10 noviembre 2018

LAS PERSONAS ENVIDIOSAS: RINDEN HOMENAJE A LA MEDIOCRIDAD Y AL TALENTO


psicología desarrollo personal
LAS PERSONAS ENVIDIOSAS: RINDEN HOMENAJE A LA MEDIOCRIDAD Y AL TALENTO

Había una vez un hombre al que le dieron un huerto para que pudiera alimentarse. Sin embargo, pasaban los días y el hombre no lo cultivaba. Pasaron semanas y no se preocupó por labrarlo ni abonarlo. Al cabo de algunos meses, las malas hierbas habían cubierto casi todo el campo. 
Cuando se aproximó el invierno y llegó el tiempo de la cosecha, el hombre no recogió nada. Desesperado y enfadado, miró al Cielo preguntando:
- ¿Qué mal he hecho, ¡oh Dios!, para que me trates así? ¿Qué mal he hecho para me mandes esta desgracia? ¡Mira los campos de mi vecino cuán fértiles son y mira el mío cuán mustio y seco! 
Esta historia, que se encuentra en el libro “Diálogos con Abul Beka”, nos muestra a la perfección la forma de actuar y razonar, a menudo bastante irracional, de las personas envidiosas.
La envidia, uno de los siete pecados capitales, es un resentimiento profundo y a menudo hostil hacia una persona que posee algo que deseamos. Es un anhelar lo que alguien tiene, pero sintiéndose inferior e incapaz de conseguirlo. 
Los 5 tipos de personas envidiosas
1. El envidioso sarcástico. Aparentemente, esta persona asume todo con gran sentido del humor, pero en realidad están camuflando su envidia a través del sarcasmo, que es su arma preferida para hacer sentir mal al otro. No atacará directamente, pero estará siempre al acecho para resaltar tus debilidades o errores con una sonrisa en los labios. Es su forma de hacerte sentir inferior. Y si le preguntas qué ha querido decir, es probable que incluso se ofenda y enfade.

2. El envidioso directo. Esta persona ataca directamente, para hacerte sentir mal. Normalmente se trata de personas inseguras, con una personalidad agresiva, que se ocupan en detallar tus defectos para intentar que no puedas disfrutar de lo que has logrado. Se mantienen atentas, de manera que ante cualquier pequeña señal de éxito, te recordarán un fracaso o un error anterior. Este tipo de personas envidiosas son de mucho cuidado ya que tampoco dudarán en poner obstáculos en tu camino, para impedir que tengas más éxito.
3. El envidioso pesimista. Su objetivo es minarte la moral y echar por tierra tu motivación. Cualquier noticia positiva que le des y que pueda generarle envidia, la rebatirá recurriendo a argumentos negativos con el único objetivo de deprimirte. Por ejemplo, si le cuentas que acaban de contratarte en una empresa excelente, te dirá que seguro aprovecharán cualquier excusa para despedirte o se dedicará a enumerar diferentes razones por las que, según él, esa empresa en realidad no es tan buena. 

4. El envidioso competitivo. Esta persona no te dirá nada abiertamente, pero su actitud y sus actos lo dicen todo. Está pendiente de cada pequeño detalle de tu vida, para emularte. Si compras un móvil, se apresura a comprar otro que sea mucho mejor, si cambias el sofá, se apresura a comprar otro más grande y de mejor calidad. Es el tipo de personas envidiosas que nunca están satisfechas con lo que tienen, por lo que desean continuamente lo que tienen los demás e incluso pretenden generar envidia en ti. 

5. El envidioso al acecho. Esta persona tampoco te dirá nada, al menos al inicio. Se convierte en una especie de voyeur silencioso, que ve pasar tu vida con envidia. Cuando finalmente cometes un error, fracasas o algo te va mal, aprovecha ese momento de bajón para poner el dedo en la llaga. Su frase preferida es: “¡Te lo había dicho!”, la cual esconde una profunda satisfacción porque se siente superior.
La envidia no es envidiable: En la mente de la persona envidiosa
Jorge Luis Borges señalaba que en español, para decir que algo es muy bueno, se afirma que “es envidiable”. Sin embargo, la envidia es uno de los sentimientos más dañinos que existe. Causa daño a quien la experimenta y también a quien es objeto de ella ya que a menudo esa persona se ve obligada a sortear todo tipo de obstáculos que los envidiosos colocan en su camino. 
La envidia es un sentimiento corrosivo que puede llegar a arruinar la vida. Carrie Fischer lo resumió magistralmente con estas palabras: “La envidia es como beber veneno y esperar que la otra persona muera”.
Ahora investigadores del Instituto Nacional de Ciencias Radiológicas de Japón comprobaron que, efectivamente, la envidia le hace mucho daño a quien la alimenta. Estos neurocientíficos pidieron a un grupo de personas que imaginaran que eran protagonistas de diferentes dramas sociales en los que tenían un estatus social muy bajo y otras personas se llevaban los méritos.
Descubrieron que la envidia activaba las mismas regiones cerebrales relacionadas con el dolor físico. Y mientras más envidia reportaban los participantes, más se activaban esas zonas.
A la vez, cuando a esas personas les pidieron que imaginaran que los demás fracasaban, en su cerebro se activaban los circuitos de la recompensa, lo cual significa que la desgracia de la persona envidiada activa los centros del placer en el envidioso. En otras palabras: disfruta con la desgracia ajena.
El problema es que a la persona envidiosa le cuesta mucho apreciar las cosas buenas de su vida, simplemente porque está demasiado ocupada preocupándose por las cosas buenas que suceden en la vida de los demás. Harold Coffin dijo: “La envidia es el arte de contar las bendiciones del otro en lugar de las propias”.
La persona envidiosa se siente inferior, por lo que en lo más profundo de sí cree que jamás podrá llegar a ser tan feliz, poderosa, capaz o lista como los demás, y por eso alimenta la envidia. De hecho, un estudio muy interesante llevado a cabo en la Universidad Carlos III de Madrid reveló que las personas optimistas o aquellas que tienen una gran autoconfianza, son menos propensas a sentir envidia ya que suelen ser más cooperativas y altruistas en sus relaciones sociales. 
Sin embargo, las personas envidiosas suelen ser muy competitivas, siempre quieren obtener más que los demás, pero a diferencia de los otros, no eligen estrategias de colaboración sino que prefieren ir por su cuenta, aunque ello implique peores resultados para todos. De esta forma, alimentar la envidia es como cavar el pozo donde decidimos enterrar la felicidad. Por eso, la envidia nunca es envidiable.
¿Cómo lidiar con las personas envidiosas?
No podemos evitar que alguien nos envidie. Y en muchos casos tampoco podemos hacer nada para atenuar la envidia de los demás ya que estas personas tienen una forma muy peculiar de comprender el mundo. El sociólogo austríaco Helmut Schoeck decía: “El hombre envidioso piensa que si su vecino se rompe una pierna, solo podrá caminar mejor”. 
Las personas envidiosas tienen una forma de ver el mundo tan egocéntrica y distorsionada que incluso los males ajenos, a veces les parecen “bendiciones”. Por tanto, lo más inteligente es intentar mantenernos alejados de ellas y estar atentos a las zancadillas que pueden ponernos a lo largo del camino.
Otra alternativa, consiste en resaltar sus propias fortalezas y éxitos, con la esperanza de que la persona envidiosa comprenda que todos somos diferentes y tenemos capacidades distintas. No es necesario compararse porque no tenemos que ser mejor que los demás, sino tan solo mejores que nosotros mismos.

09 noviembre 2018

REFLEXIONES DE SÓCRATES PARA LA VIDA

15 REFLEXIONES DE SÓCRATES PARA LA VIDA
Sócrates ha sido uno de los filósofos más importantes de la historia, maestro de Platón y figura esencial en la unificación de la filosofía griega. Se dice que iba por las plazas de Atenas provocando discusiones para constatar si las personas realmente sabían de lo que estaban hablando. De hecho, la famosa “ironía socrática” consistía en interrogar a las personas para luego poner en evidencia la incongruencia de sus afirmaciones. 
Su frase “solo sé que no se nada”, encierra su pensamiento. Quería que las personas reflexionaran y salieran de la ignorancia, que se abrieran a nuevas ideas y desafiaran el conocimiento normativo. Pensaba que todo era objetable y que la sabiduría no consiste en acumular conocimientos, sino en revisar lo que ya se conoce para construir otros conocimientos más sólidos. 
Dijo que “la ciencia humana consiste más en destruir errores que en descubrir verdades”, y aplicaba ese mismo tipo de razonamiento a la sociedad, por lo que no es extraño que su postura inconformista le llevara a ser condenado a muerte por “atentar contra la democracia”. 
Frases de Sócrates sobre la vida y la sabiduría 
1. El grado sumo del saber es contemplar el por qué. Preguntarse es el inicio del camino a la sabiduría.

Sócrates quería que no diéramos absolutamente nada por sentado y que lo cuestionáramos todo. Este filósofo pensaba que las palabras más poderosas del universo eran "¿Por qué?". Cuando nos empezamos a cuestionar todo lo que siempre hemos dado por sentado, nuestra percepción del mundo cambia, pasamos a un nivel de autoconocimiento superior. 
2. La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia. 
Para Sócrates la sabiduría no es una meta a la cual se llega sino un camino que se recorre. Quien no reconoce su ignorancia ni siquiera emprende ese camino, se limita y contenta con lo que sabe. Al contrario, reconocer la ignorancia y plantearse preguntas es la única manera para crecer y descubrir nuevos horizontes. 
3. A veces hay que alzar muros, no para alejar a la gente sino para ver a quién le importas lo suficiente como para derribarlos. 
Para Sócrates, la amistad era algo tan valioso que debía ser cultivada con paciencia. Debemos elegir inteligentemente los amigos y permitir que pasen a nuestro círculo íntimo solo aquellos que realmente valen la pena. De hecho, también solía decir que "los amigos son como el dinero, antes de necesitarlos debemos conocer su valor".

4. Alcanzarás buena reputación esforzándote en ser lo que quieres parecer. 

En una sociedad donde las apariencias son cada vez más importantes y donde muchos llevan una doble vida "feliz" en las redes sociales que poco o nada tiene que ver con su realidad, esta frase de Sócrates tiene más vigencia que nunca. Se trata de convertirte en tu mejor versión, ser auténtico mejorando cada día un poco. 

5. El secreto del cambio está en centrar toda tu energía, no en luchar contra lo pasado, sino en construir todo lo nuevo. 

Muchas personas se quedan atascadas en el sufrimiento porque no logran hacer las paces con su pasado. Sin embargo, solo podemos cambiar cuando somos capaces de volver la vista al futuro. Con esta frase, Sócrates nos anima a dejar de malgastar energía en culpas y recriminaciones por cosas que no podemos solucionar y aprender a centrar esa energía en construir el futuro que queremos.

6. La mentira gana bazas, pero la verdad gana el juego. 

Antes o después, las mentiras salen a la luz. La única mentira que no se descubre es aquella que no se dice, por lo que siempre es mejor apegarse a la verdad. Recuerda que en muchas ocasiones una mentira lleva a la otra, de manera que se crean situaciones complicadas de las que será prácticamente imposible salir airosos.

7. Comenzar bien no es poco, pero tampoco es mucho. 

El primer paso no te lleva a dónde quieres ir, pero te saca de donde estás. No cabe dudas de que el primer paso es importante, pero Sócrates nos alerta de que debemos seguir caminando. Si no lo hacemos, nos quedaremos a mitad del camino, con el cansancio de lo recorrido y los sueños rotos por lo que no nos atrevemos a recorrer.

8. Una vida sin examen no merece ser vivida. 
Sócrates se refería a la importancia de examinarse a sí mismo manteniendo en todo momento una actitud crítica hacia nuestros actos. El filósofo creía que debemos preocuparnos por crecer ya que el objetivo último de la vida debe ser convertirnos en la mejor persona que podemos ser. Y no podemos lograrlo si no realizamos actos de introspección. 
9. No puedo enseñar nada a nadie, solo puedo hacerlos pensar. 
Esta frase de Sócrates es muy interesante ya que llama la atención sobre la necesidad de que cada persona aprenda por sí sola y llegue a sus propias conclusiones. También nos alerta de que, en muchos casos al ayudar y pretender hacer un bien, le estamos arrebatando a las personas su capacidad para pensar, decidir y recorrer su propio camino cometiendo sus errores, que serán la base del aprendizaje. 
10. Cuando el debate se pierde, la calumnia se convierte en la herramienta del perdedor. 
Con esta frase, Sócrates nos advierte de la importancia de perder dignamente, así como de ser lo suficientemente inteligentes como para no darnos por aludidos cuando nuestro interlocutor, en vez de recurrir a argumentos razonables, simplemente recurre a las calumnias porque es la única herramienta de descrédito que le queda. 
11. Las grandes mentes discuten ideas, las mentes mediocres discuten acontecimientos, las mentes débiles discuten sobre las personas. 
En una discusión, debemos asegurarnos de mantener bajo control las emociones y discutir únicamente de ideas. Cuando el debate pasa al plano personal o sobre la valía de otras personas, hemos perdido completamente el rumbo. 
12. Cada acción que reporta placer tiene un precio. 
Todo en la vida tiene un precio. Es una ilusión pretender tenerlo todo sin dar algo a cambio. Cuando antes lo asumamos, mejor dispuestos estaremos a valorar si el precio de algunas cosas es justo o estamos dispuestos a pagarlo. 
13. La envida es la úlcera del alma 
La envidia corroe lentamente, impidiendo a quien la sufre disfrutar de su vida porque está demasiado ensimismada comparándose con la vida que llevan los demás y contando sus dones, en vez de sentirse agradecido por los propios. De hecho, la envidia es como beber veneno, esperando que sea la otra persona quien muera ya que en realidad, el único daño lo sufre la persona envidiosa.
14. Si no consigues lo que quieres, sufres. Si consigues lo que no quieres, sufres. Incluso cuando obtienes exactamente lo que quieres, sigues sufriendo porque sabes que no podrás tenerlo para siempre. Tu mente crea esa situación. Quiere liberarse del cambio y no entiende que el cambio es ley y ninguna pretensión alterará esa realidad. 
Vemos la realidad como somos, a través de nuestras expectativas, lo cual significa que en muchas ocasiones el sufrimiento o la felicidad son autoprovocados. Por eso Sócrates abogaba porqué aprendiéramos a conocernos mejor y aceptáramos el cambio como parte del fluir natural de la vida. 

15. Quien no está contento con lo que tiene, tampoco lo estará con lo que le gustaría tener. 
Sócrates se refería a la necesidad de sentirnos satisfechos y felices aquí y ahora, no postergar la felicidad a las posesiones que podrían llegar en un futuro. Nuestras necesidades siempre crecen, por lo qué aunque siempre tengamos una nueva meta, debemos asegurarnos de disfrutar de la felicidad en el presente. Después de todo, la clave no está en tener más, sino en disfrutar más de lo que ya tenemos.

08 noviembre 2018

AVECES HAY PERSONAS QUE NO SE DAN CUENTA DE TODO LO QUE HACEMOS POR ELLAS, HASTA QUE DEJAMOS DE HACERLO

psicología desarrollo personal 
AVECES HAY PERSONAS QUE NO SE DAN CUENTA DE TODOLO QUE HACEMOS POR ELLAS, HASTA QUE DEJAMOS DE HACERLO
Pequeños gestos que mejoran el día a día. Grandes entregas que marcan el curso de la vida. La ayuda puede adoptar mil formas distintas. Puede ser esa persona que nos facilita la jornada, desde un discreto segundo plano, para que todo fluya mejor. O puede ser esa persona que hace un gran sacrificio con una sonrisa en los labios, sin dejar entrever el verdadero costo de lo que nos ofrece. 
Todos en algún momento hemos ayudado a alguien. Y nos hemos sentido bien por ello. El desgaste emocional comienza cuando nuestra ayuda no es reconocida, cuando damos y damos, sin recibir nada a cambio, cuando los demás no se dan cuenta de todo lo que hacemos por ellos e incluso presuponen que es nuestra obligación.
“Síndrome de dar por sentado”: Cuando a fuerza de ayudar, nos volvemos invisibles 
A menudo, las personas caen en lo que podríamos llamar el “Síndrome de dar por sentado”, que consiste en obviar el valor de las cosas buenas en la vida. Estas personas dan por sentado que nuestra ayuda y apoyo simplemente están ahí, que tienen derecho a ello, y no lo aprecian en su justa medida. 
El “Síndrome de dar por sentado” está relacionado con la capacidad de adaptación, un proceso mediante el cual las personas se acostumbran rápidamente a los entornos, las situaciones y las relaciones. En práctica, es probable que esa persona se haya sentido emocionada la primera vez que la ayudaste, y te haya agradecido ese gesto, pero luego lo asumió como algo natural, se activó el mecanismo psicológico de la desensibilización, y esa ayuda pasó de ser una novedad a convertirse en algo familiar. 
Obviamente, la capacidad de adaptación es importante, sobre todo para evitar un sufrimiento innecesario provocado por cambios drásticos, pero juega en contra de las relaciones. Debemos pensar en las relaciones y en la ayuda como una planta que debe ser cuidada todos los días. Si asumimos que la planta siempre estará ahí y no necesita nuestros cuidados, un día simplemente se secará. 
Cuando eso sucede, la persona se sentirá desorientada, como si de repente su estructura de apoyo se hubiera venido abajo. De hecho, eso es precisamente lo que ha pasado: a fuerza de no cuidar una relación que le aportaba auténtico valor, el vínculo se ha roto y ha perdido una importante fuente de ayuda. Solo entonces valora lo que hasta ese momento había dado por sentado. Aunque quizá es demasiado tarde.
Dar mucho y recibir poco, cansa 
Dar mucho y recibir poco, agota. Aunque es importante ayudar a cambio de nada, también necesitamos recibir sin tener que pedir. De hecho, el psicólogo Adam Grant, de la Universidad de Pensilvania, explicaba que podemos imaginar las relaciones interpersonales como una línea, en uno de sus extremos se encuentra el dar y brindar ayuda, en el otro extremo se encuentra el recibir y obtener ayuda. 
En algunas fases de la vida, podemos estar en un punto más cercano a uno de los extremos, como cuando debemos cuidar de una persona querida, pero en sentido general, lo ideal sería encontrarnos en un punto más intermedio, donde podemos dar sin que ello se convierta en una hemorragia energética porque también recibimos apoyo y ayuda. 
Ni siquiera se trata de que la persona a quien ayudamos nos “devuelva el favor”. No se trata de un quid pro quo, sino de establecer ese profundo y muchas veces indestructible vínculo emocional basado en el agradecimiento y el reconocimiento. Al contrario, cuando ayudamos y el otro se vuelve demandante o menosprecia nuestra contribución, esa ayuda se convierte en una carga psicológica. 
yudar también tiene límites 
Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no te consideres obligado a llevársela”, recomendaba Pitágoras hace siglos. Este filósofo y matemático griego sabía que existe un límite a la entrega, el sacrificio y la ayuda; un límite más allá del cual terminamos drenados emocionalmente, sobre todo cuando las otras personas no reconocen lo que hacemos por ellas. 
Siglos más tarde, los experimentos psicológicos han comprobado el consejo pitagórico. En un estudio realizado en la Universidad de Columbia Británica dieron a los participantes una suma de dinero. A la mitad les pidieron que lo gastaran en ellos mismos y a la otra mitad que lo destinaran a los demás. Al final, quienes habían gastado dinero en los otros reportaron sentirse más felices que quienes habían empelado el dinero en sí mismos. Sabemos, sin rastro de dudas, que ser compasivos y ayudar a los demás nos beneficia psicológicamente. Con ciertos límites. 
La empatía, por ejemplo, puede llegar a consumirnos haciendo que adoptemos hasta tal punto el sufrimiento ajeno que descuidamos nuestros propios sentimientos y necesidades. De hecho, quienes siempre priorizan las emociones de los demás son más propensos a sufrir ansiedad o depresión. Es lo que se conoce como “fatiga de la empatía”, que afecta fundamentalmente a quienes ayudan continuamente a los demás convirtiéndose en los pilares que lo sostienen. 
En otro estudio, realizado en la Northwestern University, los investigadores analizaron los efectos de la empatía en los padres de 247 adolescentes. Descubrieron que asumir una actitud empática mejoraba la relación y la felicidad de la familia, pero cuando los padres se involucraban demasiado en los problemas de sus hijos, experimentaban más estrés y se disparaban los marcadores de inflamación crónica. Esto significa que llevar la carga de alguien, sin poder decidir ni actuar en su lugar, incrementa nuestra carga psicológica y fisiológica, dejándonos más vulnerables.
¿Qué enseñanzas prácticas podemos extraer? 
1. Desarrolla una preocupación empática. Existen diferentes tipos de empatía, hay una empatía que te atrapa dentro del sufrimiento ajeno y otra que te permite conectar, pero gestionando ese malestar, de manera que los problemas de los demás no te arrastren. Recuerda que por mucho que puedas ayudar, las decisiones finales nunca estarán en tus manos y, por ende, tu implicación emocional también debe limitarse a lo que puedes hacer. 
2. No te extralimites ayudando. A veces la ayuda, aunque bien intencionada, puede hacer daño generando actitudes egocéntricas, demandantes o dependientes en el otro. Por eso, la ayuda siempre debe ser dosificada, pensada para que el otro crezca, no para que se produzca una dependencia. 
3. No te pierdas. La filósofa Ayn Rand sostenía qué si queremos desarrollar una buena salud mental, debemos cultivar el egoísmo racional, que no es más que ocuparnos de satisfacer nuestras necesidades e intereses ya que en muchas ocasiones los relegamos a un segundo o tercer plano, para terminar sufriendo las consecuencias.