10 agosto 2021

fILOSOFIA-VIRTUD/CLEMENCIA y PERDÓN


  • VIRTUD/CLEMENCIA y PERDÓN
     

    Virtud que modera la pena externa debido a una falta. Impide un castigo más duro del debido. Es ejercida por aquellos que tiene autoridad para hacerlo, como el padre o madre de familia, los directivos de una institución, o el poder judicial de un estado.  El clemente disminuye la pena teniendo en cuenta las circunstancias particulares de cada persona. La causa de la clemencia es el amor y la justicia. En las relaciones entre iguales hablamos más bien de perdón.
  • A la clemencia se opone la crueldad por exceso, y la remisión por defecto. La crueldad es un exceso de castigo. Desecha con rigor el rebajamiento de la pena y se complace sin amor en el sufrimiento ajeno. La remisión, en cambio, omite la reparación de la justicia en la comunidad, y olvida la necesaria corrección del que ha faltado.

09 agosto 2021

AMABLIDAD ES DISCREPAR SIN ATACAR

psicología /desarrollo personal 

  AMABLIDAD ES  DISCREPAR SIN ATACAR



Las discrepancias no son negativas. Lo negativo es no saber discrepar. Atacar al que piensa diferente. Excluir al que disiente. Cerrarse a los argumentos solo porque ponen en entredicho aquello en lo que creemos.

En cambio, el diálogo socrático promueve un debate respetuoso entre dos personas que usan argumentos convincentes que promueven la reflexión y el razonamiento para alcanzar una respuesta lo más certera o válida posible. Ambas personas tienen la posibilidad de practicar el arte de discrepar. Abiertamente.

Sin embargo, ni somos Sócrates ni estamos en la Atenas clásica. Vivimos en una sociedad cada vez más polarizada donde se ataca más a las personas que a sus argumentos con el objetivo de imponer una verdad que coarta el pensamiento crítico. Así, no es extraño que las discusiones degeneren rápidamente cayendo en los insultos y ataques personales.

Sobre identificación con las ideas, creer que somos lo que pensamos

No es inusual que a menudo nos encontremos discutiendo acaloradamente con alguien por algo de lo que no estamos muy seguros o no tenemos suficiente información. Es probable que más tarde, con la mente fría, nos demos cuenta de que nos hemos tomado sus palabras a la tremenda. Las hemos asumido como un ataque personal, como si el mero hecho de discrepar implicara que el otro se ha convertido en nuestro enemigo más acérrimo.

Las emociones son un gran escollo para discrepar de manera respetuosa. Cuando las palabras sobrevuelan el aire cual dardos teledirigidos se clavan en nuestro cerebro reptiliano, incluso antes de ser plenamente conscientes de su significado. Entonces las emociones toman el mando y la razón se apaga.

Las palabras que catalogamos como “peligrosas” y que desencadenan ese proceso de secuestro emocional son aquellas que “atacan” nuestra identidad. El problema es que cuando nos sobreindentificamos con nuestras ideas, todo lo que vaya en contra de ellas es percibido como un ataque personal.

Si creemos que somos lo que pensamos, cuando alguien disiente y pone en entredicho algunas de nuestras creencias más arraigadas, lo percibimos como un ataque a nuestro “yo”. No somos capaces de asumir la distancia psicológica necesaria, de manera que las emociones toman el mando y respondemos sin lógica ni argumentos. Por eso, para dominar el arte de discrepar debemos mantener cierta equidistancia de nuestras ideas.  

Cuando la discrepancia se percibe como una traición

No damos el mismo valor a todas las palabras. La disensión que proviene de nuestro círculo de confianza más íntimo o de los grupos con los que nos sentimos identificados puede ser más dolorosa y genera reacciones emocionales más intensas. No nos tomamos tan a pecho las palabras de una persona que no nos conoce en las redes sociales como las críticas de un amigo cercano.

Debemos partir del hecho de que las opiniones, ideas y narrativas nos ayudan a determinar “quiénes son los nuestros”. Son una especie de marcadores que nos indican de manera más o menos fiable en quién podemos confiar y en quién no.

Por eso, aunque pueda resultar paradójico, el precio a pagar por disentir puede ser menor cuando discrepamos con personas que no piensan como nosotros y no forman parte de nuestro círculo de confianza ni de los grupos con los que nos identificamos.

Lo verdaderamente difícil es aprender a discrepar con los nuestros, con el grupo que nos acoge y del que sentimos que formamos parte, el grupo donde depositamos nuestros afectos y en el que confiamos para que nos apoye cuando las cosas se tuerzan. La disensión en ese grupo suele percibirse como una traición personal que nos resulta particularmente difícil de gestionar.

Lo comprobó un estudio realizado en la Universidad de Monash, en el cual se apreció que cuando tenemos que disentir con las personas más cercanas, podemos llegar a experimentar una gran disonancia cognitiva. En práctica, nuestro cerebro reacciona como si las ideas del otro fueran propias, lo cual genera esa escisión interior que causa ansiedad.

Los niveles de discrepancia, del insulto a la refutación

Todos estamos llenos de contradicciones. Necesitamos el contacto con los demás, así como cierto grado de aprobación y validación social. Necesitamos sentir que formamos parte del grupo. Sin embargo, también necesitamos sentirnos únicos y diferentes. Por eso experimentamos la necesidad de discrepar. Nos autoafirmamos a través de las diferencias, ya sea de manera literal o simbólica.

En esa interlocución social, es normal que oscilemos entre el acuerdo y la discrepancia. De hecho, de la disensión suelen nacer las ideas más brillantes e innovadoras, es una ventana abierta hacia nuevas maneras de ver y comprender el mundo. No obstante, necesitamos aprender a discrepar con respeto y lógica porque solo así se produce el cambio desarrollador.

El ensayista Paul Graham determinó una serie de niveles de discrepancia que pueden guiarnos en el camino hacia una disensión respetuosa, permitiéndonos además detectar a las personas que no nos respetan en ese intercambio de ideas.

§ Insultos. Es la forma más baja de desacuerdo, y probablemente la más común. En este caso, no hay racionalidad ni argumento porque la disensión se basa en el insulto. Ni siquiera se presta atención a la idea, sino que se pasa a los insultos directamente de manera grosera, rompiendo así cualquier posibilidad de diálogo.

§ Falacia ad hominem. Se trata de una disensión en la que no se aportan razones de peso, sino que se ataca directamente a la persona por ser quién es o por sus actos, que son completamente irrelevantes para el caso. En práctica, en vez de rebatir los argumentos, quien recurre a la falacia ad hominen se limita a decir que la otra persona carece de autoridad porque no se mueve en círculos respetables o ha consumido drogas, por ejemplo.

§ Respuesta al tono. En este caso, no se ataca el argumento, sino el tono que ha usado la otra persona. En vez de indicar el error en el razonamiento contrario, la persona se limita a atacar el tono arrogante, frívolo o iracundo. Por tanto, la idea central no es refutada, sino que el ataque se dirige a las formas.

§ Contradicción. En este nivel de discrepancia, finalmente se deja de atacar a la persona para centrarse en la idea objeto de debate. Sin embargo, el argumento en contra se limita a presentar una idea opuesta con escasa o nula justificación. En práctica, la persona se limita a decir lo contrario, pero sin brindar prueba alguna que respalde su afirmación.

§ Contraargumento. Es la primera forma convincente de desacuerdo que realmente intenta probar algo. El problema es que el contraargumento suele ser una contradicción más que un razonamiento en sí mismo ya que generalmente versa sobre un asunto diferente. Por ejemplo, ante la idea de que “los niños necesitan juguetes para desarrollar sus habilidades” un contraargumento indicará que “lo más importante es el amor, la atención y los cuidados que reciban los niños”. En este caso, aunque el contraargumento sea cierto, no refuta la idea primaria.

§ Refutación. La forma más convincente de desacuerdo es la refutación, aunque también es la más rara, porque demanda un mayor trabajo intelectual. En este caso, se parte de los propios argumentos del otro para explicarle por qué está equivocado o por qué su tesis no se sostiene. Consiste en hallar el error en una argumentación y explicar el mismo usando datos, brindando razones o recurriendo a pruebas. 

En cualquier caso, para practicar el arte de discrepar con éxito, es importante que nos centremos en refutar el punto central, evitando irnos por las ramas para no caer en discusiones inútiles e intrascendentes. Una vez que detectemos la idea central sobre la cual gira la discusión, debemos buscar argumentos sólidos que la refuren.

Debemos recordar que en el mar social en el que nadamos, no siempre es fácil orientarnos y a menudo no somos plenamente conscientes de las corrientes que nos empujan en una u otra dirección. A pesar de ello, el arte de discrepar consiste en ejercer nuestra libertad para disentir permitiendo que el otro también la ejerza.

A fin de cuentas, discrepar proviene del vocablo “discrepāre”, que significa sonar de otra forma u opinar de manera diferente. No implica tener razón o estar en posesión de la verdad, sino tan solo presentar un punto de vista diferente que puede arrojar una perspectiva distinta sobre las cuestiones complejas del mundo.

Fuente:

Domínguez, J. F. et. Al. (2015) Why Do Some Find it Hard to Disagree? An fMRI Study. Front Hum Neurosci; 9: 718.

RECURRIR A LA DESCALIFICACIÓN CUANDO FALTAN ARGUMENTOSES LA FALACIA AD HOMINEM

psicología /desarrollo personal      
RECURRIR A LA DESCALIFICACIÓN CUANDO FALTAN ARGUMENTOS
ES LA FALACIA AD HOMINEM


Las grandes mentes discuten ideas, las mentes mediocres debaten sobre los acontecimientos, las mentes pequeñas hablan de los demás”, dijo Eleanor Roosevelt. Y no andaba desacertada. Cuando falta altura intelectual se cae en los lodos personales.

Por desgracia, la tendencia a descalificar a los demás cuando no se tienen argumentos sólidos es cada vez más común en todas las esferas de nuestra vida social, una tendencia que pone en peligro nuestra capacidad para llegar a un entendimiento porque va destruyendo puentes a su paso. Esa tendencia se conoce como falacia ad hominem.  

¿Qué es la falacia ad hominem?

Somos testigos prácticamente a diario de la falacia ad hominem. Podemos verla en los medios de comunicación o las redes sociales, cuando hay dos partes que defienden argumentos contrarios y una de ellas intenta desacreditar a la otra recurriendo a argumentos irrelevantes para el tema como su aspecto personal, género, opción sexual, nacionalidad, cultura y/o religión.

La falacia ad hominem es la tendencia a atacar al interlocutor, en vez de rebatir sus ideas. Quien la utiliza, descalifica los argumentos del otro a través de ataques personales dirigidos a menoscabar su autoridad o fiabilidad.

Se puede recurrir a los insultos personales, la humillación pública o incluso sacar a colación errores que esa persona cometió en el pasado. También es común que se ataquen características personales del interlocutor que, aparentemente, entran en contradicción con la posición que defienden. Y no falta quienes recurren a la mentira o exageran supuestos defectos del otro para devaluar sus ideas.

El objetivo principal de esta falacia consiste en desacreditar a la persona que defiende una idea redirigiendo el foco de atención hacia un aspecto irrelevante que nada o poco tiene que ver con la situación en cuestión.

A lo largo de la historia se han producido y se siguen produciendo muchos ejemplos de falacias ad hominem. Arthur Schopenhauer, por ejemplo, era misógino, pero eso no significa que muchas de sus ideas filosóficas no fueran extremadamente interesantes. Ayn Rand era una férrea defensora del capitalismo, pero eso no implica que no podamos encontrar valor en su objetivismo.

Como apuntara el político García Damborenea: “Es comprensible que la idea puede desagradar, pero si Hitler afirmara que dos más dos son cuatro habría que otorgarle la razón”. A fin de cuentas, hasta un reloj parado dice la verdad dos veces al día. Si no aceptamos esa realidad simplemente nos cerramos a la diversidad y complejidad que existe en el mundo. Y probablemente nos perdamos la oportunidad de crecer, quedándonos atrapados en las ideas de quienes piensan como nosotros y comparten nuestro sistema de valores, autofagocitándonos mutuamente.

Las descalificaciones personales dicen más del atacante que del atacado

La falacia ad hominem suele ser el resultado de la falta de argumentos y la frustración. Usar esta estrategia es como cuando un futbolista no logra alcanzar la pelota y le pone la zancadilla a su adversario para que caiga. No es un juego limpio. Y, sin duda, dice mucho más de la persona que ataca que de quien es atacado.

Cuando no se tienen ideas sólidas, se recurre a las descalificaciones y la humillación. Esos ataques pueden llegar a ser extremadamente virulentos y llegar al plano personal ya que tienen como objetivo que el otro se avergüence y guarde silencio o que pierda su credibilidad ante los demás.

Sin embargo, los ataques personales descalifican también al atacante, ya que muestran su irracionalidad y su pobreza argumental. Quien no puede batirse en el plano de las ideas, pero quiere ganar a toda costa, arrastrará a su interlocutor al plano personal.

Somos muy vulnerables a los argumentos ad hominem

El principal problema es que, aunque nos gusta pensar que somos personas muy racionales y sensatas, en realidad somos particularmente vulnerables a la falacia ad hominem, como comprobaron investigadores de la Universidad Estatal de Montana.

Estos investigadores pidieron a una serie de personas que leyeran afirmaciones científicas e indicaran sus actitudes hacia las mismas. En algunas afirmaciones se añadía un ataque directo a la base empírica de la afirmación científica, en otras se insertaba un ataque ad hominem al científico que hizo la afirmación.

Los investigadores constataron que los ataques ad hominem tienen el mismo impacto en nuestras opiniones que los ataques basados en argumentos lógicos y científicos. Eso significa que no somos objetivos valorando los argumentos.

En parte, esa tendencia se debe a que la credibilidad y los valores compartidos del emisor son características que consideramos positivas y determinan la influencia que un mensaje tendrá sobre nosotros. Si alguien ataca la fuente de la información su credibilidad o pone en tela de juicio sus valores, sembrará la semilla de la duda y es probable que le demos menos importancia y credibilidad a sus ideas y opiniones.

Cuando se provoca una actitud de rechazo hacia el oponente, también desarrollamos cierto rechazo, hacia sus palabras. Es un fenómeno psicológico de transferencia que se agudiza por nuestra tendencia a ver las discusiones o debates como competiciones en las que debe haber un ganador. Y en nuestra sociedad, para ganar no siempre hace falta tener la razón, sino imponerse, aunque sea con descalificaciones.

¿Cómo escapar de la falacia ad hominem?

Si alguna vez estamos en medio de un debate y nos vemos tentados a atacar de manera personal a nuestro interlocutor, es conveniente que nos detengamos un segundo a pensar qué emoción nos está empujando a hacerlo. Es probable que sea la rabia o la frustración. En su lugar, debemos pensar que un debate constructivo no es aquel donde se declaran ganadores y vencidos sino aquel en el que se produce un crecimiento.

Ser víctimas de este tipo de ataques también puede ser muy frustrante. Por eso, lo primero es contener el impulso de contraatacar y llevar el conflicto al plano personal. Jorge Luis Borges contó una anécdota en “Historia de la eternidad” en la que a un hombre le arrojaron a la cara un vaso de vino en medio de una discusión. El agredido, sin embargo, no se inmutó. Se limitó a decirle al ofensor: “Esto, señor, es una digresión; espero su argumento”.

También debemos protegernos de este tipo de “argumentos” engañosos con el que se pretende manipular la opinión de las masas para que no escuchen ideas valiosas. Por tanto, se trata de mantener la mente abierta y ponernos en alerta ante cualquier ataque personal porque probablemente implica que detrás hay una opinión o idea sólida que resulta difícil desmontar.

Fuente:

Barnes, R. M. et. Al. (2018) The effect of ad hominem attacks on the evaluation of claims promoted by scientists. PLoS One; 13(1): e0192025.

06 agosto 2021

psicología /desarrollo personal LECCIONES QUE SÉNECA NOS ENSEÑA PARA APROVECHAR BIEN EL TIEMPO

psicología /desarrollo personal     
LECCIONES QUE SÉNECA NOS ENSEÑA PARA APROVECHAR BIEN EL TIEMPO


Cuando lleguen al final, entenderán que estuvieron muy ocupados en no hacer nada”, advirtió Séneca hace siglos. El filósofo estoico tenía claro que el tiempo es la posesión más valiosa que tenemos, pero aun así lo malgastamos sin pensar en ello.

A pesar de que el peso de la mortalidad pende continuamente sobre nuestras cabezas, solemos vivir como si fuésemos inmortales. Preferimos no pensar en el final para exorcizar nuestros miedos más atávicos. Sin embargo, si queremos aprovechar bien el tiempo y hacer algo significativo con nuestra vida, debemos tener presente la frase latina que nos recuerda nuestra mortalidad: memento morí.

Consejos para aprovechar el tiempo, según Séneca

1. Hazlo ya, no dejes que la vida pase

Posponer las cosas es el mayor desperdicio de nuestra vida: nos arrebata cada día a medida que llega y nos niega el presente prometiéndonos el futuro”, escribió Séneca. A lo cual añadió: “mientras perdemos nuestro tiempo dudando y postergando, la vida se acelera”.

Todos hemos procrastinado en algún momento. Sin embargo, cuando se convierte en la norma, cuando postergamos continuamente planes importantes que podrían cambiarnos la vida para bien, tenemos un problema porque la vida no espera.  

La procrastinación puede deberse a la pereza, pero en la mayoría de los casos sienta sus raíces en el miedo a la incertidumbre. Por eso Séneca nos recuerda que “la fortuna tiene el hábito de comportarse como le place”, de manera que esperar no suele aumentar nuestras posibilidades de tener éxito, sino que a menudo solo sirve para que se acumulen más obstáculos en el camino.

La solución consiste en eliminar de nuestro vocabulario la frase: “lo haré mañana” para ponernos manos a la obra ahora mismo. Solo tenemos que dar el primer paso. Romper la inercia. Como aconsejara Séneca: “aférrate a la tarea de hoy y no tendrás que depender tanto de la tarea de mañana”.

2. Valora más tu tiempo que tus posesiones

Si viésemos a una persona quemando dinero, pensaríamos que está loca. Sin embargo, cada día malgastamos minutos y horas, pero no pensamos que estemos locos, aunque el tiempo sea nuestra posesión más valiosa.

A diferencia del dinero, que se puede gastar y recuperar, el tiempo es un recurso precioso que nunca podremos recuperar. Séneca decía: “La gente es frugal en la protección de sus bienes personales; pero en cuanto se trata de malgastar el tiempo, son los que más malgastan la única cosa en la que está bien ser avaro”.

Redefinir el valor del tiempo siendo conscientes de su finitud es el primer paso para utilizarlo inteligentemente, gestionarlo mejor y, sobre todo, dedicarlo a aquellas cosas que realmente valen la pena o son significativas en nuestra vida. Una estrategia para comenzar a valorar el tiempo sobre las posesiones consiste en preguntarnos: ¿cuánto tiempo de la vida debo dedicar para comprar eso?

3. Reduce el ajetreo insustancial

Una persona preocupada no puede realizar ninguna actividad con éxito… Para un hombre preocupado, vivir es la actividad menos importante. Sin embargo, no hay nada más importante y difícil de aprender que vivir”, decía Séneca.

Sus palabras cobran una relevancia especial en la actualidad, en una época en la que estamos sometidos a un flujo incesante de estímulos externos que reclaman nuestra atención. Pendientes de los compromisos sociales, las pantallas, las noticias, los mensajes, el trabajo… nuestra agenda se llena y no nos queda ni un minuto libre.

Eso genera la sensación de estar muy ocupados haciendo cosas muy importantes, pero si sacamos el saldo al final del día, podríamos darnos cuenta de que hemos hecho pocas cosas que nos hagan felices o que nos acerquen a nuestras metas significativas en la vida.

Esa vertiginosidad cotidiana puede atraparnos durante años, haciendo que la vida se nos escape. Por eso es importante que repensemos nuestro día a día e intentemos eliminar todas las distracciones superfluas y las ocupaciones que no nos aportan nada mientras hacemos hueco en nuestra agenda para esas actividades que realmente nos aportan nuestro bienestar o nos hacen sentir más plenos y vivos.

4. Sé implacable con lo que no te aporta nada

Si quieres aprovechar al máximo tu tiempo, tienes que aprender a decir “no”. Séneca advertía: “Cuánto has devastado tu vida porque no sabías lo que estabas perdiendo, cuánto has desperdiciado en dolor sin sentido, alegría tonta, deseo codicioso y diversiones sociales. ¡Te darás cuenta de que te estabas muriendo antes de tiempo!”.

Para aprovechar bien el tiempo necesitamos aprender a establecer límites. Algunos de esos límites están dirigidos a los demás, a todas esas personas que se creen con derecho a usar nuestro tiempo recargándonos con responsabilidades que no nos pertenecen. Por tanto, eso significa decir “no” a muchas de las cosas que estamos haciendo por los demás y que podrían hacer ellos mismos, así como a todos esos compromisos, invitaciones y obligaciones carentes de significado.

No obstante, también debemos aprender a decir “no” a nosotros mismos. Establecer límites para no perder un tiempo precioso. Implica decir «no» a estados emocionales que nos dañan y nos arrebatan momentos de felicidad mientras nos dejamos consumir por la culpa, la ira o el resentimiento. Si no tenemos cuidado, tanto las imposiciones sociales como esos estados emocionales terminarán expandiéndose hasta consumir gran parte de nuestra vida.

5. No supedites la felicidad al logro de tus metas

Es inevitable que la vida no solo sea muy corta, sino también muy infeliz para quienes adquieren con gran esfuerzo lo que deben conservar con un esfuerzo aún mayor. Logran lo que quieren laboriosamente; poseen ansiosamente lo que han logrado; y mientras tanto se les escurre un tiempo que nunca más volverá. Nuevas preocupaciones toman el lugar de las viejas, las expectativas despiertan más expectativas y la ambición más ambición”, dijo Séneca.

En una cultura que premia el esfuerzo constante y las metas siempre más ambiciosas, este mensaje estoico puede resultar contradictorio. Sin embargo, perseguir continuamente nuevos objetivos, nunca satisfechos con los logros alcanzados, solo conduce a un estado de ansiedad e infelicidad permanente.

En cambio, uno de los consejos de Séneca para aprovechar el tiempo consiste en no ser demasiado ambiciosos. Mientras perseguimos nuevas metas, el tiempo se nos escapa. Una meta siempre conduce a otra y nos engaña haciéndonos pensar que la felicidad está en la consecución de cada una de ellas. La solución pasa por reajustar nuestras expectativas y preguntarnos cómo podemos llevar una vida más significativa aquí y ahora, mientras trabajamos para lograr determinados objetivos.

En cualquier caso, Séneca también advertía “no debes pensar que un hombre ha vivido mucho porque tiene el pelo blanco y arrugas: no ha vivido mucho, solo ha existido mucho… la parte de la vida que realmente vivimos es pequeña. Porque todo el resto de la existencia no es vida, sino simplemente tiempo”. La clave para aprovechar bien el tiempo consiste en volver los minutos vacíos en minutos significativos.

02 agosto 2021

/AMOR / VIRTUD-

  • /AMOR / VIRTUD

    AMOR ES LA Virtud
    que nos inclina al otro con desinterés y benevolencia. El que ama quiere el bien del prójimo e intenta evitar sus males. Es la virtud fundamental humana y religiosa. Surge del conocimiento y la complacencia en la bondad de alguno, como también de los bienes recibidos. El amor tiene por fruto el gozo, la paz, la concordia, la misericordia, la corrección fraterna…
               Al amor se opone el odio, que desea con perversidad el mal del otro; la envidia, que se entristece por sus bienes, en cuanto los cree contrarios a los propios; la discordia, como separación de voluntades y deseos; las riña y discusión, por las que se agrede exterior e interiormente al otro; el escándalo, que induce al otro al mal.
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  • ¿Hay algo más maravilloso que el amor? ¿Hay algo más hermoso que amar y ser amado? Dios ha querido que sintamos en nuestros corazones lo que El mismo siento por nosotros, lo que El mismo es en su ser más íntimo. Esto es vivir. Dios es Amor y nos ha hecho amor. ¡Amemos el amor! ¡Amemos el Amor!

CALMA TU EGO PARA SACAR A LA LUZ TU MEJOR VERSIÓN

 Psicología /desarrollo personal

CALMA TU EGO PARA  SACAR A LA LUZ TU MEJOR VERSIÓN


Calmar el ego es la vía más eficaz para cultivar el bienestar personal, tener una autoestima equilibrada, ser más productivos y disfrutar de una vida más plena. Un ego desenfrenado y artificialmente elevado, al contrario, suele ser fuente de problemas y conflictos.

Nuestro ego es muy ruidoso, se impone demasiado y a menudo nos impulsa a enzarzarnos en discusiones inútiles con el único objetivo de ganar, de que nuestras ideas prevalezcan, tengamos o no la razón. Esa actitud nos arrebata el equilibrio mental y la paz interior, aunque no siempre somos conscientes de ello. Algo intuía Albert Einstein cuando dijo: “Cuanto más sabes, menor es tu ego. Cuanto menos sabes, mayor es tu ego”.

¿Qué es el ego?

El ego no es lo que eres realmente. El ego es la imagen que reflejas, tu máscara social, el rol que desempeñas. Esa máscara social prospera con la aprobación. Quiere el control y se mantiene en el poder porque se alimenta del miedo”, escribió Ram Dass.

Alan Watts dibuja una visión similar del ego: “Es una institución social, no una realidad física. El ego es simplemente el símbolo de ti mismo. Así como la palabra “agua” es un sonido que simboliza cierto líquido, pero no lo es, la idea del ego representa el papel que desempeñas, quién eres, pero no es lo mismo que tú como persona”.

El ego, por tanto, es una construcción con una fuerte impronta social que experimenta una necesidad inagotable de verse a sí mismo bajo una luz positiva ya que implica los papeles que representamos ante los demás. Por eso podemos llegar a confundir el ego con nuestro auténtico “yo”. Wayne Dyer nos alertaba de ese peligro: «El ego es solo es una ilusión, pero una ilusión muy poderosa. Si permites que esa ilusión del ego se convierta en tu identidad no podrás conocer tu verdadero yo«.

No cabe dudas de que nuestra autoconciencia, autorreflexión y autocontrol son esenciales para alcanzar las metas que nos propongamos. Pero si no estamos atentos, esos mismos procesos psicológicos se volverán en nuestra contra porque el ego hará cualquier cosa con tal de no quedar mal, lo cual significa que puede poner en marcha mecanismos de defensa que nos impidan reconocer nuestros errores y las trampas que nos tendemos.

Un ego ruidoso, demasiado imbuido en sí mismo, pasa mucho tiempo defendiéndose, y hace lo que sea necesario para reafirmarse, de manera que no es inusual que se convierta en un obstáculo para alcanzar los objetivos que nos hemos propuesto. Una persona terca y orgullosa no pedirá disculpas cuando se equivoque, por ejemplo, pero la testarudez y el orgullo son solo la expresión de ese ego. Y esas actitudes pueden hacernos perder grandes cosas o personas valiosas en la vida.

El ego silencioso

En los últimos años un grupo de psicólogos de la Universidad del Norte de Arizona han estado desarrollando un programa de investigación denominado “ego silencioso” basado en los principios de la psicología humanista y la filosofía budista. Descubrieron algo paradójico: calmar el ego es mucho más eficaz para cultivar el bienestar, el crecimiento, la salud, la productividad y una autoestima equilibrada que centrarse únicamente en la mejora personal.

En sus estudios se aprecia que un ego silencioso y tranquilo realmente contribuye a equilibrar las necesidades del yo y de los demás, de manera que se rompe la dicotomía entre las necesidades personales y ajenas que tantos conflictos suele causar. Un ego tranquilo se asocia con valores autotranscendentes, como la universalidad y la benevolencia, así como con la autodirección y el logro. Sin embargo, no guarda ninguna relación con el conformismo.

Esto significa que calmar el ego no implica aplastarlo sino tan solo lograr que hable más bajo para que podamos escuchar otras cosas más allá de su voz y podamos asumir una perspectiva más equilibrada. De hecho, cuanto más silencioso es el ego, más fuerte emerge el “yo”.

El objetivo principal de calmar el ego es desarrollar una postura menos defensiva, no se trata de negarlo sino de cultivar una identidad auténtica que incorpore a los otros sin perder el “yo”, abandonando esa imperiosa necesidad de ganar en una especie de competición narcisista.

Un ego tranquilo es signo de una autoestima equilibrada y sólida, que reconoce las propias limitaciones, por lo que no necesita recurrir constantemente a la actitud defensiva que se activa cuando un ego débil y atemorizado se siente amenazado. Después de todo, no debemos olvidar que un ego desmesurado es el escudo tras el cual intentamos proteger nuestras debilidades.

¿Cómo calmar el ego?

Los psicólogos Bauer y Wayment consideran que para calmar el ego es necesario cultivar estas cuatro facetas: conciencia desapegada, identidad inclusiva, toma de perspectiva y mentalidad de crecimiento, las cuales nos ayudan a desarrollar una postura equilibrada que permita crecer al “yo” en comunión con los demás.

– Conciencia desapegada. Para calmar el ego es importante desarrollar una conciencia desapegada, lo cual implica no aferrarse a nada, ni a las circunstancias ni a nuestros pensamientos o emociones. Ese desasimiento mental nos permitirá ver la realidad desde una perspectiva más clara y global, a la vez que nos ayuda a analizar nuestras reacciones del pasado de manera más objetiva, para aprender de esas experiencias.

– Identidad inclusiva. Para calmar el ego es importante desarrollar una interpretación equilibrada del “yo” y los “otros”, integrando esos dos mundos aparentemente dicotómicos. Eso significa que necesitamos entender otras perspectivas e identificarnos con las experiencias ajenas. Se trata de desarrollar una identidad inclusiva en la que los demás también aportan su grano de arena.

– Toma de perspectiva. El ego nos hace pensar que todo lo que nos ocurre es algo personal. Como resultado, nos tomamos los problemas demasiado a pecho y perdemos nuestro equilibrio mental. Tomar perspectiva y reflexionar sobre otros puntos de vista diferentes a los nuestros, nos permite colocar la atención fuera del ego y salir del círculo vicioso que hemos creado.

– Mentalidad de crecimiento. La mentalidad de crecimiento es fundamental para calmar el ego porque parte de un principio básico: somos aprendices de la vida. Cuando asumimos que estamos aprendiendo continuamente, en un proceso de reconstrucción constante, el ego se minimiza porque no le damos oportunidad de crecer a desmesura pensando que es dueño de la verdad absoluta

01 agosto 2021

VIRTUD/AFABILIDAD

VIRTUD/AFABILIDAD


LA AFABILIDAD

es la Virtud que busca alegrar al otro cotidianamente, de modo especial en la tristeza. Es una amistad o amor general para con todos. La persona afable se muestra con rostro jovial en la convivencia, alienta en la dificultad con sabios consejos, y promueve para hacer el bien y progresar en las buenas obras. Hace la vida agradable a los que viven con uno.