11 noviembre 2019

CONVERTIR LOS CONFLICTOS EN OPORTUNIDADES!


psicología /desarrollo personal                                                                                  
¡CÓMO CONVERTIR LOS CONFLICTOS EN OPORTUNIDADES!
Todos, en algún que otro momento, hemos tenido conflictos, ya sea con nuestros amigos, pareja, hijos, compañeros de trabajo e incluso con nosotros mismos. Los conflictos surgen cuando no somos capaces de articular nuestra perspectiva con los puntos de vista ajenos y no estamos dispuestos a ceder, parapetándonos detrás de nuestras creencias, como si de una muralla se tratase. 
De hecho, en realidad la causa más común de los conflictos no radica en la diferencia de criterios o motivaciones sino en la incapacidad para encontrar un punto en común, en la negación a ceder. Obviamente, estas posturas producen malentendidos, disgustos y peleas. 
Sin embargo, los conflictos no son necesariamente negativos, podemos convertirlos en oportunidades para aprender, para crecer como personas y para desarrollar la flexibilidad. Los conflictos nos permiten adentrarnos en perspectivas diferentes a la nuestra y ampliar nuestra mente. También pondrán a prueba nuestras habilidades sociales y nos ayudarán a ser más empáticos y asertivos. Por supuesto, para obtener estas ventajas, es importante saber manejar los conflictos.
5 ideas para aprender a manejar los conflictos y sacar provecho
1. Reconoce y valora los aspectos importantes para la otra persona. Cuando estamos en presencia de un conflicto es fundamental discriminar cuál es el aspecto que nos ha llevado a esa contradicción. No se trata del problema de base sino de la discrepancia que nos impide ponernos de acuerdo. Una vez que hayas detectado cuál es la verdadera causa del conflicto, intenta comprender por qué es importante para la otra persona. Por un minuto, ponte en su lugar, asume su perspectiva y haz tuyos sus valores. Solo así podrás entender el verdadero alcance del problema.

2. Mantén bajo control las emociones. Las emociones son un arma de doble filo ya que en ocasiones, sobre todo cuando nos enfrentamos a un conflicto, nos juegan malas pasadas al tomar el mando y hacernos decir o hacer cosas inapropiadas. Por eso, para convertir un conflicto en una oportunidad es fundamental que aprendas a manejar tus emociones. Por supuesto, no siempre es fácil tomar el mando emocional, en esos casos, lo mejor es que postergues la conversación. Explícale a la otra persona que en esos momentos no estás en la mejor disposición para resolver un conflicto y que será mejor que aplacéis el asunto hasta que puedas enfrentarlo con más calma y la mente despejada. De la misma forma, si notas que tu interlocutor está demasiado exaltado, hazlo notar y pídele postergar la conversación.

3. Muestra una actitud positiva, abierta a diferentes soluciones. A menudo las personas se parapetan en su posición y no quieren oír hablar de alternativas que no sean las que ellos proponen. Esta actitud defensiva solo servirá para que tu interlocutor se encierre a su vez, en un búnker. Como resultado, no lograréis avanzar. Por eso, lo mejor es acudir al conflicto con una actitud abierta, dispuesta al diálogo y, sobre todo, con la meta de alcanzar una solución que sea satisfactoria para ambos. Al final, esta actitud se reflejará en tus gestos y palabras y terminará por hacer que todo fluya con mayor facilidad.

4. Maximiza la empatía. No basta con que comprendas racionalmente al otro, también es importante que entiendas sus motivos y sus sentimientos, sobre todo cuando se trata de un conflicto con personas a las que te unen lazos afectivos. Remontarte atrás en el tiempo y recordar sus experiencias de vida seguramente te ayudará a comprender por qué se siente de determinada manera. Por supuesto, también es importante que seas capaz de despertar la empatía. Pídele a la otra persona que se ponga en tu lugar y explícale cómo te sientes. 

5. Sé proactivo. No decidir es peor que tomar una mala decisión. Los conflictos interpersonales suelen generar una gran carga emocional que acarrea consecuencias en el plano personal y social. Por eso, evadirlo casi nunca es la mejor solución ya que solo te traerá preocupaciones y estrés. Después de que hayas sopesado los pros y los contras, decídete a enfrentar el problema. Quizás no logres solucionarlo a la primera, pero al menos estarás dando pasos para buscar una alternativa.

09 noviembre 2019

EL PENSAMIENTO ANTICIPATORIO: ¿PENSAR O NO PENSAR?


 psicología/ desarrollo personal                                                                                   
EL PENSAMIENTO ANTICIPATORIO: ¿PENSAR O NO PENSAR?
Iniciemos este intento de reflexión con una pequeña historia:
«Un hombre está haciendo algunos cambios en su casa. De repente se da cuenta de que necesita un taladro eléctrico, pero no lo tiene y todas las tiendas están cerradas. Entonces recuerda que su vecino tiene uno. Irá a pedírselo prestado, pero… le asalta una duda: ¿y si no quiere prestármelo? Entonces recuerda que la última vez que se vieron el vecino no se mostró tan comunicativo como en otras ocasiones. Quizás tenía prisa, pero quizás se sentía molesto por algo que he hecho. Evidentemente, si está molesto conmigo no me prestará el taladro. Se inventará cualquier excusa y yo quedaré en una posición totalmente ridícula. ¿Pensará que es más importante que yo solo porque tiene una herramienta que necesito? Pero, ese es el colmo de la arrogancia…»
En síntesis, que el hombre no pudo terminar su trabajo porque sus pensamientos le impidieron ir a solicitar la ayuda necesaria. Pero además, es muy probable que cuando se vuelva a encontrar con el vecino lo salude de una manera fría o que deje traslucir su molestia; fundándose en una serie de ideas erróneamente preconcebidas.
Este tipo de razonamiento o autodiálogo se convierte en un sinvivir cotidiano que conduce al camino más certero para amargarse la vida.
La cultura occidental es racionalizadora por excelencia; hay incluso quienes afirman que la racionalización está institucionalizada porque todo se intenta solucionar a partir de la descomposición en partes y la anticipación de los posibles errores. Así, nos vemos envueltos en miles de pequeños pensamientos cotidianos que nos asaltan mientras cruzamos una calle, cuando tomamos un café, cuando estamos esperando en una fila, cuando alguien nos saluda… invariablemente le estamos buscando un sentido a todo lo que sucede a nuestro alrededor; a la mirada del señor del autobús, a la risa de la dependienta, a la confusión del compañero de trabajo… la lista es interminable. Intentar brindarle un significado a lo que nos rodea es un proceso bastante normal, que muchas veces transcurre de manera automática para que podamos responder congruentemente con los estímulos que nos llegan constantemente del entorno pero hay que reconocer que en muchas ocasiones, francamente, cruzamos la frontera de lo sano para lindar con lo patológico.
La mayoría de estos pensamientos no tienen muchas repercusiones pero existen algunos que, más que soluciones, acarrean verdaderos problemas. Eso sucede porque deseamos encontrarle un sentido a determinadas situaciones o comportamientos pero realmente no tenemos todas las informaciones necesarias como para hacer una evaluación objetiva de lo que está sucediendo. Entonces echamos mano a nuestras creencias (que pueden ser más o menos acertadas, más o menos flexibles) para explicar rocambolescamente aquello que en muchas ocasiones bastaría con preguntar.
Anticipar los posibles resultados de nuestras acciones es totalmente válido y característico del ser humano, pero cuando este pensamiento se sustenta más en nuestras percepciones prejuiciadas que en una realidad compartida, provoca una ansiedad considerable en quien intenta racionalizar e incluso determina negativamente sus relaciones interpersonales y por supuesto, limita en extraordinaria medida el éxito que se puede alcanzar.
Una solución al alcance de la mano es preguntar; preguntar siempre que podamos para poder conformarnos un cuadro lo más cercano a la realidad posible. De las respuestas o del silencio de nuestro interlocutor, siempre obtendremos una información valiosísima que nos facilitará tomar la mejor decisión posible sin caer en las distorsiones cognitivas.

08 noviembre 2019


Psicología desarrollo personal                                                                                  

EL PODER DEL “TERCER MOMENTO”
Cuando el enésimo conductor te corta el paso, es probable que sientas una oleada de ira. Cuando haces una fila inmensa y no obtienes lo que necesitas, te embarga una oleada de frustración. Cuando tu compañero de trabajo recibe una promoción que crees merecer, sientes una oleada de celos. Enfado. Impaciencia. Tristeza. Frustración… Nos pasamos gran parte del día invadidos por varias emociones.
A menudo esas emociones son “negativas” puesto que nos hacen sentir mal y descarrilan nuestros planes. Por culpa del enfado, la irritabilidad o los celos, terminamos haciendo cosas de las que después nos arrepentimos. Además, esas pequeñas experiencias van oscureciendo nuestra jornada, impidiéndonos sentir alegría y satisfacción, arrebatándonos nuestro equilibrio emocional. La buena noticia es que no tiene por qué seguir siendo así.
No puedes cambiar las situaciones, pero puedes cambiar tus reacciones
Lo queramos o no, nuestras reacciones emocionales terminan moldeando nuestras experiencias. No podemos cambiar las situaciones pasadas, pero a cada momento nos enfrentamos a nuevas experiencias sobre las que sí tenemos cierto grado de control. Nuestra respuesta ante cada situación moldeará los próximos minutos u horas de la jornada, solo tenemos que aprender a prestar atención en el momento correcto.
Puede ayudarte pensar en las emociones como si fueran una llave en la cerradura. Puedes introducir y mover la llave sin problemas en su interior, pero dado que tu objetivo es abrir o cerrar la cerradura, tendrás que encontrar el punto preciso en el que puedes sacar la llave. Si no lo encuentras, la llave se atascará y tendrás que seguir dándole vueltas en la cerradura, con lo cual no conseguirás nada más que aumentar tu frustración.
De manera similar, en la vida algunas situaciones pueden generar estados emocionales en los que nos quedamos atrapados, las más usuales son la culpa y el rencor, que generan a su vez un bucle de negatividad, un ciclo que no se detendrá hasta que no seamos capaces de encontrar ese punto preciso. El método del “Tercer Momento” enseña cómo encontrar ese punto, para que logremos seguir adelante usando las emociones a nuestro favor, en vez de quedarnos a su merced.
Los tres momentos de la experiencia
La vida está compuesta por una serie de experiencias, y cada una de ellas se puede dividir en tres momentos.
El primer momento – La sensación
En un primer momento, nuestros órganos sensoriales perciben un cambio en el entorno. Es ese momento en el que escuchamos nuestro nombre o vemos a una persona. En ese instante, simplemente percibimos, no reconocemos lo que está sucediendo. Nuestros órganos de los sentidos captan y transmiten la información.
El segundo momento – La atribución de significado
En un segundo momento, en cuestión de milisegundos, que es lo que tarda en viajar el estímulo a través de las redes nerviosas, reconocemos que han dicho nuestro nombre o el rostro de la persona. En este momento se activa lo que Antonio Damasio denominó “marcadores somáticos”, los cuales nos permiten calificar esa percepción de manera automática como buena, mala o neutral.
Esa atribución no depende exclusivamente del estímulo sino también de nuestros recuerdos, de las experiencias anteriores con estímulos similares e incluso de nuestras creencias y expectativas. En ese momento la experiencia comienza a tener una valencia emocional, nos agrada o genera rechazo. Ese mecanismo transcurre fundamentalmente por debajo de nuestro umbral de conciencia.
El tercer momento – La reacción
En este momento tenemos la posibilidad de aceptar o rechazar el significado que nuestro cerebro más primitivo le ha impreso a la experiencia. Podemos analizarla conscientemente y decidir si realmente es tan desagradable y amenazante o si, al contrario, se trata de una reacción exagerada basada en experiencias pasadas que no guardan mucha relación con la situación actual.
El tercer momento nos brinda la posibilidad de marcar la diferencia entre la acción y la reacción, podemos distanciarnos de las respuestas automáticas, comprender nuestras emociones y pensar una respuesta.
El método del Tercer Moment
No podemos influir en nuestras sensaciones y en la atribución de significados que realizamos de manera automática, pero tenemos un enorme poder en el tercer momento de la experiencia. Podemos usar ese tiempo como una pausa, de manera que no nos limitemos a reaccionar, sino que seamos capaces de responder.
El método del Tercer Momento nos permite tomar el control y no ser víctimas de las circunstancias. ¿Cómo aplicarlo? Simplemente observando la emoción.
En el segundo momento, nuestro cerebro primitivo desata una emoción, que es la que nos impulsa a alejarnos o acercarnos de lo que está ocurriendo. Debemos ser capaces de detectar esa emoción justo cuando surge. Se trata de concientizar esa emoción antes de que pueda desencadenar una respuesta automática y se conecte con cualquier pensamiento.
Cuando la emoción se conecta con un pensamiento, creemos que estamos reaccionando de manera racional, pero en realidad no es así. Por ejemplo, podemos sentirnos frustrados y, como resultado, pensar que la persona que tenemos delante es un incapaz. Obviamente, se trata de una conclusión sin una base sólida más allá de lo que estamos sintiendo. Cuando observas la emoción apenas nace, evitas hacer ese tipo de asociaciones que pueden llevarte a cometer errores.
Es probable que te sientas tentado a rastrear la fuente de esa emoción. Es comprensible, pero no es nada útil porque puedes caer en un bucle infinito de culpabilización. En vez de centrarte en quién hizo qué para quién, simplemente observa tu emoción.
No lo hagas como si fueras un observador externo, deslingándote de la emoción, sino que debes sentirla plenamente. Puedes imaginar esa emoción como si fuera un globo inflado que te llena. No le prestes atención al globo sino a lo que hay dentro de él.
¿Cómo se siente? Es importante que no racionalices. ¿Qué hay dentro del globo? En realidad, solo hay espacio.
Eso no significa que tu emoción sea espacio, pero te ayudará a comprender que la emoción en sí misma no existe tal y como crees, no es algo estático y sólido. Poco a poco comenzarás a sentirte más ligero, esa emoción se “desinflará” y es probable que hasta te sientas feliz o satisfecho. Cuando dejas ir una emoción que te estaba afectando, sientes el alivio de quitarte de encima un gran peso.
Sin embargo, no es algo que se consiga de la noche a la mañana, debes practicar. No hay dudas de que en el calor del momento puede ser difícil poner en práctica este método, por eso es importante que practiques en situaciones que puedas controlar mejor.
Lo interesante es que a medida que vas controlando este método, vas ganando en confianza y autocontrol, mejora enormemente tu calidad de vida porque dejas de reaccionar, dejas de estar a merced de las circunstancias y puedes elegir realmente cómo comportarte.

06 noviembre 2019

CUANDO LA INFORMACIÓN SE CONVIERTE EN UNA “DROGA”


PSICOLOGÍA/TECNOLOGÍA
CUANDO LA INFORMACIÓN SE CONVIERTE EN UNA “DROGA”
¿No puedes dejar de revisar tu móvil, aunque no estés esperando ningún mensaje importante? ¿Entras varias veces a los diarios para comprobar las noticias? ¿Sientes curiosidad por saber más sobre tu vecino o compañero de trabajo, aunque no tienes ninguna intención de relacionarte con él? ¿“Espías” lo que los demás comparten en sus redes sociales solo por mera curiosidad?
¡La culpa es de tu cerebro! Investigadores de la Universidad de Berkeley descubrieron que la información actúa sobre el sistema de recompensa del cerebro de la misma manera que los alimentos o las drogas.
A veces, solo queremos saber
Somos curiosos. No es un secreto. La curiosidad nos anima a explorar y descubrir. Pero quizá somos mucho más curiosos y cotillas de lo que estaríamos dispuestos a admitir. Y quizá esa curiosidad puede hacer que nos saturemos con información inútil. O que nos quedemos atrapados en un bucle de búsqueda en el que jamás pasamos a la acción, aturdidos por la cantidad de opciones, la cantidad de factores a considerar y la información nueva que aparece cada día y que contradice a la anterior, generando caos y eliminando el espacio para la necesaria reflexión.
Estos investigadores escanearon el cerebro de las personas mientras estaban inmersas en un juego de apuestas. Cada participante recibió una serie de billetes de la lotería y debía decidir cuánto estaba dispuesto a pagar para obtener más información sobre las probabilidades que tenía de ganar. En algunos casos, la información era valiosa, como cuando había mucho dinero en juego, pero en otros casos esa información no aportaba prácticamente nada, como cuando había poco dinero en juego.
Se apreció una tendencia: los participantes solían sobrevalorar la importancia y el valor de la información. Y cuanto mayor era el riesgo o las probabilidades de ganar, más aumentaba la curiosidad por esa información, aunque en realidad esta no tenía ningún influjo en sus decisiones. Es decir, solo querían saber, por saber.
Los investigadores creen que este comportamiento indica que no solo buscamos información que nos resulte beneficiosa o valiosa por algún motivo, sino que nos gusta obtener información en sentido general, la usemos o no. Es como querer saber si recibiremos una oferta de trabajo, aunque no tengamos la intención de aceptarla.
La anticipación nos sirve para determinar cuán bueno o malo puede ser algo. Anticipar una recompensa más placentera hará que la información parezca más valiosa de lo que es en realidad”, apuntaron los investigadores.
Los escáneres cerebrales revelaron que la información activaba las zonas del cerebro relacionadas con la recompensa, aquellas que provocan una descarga de dopamina y que también se activan en los casos de adicción.
Concluyeron que “para el cerebro, la información es su propia recompensa, independientemente de si es útil o no […] De la misma manera en que a nuestro cerebro le gustan las calorías vacías de la comida chatarra, la información le hace sentir bien, aunque no sea útil”.
Más información no siempre es mejor
Solemos pensar que cuanta más información, mejor. No siempre es así. A veces atiborrarse de información puede implicar un detrimento del análisis, la reflexión y el pensamiento crítico. Consumir información como se consume una droga implica que no existe un procesamiento de la misma, por lo que es un acto inútil.
En un mundo que nos bombardea de información constantemente, debemos tenerlo muy presente o corremos el riesgo de perdernos en un mar de noticias y contenidos específicamente creados para “doparnos”, no para crecer o animarnos a reflexionar.
De hecho, un estudio anterior realizado en la Universidad de California reveló que las redes sociales activan la amígdala y el núcleo estriado, estructuras involucradas en las emociones y la anticipación de las recompensas, que son las mismas que se activan en las adicciones.
El deseo de obtener más y más información, sin hacer nada provechoso con ella, genera el mismo comportamiento impulsivo que se aprecia en las adicciones, silenciando el sistema inhibitorio que nos permite retomar el control.
Por supuesto, eso no significa que debemos dejar de informarnos. Significa que debemos ser críticos con la información que consumimos y, sobre todo, que necesitamos pasarla por un tamiz. ¿Realmente vale la pena perder tanto tiempo de nuestra vida consumiendo información que olvidaremos al día siguiente?

04 noviembre 2019

LA ÚNICA DECISIÓN IMPORTANTE PARA SER VERDADERAMENTE FELIZ

psicología desarrollo personal                                               
LA ÚNICA DECISIÓN IMPORTANTE PARA SER VERDADERAMENTE FELIZ
Cada día tomamos miles de decisiones, pero más allá del color de la ropa que nos vas a poner, la cantidad de azúcar que le echaremos al café o la oferta de trabajo que rechazaremos o aceptaremos, lo cierto es que solo hay una decisión para ser feliz realmente trascendental en nuestra vida: las personas que hemos elegido para que nos acompañen en cada una de esas disyuntivas.
O al menos eso afirma Moran Cerf, un neurocientífico de la Northwestern University, quien piensa que la felicidad no está supeditada al éxito que alcanzamos en la vida o a las cosas que hemos conseguido sino a las personas que se encuentran a nuestro lado.
Tu energía es limitada: ¿En qué quieres gastarla?
Cerf parte de la idea de que tomar decisiones puede llegar a ser un proceso agotador que consume una gran cantidad de nuestra energía emocional y cognitiva. Si tomamos muchas pequeñas decisiones cada día, nos quedamos sin recursos para tomar las decisiones realmente trascendentales que pueden cambiar el curso de nuestra vida.
De hecho, solemos pensar en nuestros recursos mentales como una fuente infinita, pero en realidad no es así. La fuerza de voluntad, por ejemplo, es un recurso finito que se desgasta cada vez que debemos tomar una decisión que demande poner en marcha nuestros recursos de autorregulación. En otras palabras: tener que controlarnos todo el día resulta agotador, por lo que cuando llega la noche es probable que tengamos los nervios a flor de piel y seamos más propensos a perder el control o ceder a las tentaciones.
Discutir con las personas o tener que llegar a acuerdos constantemente también implica un enorme desgaste. Por eso Cerf pone el foco en quienes nos rodean. Su teoría es que, si nos rodeamos de personas que tengan gustos, valores y creencias afines a las nuestras, evitaremos discutir continuamente por nimiedades, nos resultará mucho más fácil llegar a acuerdos y nuestra vida fluirá mejor.
Cerf nos alerta que nuestra energía es limitada, por lo que debemos usarla con inteligencia, y eso implica elegir sabiamente a las personas que dejaremos entrar en nuestro círculo íntimo.
Nuestros cerebros se sincronizan, para bien o para mal
Las Neurociencias han demostrado que cuando dos personas hacen algo juntas, se produce una sincronización entre sus cerebros, lo cual significa que sus ondas cerebrales tienden a moverse de la misma manera.
Un estudio realizado en la Université Pierre et Marie Curie de París reveló que cuando interactuamos con otras personas no solo tenemos una tendencia a imitar sus movimientos, sino que también se activan simétricamente los mismos centros funcionales clave en la red cerebral interindividual. 
La sincronización cerebral, como demostró otro estudio llevado a cabo en la Universidad Normal del Este de China, es fundamental para la conducta prosocial; o sea, para conectar con los demás. Sin embargo, también tiene un lado más oscuro: podemos contagiarnos con las emociones y sentimientos negativos de los demás, dejándonos arrastrar en su “torbellino emocional”. Y eso nos desgasta.
Cuando dejamos entrar a una persona en nuestro círculo más íntimo, creamos un campo relacional que termina influyendo en nuestro estado de ánimo. Esa relación puede aportarnos muchas satisfacciones, ayudarnos a liberar el estrés y a tomar mejores decisiones, pero también puede ser una enorme fuente de insatisfacciones, conflictos y estrés.
Elige a personas que aporten valor – y conviértete en alguien que aporta
Debemos ser conscientes de que las personas que nos rodean influyen en nuestro estado de ánimo, comportamientos y decisiones. Así como nosotros influimos en los suyos. Eso significa que, si queremos ser más felices y vivir con menos conflictos, debemos preocuparnos por seleccionar cuidadosamente a aquellas personas que dejamos entrar en nuestra vida.
Si nos rodeamos de personas pesimistas, que siempre tienen un problema para cada solución, personas que se lamentan continuamente y han hecho de la queja su modo de vida, de personas manipuladoras que pretenden decidir todo en nuestro lugar o de personas controladoras que quieren saber hasta el mínimo detalle de nuestras vidas, no es extraño que terminemos sintiéndonos agobiados e infelices.
Por eso, una de las decisiones más importantes – y quizá una de las más difíciles – que debemos tomar en la vida consiste en determinar a quién podemos dejar entrar y quién debe permanecer fuera. Para ello, debemos ser conscientes de que todos tenemos el derecho de decidir con quién queremos compartir nuestra posesión más valiosa: el tiempo.
Por tanto, no permitas que las normas sociales o el simple azar elija en tu lugar. El filósofo Max Stirner sostenía que cuando no elegimos a las personas que nos rodean, sino que estas han sido impuestas por el «destino», nos sentimos atadas a ellas, y esa atadura genera frustración y nos coarta. Al contrario, cuando elegimos conscientemente las personas con quienes queremos compartir nuestra vida, podemos conectar desde nuestra esencia y crear una relación que realmente valga la pena.
Por supuesto, también debemos asegurarnos de ser una de esas personas que aporta valor a la vida de los demás acompañando sin invadir y amando sin poseer. Esa es la clave.
Fuentes: Hu,Y. et. Al. (2017) Brain-to-brain synchronization across two persons predicts mutual prosociality. Soc Cogn Affect Neurosci; 12(12): 1835–1844.

31 octubre 2019

SER OPTIMISTA ALARGA LA VIDA

Psicología
SER OPTIMISTA ALARGA LA VIDA

¿Quieres vivir más? Un nuevo estudio nos lo pone fácil: mirar la vida con optimismo.

Hay que dejar de mirar el vaso medio vacío. Un equipo de investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston (EE. UU.) y otros centros de salud descubrió que las personas con mayor optimismo tienen más probabilidades de vivir más tiempo y lograr una "longevidad excepcional", es decir, vivir hasta los 85 años o más.

El nuevo estudio, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, se basó en 69.744 mujeres del Estudio de Salud de Enfermeras y 1.429 hombres del Estudio de Envejecimiento Normativo de Asuntos de Veteranos. Las mujeres tenían entre 58 y 86 años cuando completaron una evaluación de optimismo en 2004 y su estado de mortalidad se rastreó hasta 2014.

El rango de edad de los hombres era de 41 a 90 años cuando completaron una evaluación de optimismo en 1986, y el seguimiento de su estado de mortalidad duró hasta 2016.

Cuando los investigadores compararon a los participantes en sus niveles iniciales de optimismo, descubrieron que, en promedio, los hombres y mujeres más optimistas tenían una vida útil de un 11 a un 15% más larga. También tenían una probabilidad del 50 al 70% mayor de alcanzar la edad de 85 años, en comparación con los grupos menos optimistas.
 Los optimistas duermen más y mejor
¿Tienes problemas para dormir? Un estudio ha descubierto una asociación entre la actitud positiva y la calidad de sueño.
La privación del sueño es un importante problema de salud pública. Existen varias cosas que pueden ayudar a mejorar el sueño, como comprar un colchón nuevo, limitar el consumo de alcohol al anochecer, hacer ejercicio regularmente y usar estrictamente el dormitorio para descansar.

Una nueva investigación sugiere que podría haber otro ingrediente más, aunque más difícil de obtener que un colchón nuevo: ser optimista.

El estudio, que aparece en la revista Behavioral Medicine, ha descubierto que los optimistas tienden a dormir mejor. Este es un hallazgo que se basa en estudios previos que han sugerido que los optimistas tienen una mejor salud cardiovascular.

30 octubre 2019

DIFERENCIA ENTRE “MATAR EL TIEMPO” Y “APROVECHAR EL TIEMPO


 DIFERENCIA ENTRE “MATAR EL TIEMPO” Y “APROVECHAR EL TIEMPO        
“Matar el tiempo” se ha convertido en uno de los imperativos de nuestra sociedad. Aburridos, aterrados por los minutos que corren, nos sentimos obligados a echar mano a cualquier entretenimiento o actividad que nos ayude a enajenarnos del incesante paso de las manecillas del reloj, como si así pudiéramos conjurar nuestra propia mortalidad, como si pudiéramos olvidar que el tiempo es la materia de la cual está hecha la vida.
Aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo es en definitiva a lo que asignamos nuestra vida. Y esta tiene una duración limitada, aunque no nos agrada que nos lo recuerden. Somos seres finitos, con un comienzo y un final, inmersos en un tiempo que pasa inexorable. Matar el tiempo es en realidad dilapidar o consumir parte de nuestra vida.
«Quien gestiona bien su tiempo, gestiona bien su vida. Y quien no encuentra tiempo para reflexionar, planificar o programar, difícilmente podrá sacar adelante ningún proyecto de cierta envergadura. Tal vez no encuentre tiempo ni para sí mismo”, escribió el psicólogo Guillermo Ballenato.

diferencia a las personas que matan el tiempo de aquellas que lo aprovechan?

“Matar el tiempo” significa llenar las horas vacías como buenamente podamos, indiscriminadamente, con un ocio inútil o una actividad desenfrenada – lo mismo da – porque ambos encierran la semilla de la inconsciencia.
Matar el tiempo es, en el fondo, la actitud indolente de quien no es consciente de su finitud, o de quien le teme tanto que necesita esconderse tras lo intrascendente para acallar sus propios demonios interiores, para no encararse con la necesidad de poner rumbo a su vida y descubrir qué es lo que disfruta realmente, qué es lo que quiere hacer y, sobre todo, qué es lo que no quiere hacer.
Quien mata el tiempo está imbuido en una especie de hiperkinesia cotidiana que le arrebata toda posibilidad contemplativa y la capacidad para demorarse y disfrutar, como escribiera el filósofo Byung-Chul Han. “Así los acontecimientos se desprenden con rapidez los unos de los otros, sin dejar una marca profunda, sin llegar a convertirse en una experiencia”. Se vive sin vivir.
Por otra parte, aprovechar el tiempo no significa, ni mucho menos, trabajar continuamente o estar permanentemente ocupados sino dedicarse de manera plena y consciente a aquellas cosas que realmente son útiles, nos permiten disfrutar o nos aportan algo para crecer como personas – y eso también implica descansar, relajarse o dedicarse al dolce far niente.
La diferencia entre perder y aprovechar el tiempo radica en el objetivo y la actitud con la cual emprendemos ciertas actividades. Si leemos un libro porque realmente disfrutamos de la lectura, nos aporta conocimiento o nos permite crecer, estaremos “aprovechando el tiempo”. Si solo lo leemos porque estamos aburridos, porque no se nos ocurre nada mejor que hacer, porque es lo que tenemos a mano y cuando lo cerramos, automáticamente olvidamos todo, entonces estaremos “matando el tiempo”.

No mates el tiempo, ¡aprovéchalo!

Dicen que las últimas palabras de la Reina Isabel I de Inglaterra en su lecho de muerte fueron: “Todo cuanto poseo por un momento de tiempo”. La clave para aprender a valorar nuestro tiempo en su justa medida – sin obsesionarnos con su paso pero tampoco dilapidándolo inconscientemente – consiste en aceptar nuestra mortalidad, comprender que cada día es un regalo precioso compuesto por 1 440 minutos que transcurren uno detrás del otro, de manera silenciosa e inexorable, hasta que, llegados a cierto punto de la vida, el tiempo deja de correr para empezar a volar, precipitadamente, sin asideros a los cuales aferrarse.
Debemos evitar el error de pensar que “quien vive el doble de rápido puede disfrutar en la vida del doble de opciones”. Debemos desterrar la idea de que “la aceleración de la vida hace que esta se multiplique y se acerque al objetivo de una vida plena”, porque una vida plena no se mide en términos de cantidad sino de sentido. No se vive más por hacer más. Se vive más cuando se disfruta más. Cuando las cosas que hacemos tienen un sentido para nosotros. Es por eso que, “quien intenta vivir con más rapidez, también acaba muriendo más rápido”, matando el tiempo con un ocio que no aporta nada más que la inconsciencia de desconectarse de la realidad, según Han.
En su lugar, necesitamos comprender que solo cuando somos plenamente conscientes de nuestra finitud logramos extraer el máximo de cada minuto. Entonces, y solo entonces, dejamos de matar el tiempo para empezar a aprovecharlo en esas cosas que realmente nos aportan y nos permiten vivir experiencias más plenas, alargando el instante presente todo cuanto podamos.