28 octubre 2020

Psicología/ desarrollo personal                                                                
NO NACEMOS SIENDO IGNORANTES, APRENDEMOS A SER IGNORANTES


Siempre hemos pensado que ignorar es un verbo pasivo. La ignorancia es la falta de conocimientos, un estado de desinformación o una carencia de comprensión. Por tanto, calificamos a una persona como “ignorante” cuando desconoce o no comprende algo. 

Ese carácter pasivo implica que, de cierta forma, esa persona no es responsable de su ignorancia, simplemente arrastra consigo esa “carencia”. Es curioso, sin embargo, que no apliquemos el calificativo de ignorante a los niños, a pesar de que estos no suelen dominar los mismos conocimientos de los adultos. 

Eso significa que la ignorancia parte de un presupuesto: algo que deberíamos conocer pero no sabemos, un camino que debíamos haber recorrido pero no lo hicimos. Entonces la ignorancia abandona su significado pasivo para tener una acepción activa que implica no reconocer algo o actuar como si no se supiera. Caemos en lo que se conoce como “ignorancia motivada”. 

¿Qué es la ignorancia motivada? 

La ignorancia motivada es cuando elegimos, de manera más o menos consciente, no saber más, no profundizar, no comprender. Esa ignorancia es terriblemente peligrosa porque suele conducir a posturas extremas y cercena nuestra capacidad para seguir creciendo y madurando. Cuando decidimos ser ignorantes, alguien más decidirá en nuestro lugar. Nos convertimos en personas manipulables. 

27 octubre 2020

SANTA IGNORANCIA: EL MAL QUE IGNORAS HOY SE MULTIPLICARÁ MAÑANA





 La lógica nos dice que, si una información es útil, deberíamos prestarle atención, tomar nota de ella y actuar en consecuencia. Es irracional esconder la cabeza en la arena para no ver una información que puede beneficiarnos o aportarnos alguna pista útil de cara al futuro. Sin embargo, muchas veces lo hacemos. Nos negamos a ver la realidad.

Investigadores de la Northwestern University preguntaron a más de 2 300 personas si les gustaría conocer diferentes tipos de información que podría serles de utilidad en tres ámbitos: salud, finanzas y relaciones interpersonales.

El 32% de las veces las personas decidieron que no querían conocer esa información. Los psicólogos concluyeron que en algunos casos evitamos activamente información que puede ayudarnos, sernos útiles o incluso beneficiosa para mejorar y/o planificar nuestro futuro. ¿Por qué?

Elegir no saber

La ignorancia es un verbo activo. Implica una decisión de manera más o menos consciente de no saber más, no profundizar, no buscar, no comprender. Existen dos grandes razones por las cuales ponemos en marcha el mecanismo de la ignorancia motivada: la falta de control percibido y el costo hedónico.

Nuestra tendencia a evitar información potencialmente útil o beneficiosa aumenta cuando disminuye nuestra sensación de “control percibido”. O sea, cuando creemos que no podemos hacer nada para evitar la situación, preferimos obviar determinadas informaciones, como podría ser la probabilidad de sufrir una enfermedad genética grave.

Sin embargo, siempre podemos hacer algo, de manera que, al menos en teoría, toda la información es útil, si sabemos utilizarla inteligentemente. Aunque no siempre podamos cambiar los resultados, podemos cambiar el camino. Quizá no podamos detener el curso de una enfermedad, por ejemplo, pero podríamos mejorar la calidad de vida durante ese tiempo con el tratamiento adecuado.

Otra razón por la cual abrazamos la ignorancia es el costo hedónico. Cuando creemos que la información afectará nuestro bienestar subjetivo a corto plazo, haciendo que disfrutemos menos del presente, tendremos la tendencia a ignorarla, aunque ello represente un costo mayor en el futuro.

Descubrir que nos pagan menos que al resto de los compañeros de trabajo, por ejemplo, podría hacer que disfrutemos menos del trabajo, de manera que podríamos preferir no saberlo. Sin embargo, una vez más, todo depende de cómo usemos esa información ya que podríamos aprovecharla para conseguir un aumento o quizá sea el empujón que necesitamos para buscar un trabajo diferente donde nos sintamos más realizados y nos valoren más.

¿Cómo escapar de este sesgo?

Obviamente, no todos reaccionamos igual ante una información difícil de gestionar o con el potencial para desestabilizarnos momentáneamente. Se ha descubierto que las personas que aceptan mejor los riesgos y aquellas altamente enfocadas en el futuro son más propensas a prestar atención a la información útil, ya tenga un cariz negativo o positivo. También lo son quienes muestran una actitud más curiosa ante la vida y las personas que son más receptivas a puntos de vista opuestos.

Eso significa que podemos evitar esa tendencia a ignorar aquello que no nos gusta, aunque sea una información valiosa y útil.

El primer paso consiste en reconocer que la ignorancia voluntaria está por todas partes, incluso en nosotros mismos. Por ejemplo, cuando los investigadores preguntaron a los participantes si querían saber el tiempo que dedicaban a holgazanear en el trabajo, usando las redes sociales o conversando delante de la máquina del café, dos de cada cinco no quisieron saberlo. Y uno de cada cinco tampoco quiso saber cómo calificaban sus compañeros de trabajo sus fortalezas y debilidades.

El segundo paso consiste en ser conscientes de que todo depende de cómo utilicemos esa información. Vivir de espaldas a la realidad, teniendo un conocimiento limitado del medio, nos hará tomar decisiones sesgadas que nos conducirán a comportamientos desadaptativos.

Cerrar los ojos no hará que los problemas o la adversidad desaparezcan, al contrario, es probable que sigan creciendo y terminen golpeándonos con más fuerza bajo el amparo de la dejadez.

En su lugar, necesitamos darnos cuenta de que la información es libertad, aunque al inicio nos cueste ajustarla a nuestros esquemas mentales o nuestra trayectoria de vida.

Fuentes:

Ho, E. et. Al. (2020) Measuring Information Preferences. Management Science; 10.1287.


15 septiembre 2020

NO NACEMOS SIENDO IGNORANTES, APRENDEMOS A SER IGNORANTES

Psicología/ desarrollo personal                                                                
NO NACEMOS SIENDO IGNORANTES, APRENDEMOS A SER IGNORANTES


Siempre hemos pensado que ignorar es un verbo pasivo. La ignorancia es la falta de conocimientos, un estado de desinformación o una carencia de comprensión. Por tanto, calificamos a una persona como “ignorante” cuando desconoce o no comprende algo. 

Ese carácter pasivo implica que, de cierta forma, esa persona no es responsable de su ignorancia, simplemente arrastra consigo esa “carencia”. Es curioso, sin embargo, que no apliquemos el calificativo de ignorante a los niños, a pesar de que estos no suelen dominar los mismos conocimientos de los adultos. 

Eso significa que la ignorancia parte de un presupuesto: algo que deberíamos conocer pero no sabemos, un camino que debíamos haber recorrido pero no lo hicimos. Entonces la ignorancia abandona su significado pasivo para tener una acepción activa que implica no reconocer algo o actuar como si no se supiera. Caemos en lo que se conoce como “ignorancia motivada”. 

¿Qué es la ignorancia motivada? 

La ignorancia motivada es cuando elegimos, de manera más o menos consciente, no saber más, no profundizar, no comprender. Esa ignorancia es terriblemente peligrosa porque suele conducir a posturas extremas y cercena nuestra capacidad para seguir creciendo y madurando. Cuando decidimos ser ignorantes, alguien más decidirá en nuestro lugar. Nos convertimos en personas manipulables. 

13 septiembre 2020

LANUEVA NORMALIDAD: ¿CÓMO ACABAMOS ACEPTANDO LO DISTINTO?

la psicología sin reservas 
LANUEVA NORMALIDAD: ¿CÓMO ACABAMOS ACEPTANDO LO DISTINTO?

 


En los últimos meses hemos vivido una montaña rusa emocional. Primero el confinamiento arrancó de raíz prácticamente todas nuestras rutinas y más tarde los rebrotes nos han sumido en una “nueva normalidad” marcada por el desasosiego, la incertidumbre y el distanciamiento social a la que no terminamos de acostumbrarnos del todo.

Esta crisis sin precedente no solo nos ha obligado a enfrentarnos a situaciones impensables que han hecho trizas nuestros hábitos, sino que también nos está obligando a repensar lo que consideramos “normal”. Sumidos en ese delicado proceso de recalibración y perdiendo los puntos cardinales que hasta ahora nos habían guiado, debemos tener mucho cuidado con los comportamientos, formas de pensar y actitudes que normalizamos.

De lo ideal a lo frecuente: ¿cómo construimos la normalidad?

Generalmente somos bastante reacios a aceptar cambios en nuestras rutinas. La resistencia al cambio nos empuja a mantenernos en nuestra zona de confort. Sin embargo, esa tendencia dependerá en gran medida de cómo nuestro cerebro normaliza los comportamientos y las circunstancias que vivimos.

Si consideramos que algo es “normal”, aunque implique un cambio, estaremos más dispuestos a aceptarlo como parte de nuestra vida. El “problema” es que el concepto de normalidad puede variar extraordinariamente, sobre todo en circunstancias extremas o marcadas por una gran incertidumbre.

Lo normal es lo frecuente, lo que hacen, piensan y sienten la mayoría de las personas que nos rodean. Al inicio de la pandemia, ver a personas con mascarillas era raro. Ahora se ha convertido en algo más habitual y lo anormal es ver a alguien sin ellas. Cuando un fenómeno se extiende, terminamos asumiéndolo como algo normal.

De hecho, todos tenemos una especie de “radar” que nos permite detectar lo normal. Ese radar nos ayuda a evitar los comportamientos anormales, de manera que podamos encajar mejor en la sociedad y evitemos ser rechazados o marginados. También nos ayuda a sentirnos mejor con las decisiones que tomamos ya que en muchos casos la normalidad funge como una justificación tras la cual podemos escudarnos.

Sin embargo, un estudio desarrollado en la Universidad de Yale reveló que lo normal no es solo lo frecuente. Nuestro concepto de normalidad no es una mera estadística. Estos psicólogos concluyeron que “las representaciones de las personas sobre lo que es normal están influenciadas tanto por lo que creen que es descriptivamente promedio como por lo que piensan que es prescriptivamente ideal”.

Eso significa que lo “normal” es una combinación de nociones estadísticas y morales, va más allá de lo común para incluir lo que consideramos ideal. Por tanto, la normalidad implica dos formas de razonamiento diferentes: por un lado, constatamos cómo están las cosas a nuestro alrededor y, por otro, pensamos en cómo deberían ser.

Es precisamente ese componente moral que se proyecta al futuro lo que a veces nos impide aceptar determinada “normalidad”. Sin embargo, ese componente no es a prueba de bombas, sino que suele ser mucho más frágil de lo que suponemos y se desancla con relativa facilidad en tiempos inciertos acercándonos peligrosamente a las rendijas de la corteza de la civilización, por las que podemos precipitarnos si damos algún paso en falso, parafraseando a Zygmunt Bauman.

Sumidos en un estado de normalización constante

A nivel individual y cultural desarrollamos una serie de puntos de referencia, una especie de “marcadores mentales” que utilizamos para evaluar la normalidad en nuestra vida. Esos puntos, sin embargo, se van moviendo según lo que observemos a nuestro alrededor, en nuestras comunidades.

En medio de esta pandemia, muchos de nuestros puntos de referencia se han desanclado al unísono. Los rituales y hábitos que nos ayudaban a establecer emocional y mentalmente esos puntos de referencia han cambiado, de manera que muchas de las viejas costumbres han dejado de ser válidas para afrontar esta “nueva normalidad”.

De cierta forma, todos hemos sido empujados a un mundo nuevo, extraño y casi surrealista que hace tan solo un año ni siquiera hubiéramos imaginado. Eso puede descolocar a muchas personas, desafianzando sus puntos de referencia tradicionales. De hecho, nuestra realidad está cambiando a diario moviéndose al ritmo que marca la curva de contagios, de manera que estamos sumidos en un estado constante de normalización.

Por desgracia, todas las personas no cuentan con las herramientas necesarias para lidiar asertivamente con la imprevisibilidad que ha llegado a nuestras vidas y que ha generado un auténtico tsunami psicológico. Eso significa que la “nueva normalidad” que estamos construyendo ahora mismo podría ser la “nueva anormalidad” de cómo nos afligimos, nos alejamos o nos volvemos más intolerantes. 

Los comportamientos exaltados, extremistas e intransigentes que en tiempos normales serían condenados, en tiempos inciertos pueden florecer, llegando a ser cada vez más frecuentes. Cuando reina la incertidumbre muchos buscan refugio en «verdades» que les brinden seguridad, sin importar si son ciertas o no.

Por eso suelen aparecer derivas autoritarias, actitudes intolerantes y prohibiciones que a menudo se acompañan de respuestas difidentes o agresivas, un cóctel explosivo que no solo inhibe el diálogo sino también cualquier forma de razonamiento.

Como resultado, podemos empezar a ver esos comportamientos y actitudes como más normales. Al excusarlos y catalogarlos como menos negativos, generan menos indignación, hasta que terminan generalizándose y convirtiéndose en la “nueva normalidad”.

Pero la «nueva normalidad» no era esto. La nueva normalidad era un compromiso con hacer las cosas mejor. Un mayor sentido de la responsabilidad. En condiciones difíciles, sí, y más vulnerables, pero también apostando por el bien común. Con más empatía. Más inteligencia. Más conciencia.

Por eso, ahora más que nunca, necesitamos comprender que cualquier cosa que hagamos para compensar nuestras antiguas rutinas o formas de pensamiento se convertirá en esa “nueva normalidad”, quizá una que arrastremos durante mucho tiempo. Y debemos tener cuidado porque lo que ha entrado en nuestra conciencia tiene el poder de normalizarse – para bien o para mal.

Fuente:

Bear, A. & Knobe, J. (2017) Normality: Part descriptive, part prescriptive. Cognition; 167: 25-37.

01 septiembre 2020

PORQUE DECIR “SÍ” CUANDO QUIERES DECIR “NO”

* PSICOLOGÍA / desarrollo personal  

PORQUE DECIR “SÍ” CUANDO QUIERES DECIR “NO”



Alguien te pide algo y le dices que sí, quizá no de inmediato, pero terminas cediendo, aunque en realidad no quieras hacerlo. Sin embargo, tan pronto como ese “sí” sale de tu boca, algo en tu interior se bloquea. Empiezas a pensar en todo lo que conllevará ese nuevo compromiso o responsabilidad. Quizá recuerdas la última vez que ayudaste a esa persona y que no apreció lo que hiciste por ella. O acuden a tu mente los problemas en el plano personal que representó para ti brindar esa ayuda.

Entonces tu cerebro se pone en marcha para inventar excusas, mientras deseas fervientemente que no sea demasiado tarde para echarte atrás. Pero como ya has dado tu palabra, recapacitas, le echas el freno de mano a las excusas y decides que le ayudarás. Por última vez. Y te vuelcas en ello. De nuevo. Y así una y otra vez.

Si este escenario te resulta familiar y se repite cada vez más en tu vida, hasta el punto de sentirte usado y manipulado, es probable que necesites poner límites. Si no lo haces, terminarás sobrecargado, saturado de tareas y responsabilidades que probablemente no te corresponden y te generan un gran agobio y estrés.

¿Por qué digo si cuando quiero decir no?

– Haces por los demás lo que te gustaría que hicieran por ti. Si siempre estás dispuesto a ayudar a los demás, incluso cuando esa ayuda representa una carga pesada para ti, es probable que te mueva un profundo sentido del deber. Te muestras dispuesto porque esperas que los demás hagan lo mismo, porque te han enseñado que el autosacrificio es un valor positivo que todos deberíamos poner en práctica. El problema es que muchas personas no estarán dispuestas a hacer lo mismo por ti, y probablemente se aprovecharán de esa bondad.

– Quieres cumplir la palabra dada. Es probable que seas una persona responsable, por lo que una vez que te comprometes con algo, lo llevas a término. Quizá no valoraste con atención lo que suponía esa demanda y te precipitaste en responder, pero como crees que no es lícito cambiar de opinión y retirar la ayuda brindada, sigues adelante, aunque ello suponga un gran sacrificio para ti.

– Temes perder a esa persona. Si siempre dices sí cuando quieres decir no a una persona, es probable que en el fondo te motive el miedo a la pérdida. No estableces límites porque temes que esa persona te rechace o abandone si no cedes a sus demandas o no estás a su disposición. En ese caso, es probable que estés a un paso de sufrir el efecto felpudo.

– No quieres que los demás piensen mal de ti. En algunas ocasiones, es probable que cedas ante las presiones de los demás porque quieres evitar la onda expansiva que podría provocar tu negativa. Por ejemplo, si te niegas a ayudar a un amigo, te preocupa lo que pensarán de ti el resto de tus amigos y si te niegas a ayudar a un familiar, te preocupa la reacción del resto de tu familia.

– Tienes complejo de salvador. En este caso, es probable que sientas una imperiosa necesidad de “salvar”, “cuidar” o “ayudar” a otras personas, incluso a costa de sacrificar tus necesidades. Este comportamiento se sustenta en la creencia de que quienes se entregan a los demás, son mejores. Por tanto, se trata de personas que intentan apuntalar su identidad entregándose a los otros.

– No te valoras lo suficiente. Si dices sí continuamente cuando querrías decir no, anteponiendo las necesidades de los demás a las tuyas, es probable que tengas un problema de autoestima. Si no te valoras lo suficiente, si no valoras tu tiempo y energía, serás más propenso a ceder a las demandas de quienes te rodean ya que consideras que sus necesidades y deseos son más importantes y valiosos que los tuyos.

Los peligros de decir sí cuando quieres decir no

– Resentimiento. Una de las principales consecuencias de no poner límites es que terminarás cediendo a las presiones de los demás y luego, cuando las cosas no salgan bien, te sentirás resentido. Es probable que termines sintiéndote enojado, frustrado y molesto porque te has sometido a una gran presión y quizá ni siquiera has recibido el reconocimiento adecuado.

– Deterioro de la relación. Cuando una persona pide continuamente y tú cedes, se establece un desequilibrio de poder en el que llevas las de perder. No es extraño que estas relaciones terminen resintiéndose o incluso rompiéndose pues es probable que culpes a esa persona de tu insatisfacción y termines descargando sobre ella esas frustraciones. Una situación que podría haberse evitado estableciendo límites sanos desde el inicio.

– Insatisfacción y estrés. Ceder continuamente a las demandas de los demás suele acarrear una gran dosis de estrés. Esos nuevos compromisos y/o responsabilidades añaden una tensión adicional, que terminará generando una profunda insatisfacción personal ya que tus necesidades quedarán insatisfechas. De tanto volcarte en los demás, te olvidarás de ti.

Aprender a decir “no” de manera asertiva

Brené Brown, una trabajadora social que ha pasado una década estudiando la vergüenza, la vulnerabilidad y la compasión realizó un descubrimiento asombroso: las personas más compasivas son también aquellas que más límites establecen. Esto echa por tierra la creencia popular de que las personas compasivas son aquellas que siempre están dispuestas a ayudar y dibuja un perfil psicológico diferente.

Brown afirma que “la sostenibilidad del dar y amar sin caer en el resentimiento y la amargura solo puede provenir de un sentimiento de abundancia personal. Y esa abundancia personal no existirá sin límites. 

“Cuando no establecemos límites o no los respetamos, nos sentimos manipulados y usados. Por tanto, atacamos a las personas que consideramos responsables, en lugar de abordar su comportamiento. 

“Nos resulta difícil entender que podemos ser compasivos y aceptar a esas personas mientras las responsabilizamos por sus comportamientos”.

En su discurso hay varios puntos importantes que debemos hacer nuestros para aprender a decir “no”:

– Asume que establecer límites no significa ser grosero, agresivo, egoísta o insensible. Establecer límites es, en el fondo, un acto de autocompasión y autodeterminación porque implica ser conscientes de nuestras necesidades y derechos. Debemos entender que el amor y el respeto por los demás comienzan por el amor propio y el autorrespeto.

– Ponte límites. Quizá asumes ciertos compromisos y responsabilidades porque no eres consciente de tus límites, crees que puedes con todo, que podrás hacer tu parte y la de los demás, aunque en realidad no es así. Para evitar este «error de cálculo», antes de poner límites a tu relación con los demás, debes poner límites a ti mismo. Esos límites te permitirán evitar comportamientos que te perjudiquen, de manera que no te pases de la raya exigiéndote demasiado. Sé honesto contigo mismo y determina lo que puedes y no puedes hacer, y también aquello que no quieres hacer.

– Sé consciente de tus necesidades. Tienes tanto derecho a satisfacer tus necesidades como los demás, lo cual significa que no debes permitir que dicten lo que puedes hacer con tu tiempo y a qué debes destinar tus energías. Priorizarte no es un pecado. Partiendo de tus necesidades, determina cuánto, cómo, dónde y hasta qué punto puedes ayudar.

– Tómate un tiempo para reflexionar. Para aprender a decir no necesitas dar un paso atrás. Establecer una distancia psicológica te permitirá sopesar los pros y los contras del compromiso que estás a punto de contraer. Por tanto, cuando alguien te pida algo que demanda un gran compromiso, no respondas inmediatamente, dile que necesitas más tiempo para reflexionar sobre el asunto. Así no te tenderás una trampa y, si concluyes que no puedes hacer lo que te piden, no habrás empeñado tu palabra.

– Céntrate en aquello a lo que renuncias. Es muy difícil mantenerse firme en los límites que has establecido cuando una parte de ti piensa que ayudar a esa persona es lo “correcto”, cuando una parte de ti te está diciendo que eres una «mala persona» porque piensas solo en ti mismo. Para contrarrestar este pensamiento necesitas cambiar de foco y centrarte en aquello que tendrás que sacrificar, en las cosas a las que tendrás que renunciar por decir “sí”.

– “Ayudar” no siempre ayuda. Facilitar la vida a los demás no siempre es una ayuda. A veces pensamos que ahorrarle problemas, dificultades y conflictos a los demás es positivo y es lo «adecuado», pero de esta manera también podríamos estar arrebatándoles oportunidades de crecimiento. Al impedir que esa persona se enfrente a los problemas de la vida, también podrías estar impidiéndole desarrollar su resiliencia.

La clave radica en el equilibrio. En ser conscientes de que hay un momento para decir si y otro para decir no. La filósofa Ayn Rand nos recuerda que «el principio de que se debe ayudar a aquellos que se encuentran en una emergencia no puede extenderse al punto de considerar que todos los sufrimientos humanos constituyen una emergencia y convertir el infortunio de algunos en una hipoteca sobre nuestra vida».

Fuente: Brown, B. (2012) Daring Greatly: How the Courage to Be Vulnerable Transforms the Way We Live, Love, Parent, and Lead. Nueva York: Gotham.

¿CÓMO ALCANZAR LA PAZ INTERIOR:

Psicología/ desarrollo personal 
¿CÓMO ALCANZAR LA PAZ INTERIOR:



La paz interior se ha convertido en un lujo. Vivimos en una sociedad convulsa que nos “obliga” a llevar un estilo de vida demasiado agitado en el que no paramos ni un segundo. Si nos descuidamos, nos veremos arrastrados por un torbellino de tareas, la mayoría de ellas insignificantes, pero que no nos dejan ni un minuto libre.

Estamos tan imbuidos en ese ritmo frenético que a veces, cuando tenemos un poco de tiempo para nosotros mismos, nos sentimos culpables. Culpables porque deberíamos estar haciendo algo más productivo. Sin embargo, hay un momento en que es necesario detenerse y decir “¡basta!”. Basta a las preocupaciones sin sentido y al ritmo de vida agobiante. Basta a las presiones sociales, a todas esas tareas sin sentido y a la persecución de la perfección.

Reencontrar la paz interior es fundamental para nuestro bienestar y felicidad. De vez en cuando es imprescindible relajarse un poco, tomar una pausa y reordenar nuestras prioridades. Es un cambio que vale la pena.
¿Qué es la paz interior? 
Tranquilidad no es lo mismo que paz. El mundo actual nos vende una paz tranquila, artificial y anestesiada a la que podemos acceder simplemente colocando un cartel de “no molestar”. Ese espacio de tranquilidad es importante, no cabe dudas, ya que nos permite descansar, pero no es la paz que necesitamos.
La paz interior es una sensación subjetiva de bienestar, es impalpable pero muy real ya que nos llena de una profunda tranquilidad. Se trata de un estado en el que nos liberamos de nuestras principales preocupaciones, miedos, estrés y sufrimiento.
Sin embargo, la paz interior implica mucho más que liberarse de las emociones y sentimientos negativos, también significa ser conscientes de las maravillas de la vida y sentirse plenamente conectados con el universo y con nosotros mismos.

La paz interior es una sensación de calma en la que dejamos de luchar contra los pensamientos y las emociones negativas y perturbadoras, aunque eso no significa que no existan, sino que dejan de dominarnos y causarnos daño porque no les damos una importancia excesiva ni permitimos que se conviertan en preocupaciones recurrentes. Es un estado en el que nos apartamos mental y emocionalmente de los problemas y conflictos cotidianos, asumimos una distancia psicológica para disfrutar de la serenidad.

¿Se puede desarrollar la paz interior? 

Muchas personas piensan que es imposible alcanzar la paz interior. Afirman que la vida cotidiana es tan incierta y a veces tan caprichosa, que no es posible encontrar la serenidad porque los problemas siempre están agazapados a la vuelta de la esquina, esperando para atacarnos en cualquier momento. Es cierto. No se puede negar que la vida acarrea una gran dosis de incertidumbre. La clave está en el locus de control.

Cuando tenemos un locus de control externo y cualquier situación tiene el poder de incidir negativamente sobre nosotros y hacernos perder la calma, es imposible encontrar la paz interior. Las personas con un locus de control externo son como hojas movidas por el viento que no hallarán la paz ni siquiera en los mejores momentos porque estarán pensando en todas las desgracias que pueden perfilarse en el horizonte.

Sin embargo, eso no implica que sea imposible alcanzar la paz interior. Cuando tenemos un locus de control interno podemos decidir qué guerras vale la pena luchar. Si en vez de limitarnos a reaccionar, tomamos el control y decidimos con qué actitud enfrentar los problemas tomando las riendas de nuestra vida, podemos aspirar a desarrollar una paz interior duradera.

Por tanto, la paz interior no es algo que se encuentra a lo largo del camino por casualidad, es una decisión personal, es algo construimos de manera consciente poniendo en práctica comportamientos y pensamientos que nos conducen a la serenidad.

¿Dónde encontrar la paz interior? 

Un monje que buscaba la paz interior y la iluminación se retiró a una pequeña isla desierta y alejada. Se comprometió a no enojarse más, a no estar triste ni eufórico sino simplemente a estar realmente consigo mismo en paz. 

También se prometió no abandonar aquella isla y contentarse con su compañía. Escogió un lugar, se sentó cerca de un árbol, se quedó quieto y meditó. Después de muchos años de meditación y silencio, pensó que había llegado a la iluminación. Se sentía tranquilo, revitalizado y fresco, en completa sintonía con aquella isla y consigo mismo. 

Estaba tan contento que decidió enviar una carta a su maestro anterior, agradeciéndole por sus enseñanzas, y contándole que había alcanzado la iluminación, que ya nada del mundo lo agobiaba o importunaba y que jamás abandonaría aquella plácida isla. 

El monje recibió una respuesta. Abrió con entusiasmo la carta y, para su sorpresa, solo leyó una serie de insultos contra su persona. El monje se enojó tanto que decidió abandonar la isla para pedirle una explicación a su antiguo maestro. 
Cuando se encontraron, le preguntó qué significaban aquellos insultos. El abad sonrió y le dijo: – Dijiste que estabas iluminado, que nada en el mundo te agobiaba y que no abandonarías la isla. Si unas meras palabras pueden enfadarte tanto y hacerte olvidar todo lo que has dicho, ¿realmente estás en paz contigo mismo? 

Esta parábola budista, en sintonía con las palabras de Virginia Woolf: «no puedes encontrar la paz evitando la vida «, nos brinda una gran lección: la paz interior es algo que encontramos en nosotros mismos. La paz que se consigue evadiéndonos de la realidad y de los problemas es una paz artificial que se hará añicos apenas la adversidad llame a nuestra puerta, como le sucedió al monje.
Eso significa que la paz interior no se construye únicamente en medio de la serenidad y la tranquilidad sino también en medio de la tormenta. La paz interior se templa en la adversidad. claves para alcanzar la paz interior 

1.      Dedica tiempo a la introspección 

Dedica menos horas a los diarios y los noticieros y más tiempo a explorar tu interior. Cuando permites que tu mente absorba la negatividad que transmiten la mayoría de los medios, es muy difícil limpiarla. No se trata de crear una burbuja feliz y artificial a tu alrededor, pero es conveniente que programes hábitos mentales menos tóxicos y que te asegures de pasar tiempo a solas contigo mismo. No se trata de dar vueltas a los problemas sino de hacer las paces contigo mismo. La paz interior proviene de sentirte cómodo con tus decisiones, pensamientos y emociones, y para ello necesitas actualizar constantemente tu autoimagen.

Acepta los pensamientos y emociones “negativas” 
Encontrar la paz interior significa, ante todo, equilibrio. Por tanto, no podrás hallar la serenidad si continúas batallando contra los pensamientos y emociones “negativos” o si pretendes ocultarlos en el lugar más recóndito de tu mente. Para alcanzar la paz interior es necesario que practiques la aceptación radical, que aceptes estos pensamientos y emociones. De hecho, cuando aprendes a vivirlos, perderán su poder sobre ti y lograrás liberarte de su carga. Recuerda que los pensamientos y emociones “negativos” no te hacen daño, lo que te daña y arrebata la paz es aferrarte a ellos.

3.                 Evita la crítica destructiva 

Todos tenemos la tendencia a comparar, sacar conclusiones y luego criticar. Sin embargo, la crítica negativa es el peor enemigo de la paz interior. La crítica no solo hace daño a quien es criticado sino también a quien emite ese juicio de valor. Suele ser expresión de rigidez mental y rechazo a la realidad. El problema es que la crítica negativa te sumirá en un estado de insatisfacción permanente que te aleja de la serenidad que pretendes alcanzar. Eso no significa que debes aceptarlo todo, pero tienes que aprender la diferencia entre la crítica constructiva que da pie a un cambio positivo y la crítica destructiva cuyas consecuencias siempre son negativas. Se trata de aprender a no juzgar y ser más tolerantes y flexibles.

4.                 Simplifica tu vida 

¿A veces te gustaría que el día tuviese más de 24 horas? No puedes alargar el día, pero puedes simplificar tu vida, de manera que aproveches mejor cada minuto. Cada cierto tiempo, es conveniente que te detengas y te preguntes si estás haciendo lo que realmente te gusta o si estás perdiendo el tiempo inútilmente. Piensa en cómo puedes simplificar tu vida para que puedas dedicar más tiempo a las cosas que realmente te importan y te brindan felicidad y satisfacción. Recuerda que la madurez no está en añadir cada vez más, sino en restar y necesitar cada vez menos para ser feliz.

5.                 Practica la gratitud 

No dejes que pase un solo día sin sentirte agradecido por algo. Siempre hay algo por lo cual dar gracias, solo hay que aprender a valorar las cosas que damos por descontado, como el simple hecho de vivir o de tener a nuestro lado a personas que nos aman y a las que amamos. Cuando empezamos a sentirnos agradecidos por lo que tenemos, en vez de quejarnos por lo que no tenemos, reencontramos un nuevo equilibrio interior. La gratitud es una de las llaves que abre la puerta a la serenidad y la felicidad.

6.                 Da sin esperar recibir a cambio 

Muchas personas dan esperando recibir algo a cambio, convierten las relaciones interpersonales en relaciones comerciales. Cuando no reciben la recompensa esperada, se enfadan. Por eso, si quieres lograr la paz interior, debes despojarte del egoísmo y reencontrar el placer que implica el acto de dar, por el simple hecho de ayudar o hacer una buena acción. Dar debe ser lo suficientemente gratificante de por sí. Siéntete bien contigo mismo por lo que has hecho.

7.                 Aprende a estar plenamente presente Si te sientes deprimido, estás viviendo en el pasado, si te sientes ansioso, estás viviendo en el futuro. Si te sientes en paz, estás viviendo en el presente”, dice una frase sobre la paz interior de Lao Tzu. Muchas veces vivimos agobiados porque estamos a caballo entre las culpas del pasado y las preocupaciones del futuro. Aprender a estar plenamente presente, en lo que los budistas llaman “el instante eterno”, te permitirá encontrar la paz en lo que estás haciendo, sea lo que sea. De hecho, puedes practicar diferentes ejercicios de mindfulness cotidiano, ni siquiera es necesario que te sientes a meditar.

8.                 No te agarres, deja ir A lo largo de nuestra vida vamos acumulando mucho resentimiento y rencor, sentimientos que terminan haciéndonos daño y nos impiden lograr esa paz interior que tanto ansiamos. Por eso, es fundamental que aprendas a dejar ir esos sentimientos y pensamientos que te afectan y mantienen atado al pasado. También es fundamental que aprendas a practicar la ley del desapego, incluso con las metas que te has propuesto. La vida fluye, si te aferras te quedarás estancado luchando contra la corriente, lo cual te agotará emocional y físicamente. La técnica de visualización las “hojas del río” te ayudará a comprender que todo cambia.

9.                 Tranquiliza tu mente 

Cada día nos enfrentamos a cientos o incluso miles de estímulos. Nuestra mente está en un estado de hiperestimulación constante que nos impide encontrar la serenidad. Por eso, es conveniente que dediques al menos unos minutos al día a practicar la meditación o la relajación. Aprende a vaciar la mente y a liberarla de todas las preocupaciones cotidianas. Este vídeo de música relajante también te ayudará a reencontrar la paz interior en los momentos más complicados. Es una auténtica joya para relajarse o meditar:

30 agosto 2020

EQUILIBRIO QUE NOS MANTIENE A FLOTE SE LLAMA EUTIMIA

EL Psicología/ desarrollo personal 
EQUILIBRIO QUE NOS MANTIENE A FLOTE SE LLAMA EUTIMIA

EQUILIBRIO QUE NOS MANTIENE A FLOTE SE LLAMA EUTIMIA

¿Eutimia o felicidad? La mayoría de las personas elegiría ser feliz. Los filósofos estoicos, sin embargo, elegirían la eutimia porque sabían que ese estado de equilibrio interior nos conduce a la felicidad. Pero además nos ayuda a ser más resilientes, afrontar mejor la adversidad, ser más independientes y desarrollar una mayor tolerancia a la frustración. Por desgracia, el concepto de eutimia se ha ido vaciando de su sentido con el paso del tiempo. ¿Cuál es el significado de eutimia?
El término eutimia es de origen griego. Es el resultado de la combinación del pronombre “eu” que significa “bien” y “thymos” que significa “alma o emoción”. Sin embargo, en realidad este último término abarca cuatro significados diferentes: energía vital; sentimientos y pasiones; voluntad, deseo e inclinación y, por último, pensamiento e inteligencia.
Por tanto, si nos remitimos al significado original de eutimia, no se limita únicamente a un estado de ánimo positivo, sino que va mucho más allá haciendo referencia a un equilibrio de todos los contenidos psicológicos.
La estabilidad de los afectos
En el ámbito de la Psicología, el término eutimia se ha utilizado de manera más restrictiva, fundamentalmente para referirse a la ausencia de alteraciones en los trastornos del estado de ánimo, como el trastorno bipolar. La eutimia sería, por tanto, los periodos de equilibrio entre la manía y la depresión.
En el pasado se pensaba que las personas con trastornos mentales recuperaban su pleno rendimiento en la fase eutímica, pero ahora se conoce que entre en el 40 y 60% de los pacientes eutímicos presentan trastornos neurocognitivos.
Ese descubrimiento ha puesto en tela de juicio la eutimia como un estado emocional eminentemente positivo para dejar paso a un concepto de eutimia más amplio y vinculado al equilibrio. Sería, por tanto, una sensación de bienestar y equilibrio matizada por un sentimiento de alegría sosegada y 
En el pasado se pensaba que las personas con trastornos mentales recuperaban su pleno rendimiento en la fase eutímica, pero ahora se conoce que entre en el 40 y 60% de los pacientes eutímicos presentan trastornos neurocognitivos.
Ese descubrimiento ha puesto en tela de juicio la eutimia como un estado emocional eminentemente positivo para dejar paso a un concepto de eutimia más amplio y vinculado al equilibrio. Sería, por tanto, una sensación de bienestar y equilibrio matizada por un sentimiento de alegría sosegada y paz interior.
De hecho, en 1991 el psiquiatra Garamoni sugirió que la eutimia fuese un nivel de funcionamiento saludable caracterizado por un balance óptimo entre los afectos y cogniciones positivas y negativas. De esta manera, la psicopatología sería el resultado de una desviación de ese balance.
 
Según esta perspectiva, la eutimia no es un estado carente de afectos y pensamientos negativos. Estos existen, pero no nos hacen perder la estabilidad. Si las emociones y sentimientos negativos predominasen se haría referencia a un estado de ánimo negativo o distimia, generalmente caracterizado por la tristeza y la nostalgia. Y si las emociones positivas fueran excesivas también romperían el equilibrio mental y serían dañinas, como en el caso de la manía.
Los 3 secretos de los filósofos para alcanzar la eutimia
Si deseas ser imperturbable, es una cosa excelente, de hecho, es la mejor de todas y una de las que erige al hombre a nivel de dios. Los griegos llamaban a esa firmeza mental eutimia […] Lo que necesitamos entender es cómo la mente puede seguir un curso constante y sin contratiempos, cómo puede sentirse satisfecha de sí misma y mirar con placer a su alrededor, y no experimentar la alegría de manera interrumpida sino permanecer en ese estado, pero en una condición pacífica sin estar nunca eufórico o deprimido: eso es ‘paz mental’”, dijo Séneca.
El filósofo estoico aspiraba a alcanzar la eutimia. Consideraba que se trataba de un estado de calma interna y satisfacción vinculado al bienestar psicológico, un “tranquillitas animi” que iba acompañado de una “felicitatis intellectus”, que sería la plena conciencia de ese bienestar. Así nos daba a entender que la eutimia no es un estado al que llegamos por azar sino el fruto de un esfuerzo consciente y un arduo trabajo interior.
El primer paso para desarrollar el estado eutímico, según Séneca, sería dejar de juzgar. “La tranquilidad solo puede ser alcanzada por quienes han logrado un inquebrantable poder sobre los juicios”, afirmó.
Los juicios que realizamos sobre las cosas son los que, a menudo, nos roban nuestro equilibrio al alimentar las frustraciones, tensiones, desilusiones y enfados, estados que terminan acumulándose. Por eso, necesitamos juzgar mucho menos.
Séneca también daba una segunda pista para alcanzar la eutimia: vivir estando plenamente presentes. “La verdadera felicidad es disfrutar del presente sin dependencia ansiosa del futuro, no divertirnos con esperanzas o miedos, sino descansar tranquilos, como el que no desea nada. Las mayores bendiciones de la humanidad están dentro de nosotros y se encuentran a nuestro alcance. Un hombre sabio está contento con su suerte, sea cual sea, sin desear lo que no tiene”.
El tercer y último consejo proviene de Demócrito, otro filósofo que hizo referencia a la eutimia. En su caso, creía que esta proviene de sentirnos satisfechos con lo que tenemos y lo que somos. Sería un estado de tranquilidad en el que no buscamos ansiosamente acumular muchas más cosas ni nos quita el sueño no tenerlas. Eso no significa dejar de crecer ni resignarse, sino sentirse satisfechos aquí y ahora mientras trabajamos por mejorar el futuro.
Por eso recomendaba prestar poca atención a las personas importantes y a menudo envidiadas y admiradas que nos rodean para centrar nuestra atención en aquellas que menos tienen y más sufren. Esa comparación nos permite poner nuestro sufrimiento, dolor o supuesta mala suerte en perspectiva. Y también nos permite desarrollar la gratitud imprescindible para calmar nuestra mente inquieta.
Por supuesto, no existe una receta ideal para alcanzar la eutimia. Cada persona debe encontrar su balance óptimo, ese estado en el que se siente a gusto, en el que nada sobra pero tampoco falta. Y eso dependerá de factores como su personalidad, el contexto social y cultural y, por supuesto, el trabajo interior que haga.
Fuente: Linden, M. (2020) Euthymic suffering and wisdom psychology. Word Psychiatry; 19(1): 55-56.
Bhatia, P.