar en el propio individuo. Nadie puede darse el lujo de mirar a su alrededor y esperar a que otros hagan por nosotros aquello que es responsabilidad nuestra”, escribió Jung. Por tanto, tenemos dos opciones: nos convertirnos en víctimas de las circunstancias o vamos más allá de la adversidad para desarrollar un nuevo nivel de autoconocimiento.