26 febrero 2022

A MEDIDA QUE ENVEJECEMOS NOS HACEMOS MÁS AUTÉNTICOS

psicología / Desarrollo Personal                                                                             
A MEDIDA QUE ENVEJECEMOS NOS HACEMOS MÁS AUTÉNTICOS

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Crees que hoy te conoces mejor que en el pasado? ¿Piensas que eres más auténtico a medida que pasan los años? ¿Crees que en el futuro serás más auténtico de lo que eres hoy?

Estas fueron algunas de las preguntas que un grupo de psicólogos de la Universidad de Texas plantearon a un grupo de personas para descubrir si existe un patrón en la manera en que pensamos sobre nuestro “yo”.

La derogación del viejo “yo”

En un primer momento, los investigadores reclutaron a 250 estudiantes universitarios y les pidieron que indicaran cuánto coincidía su “yo” de la época del instituto con el “yo” actual. También les pidieron que estimaran cuánto se parecería su “yo” actual con el “yo” cuando terminaran la carrera.

Todos pensaban que el nivel de autenticidad aumenta a medida que pasan los años.

Los investigadores se preguntaron si ese fenómeno también ocurría en otras edades, así que reclutaron a otras 134 personas con edades comprendidas entre los 19 y 67 años. Les pidieron que dividieran su vida en tres capítulos: pasado, presente y futuro, y que escribieran una descripción para cada uno, evaluando su nivel de autoconocimiento y autenticidad.

Una vez más, las personas reportaron conocerse mejor y ser más auténticos con el paso de los años. Los psicólogos también descubrieron que cuanto mayor es la autoestima, más grande son las expectativas de ser más auténticos a medida que se madura.

Este fenómeno se conoce como la “derogación del viejo yo”. En práctica, cuando miramos a un pasado que consideramos lejano, tendemos a derogar ese antiguo “yo” a favor de la identidad actual. De hecho, en la mayoría de los casos, cuando miramos atrás para desempolvar el “yo” antiguo, podemos analizarlo con cierta distancia psicológica, adoptando la perspectiva de una tercera persona, casi ajena a esa identidad.

Esa distancia se produce porque, aunque somos conscientes de que esa persona éramos nosotros, no nos sentimos plenamente identificados puesto que encontramos demasiadas discrepancias con nuestra forma de pensar y ser actual.

Sin embargo, ¿es una ilusión o realmente somos más auténticos?

El permiso de la insolencia que conceden los años

Una amiga que ya cuenta con varias décadas en el calendario, suele decir que “los años conceden el permiso de la insolencia”. Se refería a que con la madurez psicológica nos atrevemos a ser más auténticos, a expresar lo que realmente sentimos y pensamos “sin pelos en la lengua”. Nos conocemos mejor, sabemos lo que queremos y lo que no queremos, y eso nos brinda una gran seguridad y autoconfianza para mostrarnos tal cual somos.

Durante la adolescencia y juventud, estamos en plena búsqueda de nuestra identidad. Suelen ser etapas confusas en las que exploramos diferentes identidades. También necesitamos ser aceptados por el grupo, por lo que en muchas ocasiones nos dejamos influenciar por los demás, supeditándonos a sus intereses y metas.

A medida que maduramos – lo cual no siempre coincide con el paso de los años puesto que se madura a través de las experiencias, no por el simple hecho de que el calendario siga adelante – vamos consolidando nuestra identidad. Esa identidad no es estática, sino que sigue cambiando con el curso de la vida, pero vamos comprendiendo mejor quiénes somos, perfilamos nuestras metas, priorizamos nuestras necesidades, asentamos nuestro sistema de valores… En fin, le vamos dando a cada cosa el lugar que merece en nuestra vida.

Cuando maduramos, hacemos nuestra la frase de Oscar Wilde: “Sé tú mismo. Los demás puestos están ocupados”. Aprendemos a aceptarnos, con nuestras virtudes y defectos, porque comprendemos que somos maravillosa e imperfectamente únicos.

El regalo de la experiencia es que nos permite ser, sin estridencias, con absoluta y sencilla naturalidad. Te permite ser quien quieras ser. Te das cuenta de que agradar a todo el mundo significa terminar defraudándote y, finalmente, te otorgas el permiso para ser auténtico.

Sin embargo, no debemos dar por descontado esa autenticidad, hay que trabajar para deshacerse de los lazos sociales que la maniatan. El escritor estadounidense Patrick Rothfuss nos perfila un camino muy interesante para ir desarrollando ese “yo” auténtico: “Sé lo bastante listo como para conocerte a ti mismo, lo bastante valiente para ser tú mismo y lo bastante insensato como para cambiarte y, al mismo tiempo, seguir manteniéndote auténtico”.

Si sigues ese camino, llegarás al punto en el que no necesitas demostrarle nada a nadie, excepto a ti mismo. Y esa increíble libertad es premio suficiente

Fuentes:

Seto, E. & Schelegel, R. J. (2018) Becoming your true self: Perceptions of authenticity across the lifespan. Self and Identity; 17(3): 310-326.

20 febrero 2022

LAS OFENSAS, ESTÁN EN LA BOCA DE QUIENES LAS DICEN Y EN LOS OÍDOS DE QUIENES LASESCUCHAN

psicología / Desarrollo Personal                                                                             
LAS OFENSAS, ESTÁN EN LA BOCA DE QUIENES LAS DICEN Y EN LOS OÍDOS DE QUIENES LASESCUCHAN


En tiempos convulsos en los que las opiniones se polarizan y la crispación se palpa en el ambiente, las ofensas se han convertido prácticamente en la única arma que blanden algunas personas para “defender” sus argumentos. Como resultado, el sentimiento de ofensa crece generando una ola de resentimiento.

Sin embargo, lo cierto es que las ofensas no se deben únicamente a ataques directos ni son un fenómeno moderno. También pueden provenir de personas cercanas que quizá no tenían la intención de ofendernos. Como aquella vez que un jefe hizo una broma de mal gusto sobre nuestro trabajo. O cuando alguien nos dio su opinión sincera sobre nuestro nuevo corte de pelo. O aquella vez que alguien criticó nuestro estilo de crianza o nuestro estilo de vida… Los motivos para ofenderse son tantos como personas existen.

Comprender el concepto de ofensa en la Psicología

La ofensa no es más que un sentimiento causado por un golpe al honor de una persona, el cual contradice su autoconcepto y la imagen que tiene de sí misma. La persona se siente ofendida cuando cree que alguien ha dicho o hecho algo que va en contra de sus normas más importantes y/o sus valores neurálgicos.

De hecho, sentirse ofendido pertenece a lo que se conoce como “emociones autoconscientes”, de manera que comparte redes con la vergüenza, la culpa y el orgullo. Al igual que estas emociones, la ofensa se produce debido a un ataque que consideramos personal y que pone en entredicho de alguna manera nuestro ego. 

En 1976, el psicólogo Wolfgang Zander intentó explicar el proceso psicológico que da lugar a la ofensa. En un primer momento, buscamos las posibles causas de la ofensa e intentamos darles un sentido. En un segundo momento valoramos la intensidad de la ofensa teniendo en cuenta las reacciones emocionales que ha generado y analizamos si el ofensor comparte o no nuestras creencias. Por último, en un tercer momento, decidimos cómo reaccionar.

Por supuesto, muchas veces esas fases ocurren rápidamente y se solapan, de manera que a veces es difícil ejercer un control consciente sobre ellas. A veces, simplemente reaccionamos automáticamente ante lo que consideramos una ofensa, enfadándonos y atacando a la persona. Sin embargo, existe otra posibilidad más allá de limitarnos a reaccionar cuando nos pinchan.

¿Por qué nos ofendemos realmente?

Los motivos por los que nos ofendemos son múltiples. Un experimento realizado en la Universidad de Michigan desveló la complejidad que se esconde detrás de las ofensas. Los psicólogos pidieron a un actor que chocara con los participantes en el estudio y los llamaran “gilipollas”. Comprobaron que los hombres del norte de Estados Unidos prácticamente no se vieron afectados por el insulto, pero los sureños se lo tomaron muy a pecho.

Sus niveles de cortisol y testosterona aumentaron, reconocieron sentirse molestos y más dispuestos a responder con agresividad. Los psicólogos concluyeron que en las culturas donde la reputación, el honor y la masculinidad son valores importantes para defender, los hombres tienen más probabilidades de sentirse ofendidos y reaccionar con hostilidad ante lo que consideran un insulto.

Sin duda, sentirse ofendido es un estado emocional complejo en el que intervienen factores personales, pero también atribuciones causales internas o externas, así como factores relacionales que influyen en nuestra interpretación de lo que ha sucedido y que determinan, en cierta medida, no solo si nos sentimos ofendidos sino la magnitud de ese sentimiento y la proporcionalidad de la respuesta.

En sentido general, los principales factores que median la respuesta ofensiva son:

  • Importancia de la relación. Cuanto más importante sea el tipo de relación que mantenemos con el ofensor, más intenso será el sentimiento de ofensa. Por ejemplo, si un jefe nos dice algo negativo, reaccionaremos más intensamente que si ese comentario lo realiza un compañero de trabajo desconocido. El nivel de autoridad de una persona en nuestra vida también influye, lo cual podría explicar por qué solemos sentirnos menos ofendidos por los comentarios o comportamientos de quienes percibimos como nuestros iguales, como los amigos.
  • Experiencias previas. Las experiencias son una de las razones principales por las que la gente se ofende. Las experiencias dan forma a nuestra personalidad y condicionan nuestra manera de pensar y responder ante las circunstancias, muchas veces sin ser plenamente conscientes de ello. Por tanto, si hemos tenido experiencias negativas previas con una persona, es probable que tengamos la tendencia a interpretar toda interacción con ella de manera negativa y sentirnos ofendidos.  
  • Nivel de seguridad personal. Si una persona tiene un fuerte concepto de sí mismo, es menos probable que se ofenda. Las personas más seguras de sí no permiten que los demás lastren su autoestima ni ceden su control. De hecho, la autoestima juega un papel crucial en el sentimiento de ofensa ya que puede desencadenar emociones relevantes como la vergüenza y el orgullo. Si tenemos una autoestima baja o artificialmente elevada, es más probable que nos convirtamos en personas susceptibles que se ofenden por todo.
  • Presión social y cultural. La sociedad y la cultura a las que pertenecemos y en las que nos desenvolvemos también tienen ciertas expectativas. Nos transmiten maneras de comportarnos y formas de responder que son consideradas como apropiadas o inapropiadas, ofensivas o inofensivas, según los valores y las normas morales compartidas. Por esa razón, existen palabras y comportamientos que se consideran “ofensivos” y se espera que si somos diana de ellos, nos defendamos.

Eso significa que, culturalmente, existen “ofensas” reconocidas como tal y comportamientos que se consideran ofensivos e indeseables. Cuando somos víctimas de esas ofensas, la sociedad y la cultura nos valida para que nos sintamos ofendidos e inferiores en términos de control percibido, lo cual se traduce inmediatamente en una necesidad de restaurar nuestro sentido de poder. Por eso reaccionamos poniéndonos a la defensiva o atacando a quien nos ha ofendido.

Sin embargo, siempre tenemos la posibilidad de elegir. La ofensa es mitad de quien la profiere y mitad de quien se da por aludido.

Tenemos una opción: podemos tomar o ignorar la supuesta ofensa. Para ello, podemos verla como si fuera un “obsequio indeseado”. Tenemos la opción de darnos por aludidos, dejar que el ofensor hiera nuestro ego y enfadarnos, irritarnos y perder el control. O, al contrario, podemos aprender a blindar nuestra autoestima. Liberar nuestros sentimientos del yugo de lo que piensen y opinen los demás. Y decidir no ofendernos porque, a fin de cuentas, las ofensas suelen decir más del nivel del ofensor que del supuesto ofendido. Así podremos lograr que las ofensas no nos dañen y devolveremos el golpe de sarcasmo o la hostilidad a la persona que lo generó.

Fuente

02 febrero 2022

PORQUÉ NECESITAMOS APRENDER A VIVIR EL PRESENTE SIN PENSAR TANTO EN EL FUTURO

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PORQUÉ NECESITAMOS APRENDER A VIVIR EL PRESENTE SIN PENSAR TANTO EN EL FUTURO


Si la felicidad siempre depende de algo que esperas en el futuro, estarás persiguiendo una utopía que siempre se te escapará, hasta que el futuro, y tú mismo, desaparezcan en el abismo de la muerte”, escribió el filósofo Alan Watts. Y, sin embargo, nos cuesta mucho vivir en el presente sin pensar en el futuro. La perspectiva del mañana no nos abandona, sino que acapara gran parte de nuestra atención para avisarnos de todos los problemas, inconvenientes y obstáculos que podemos encontrar o para recordarnos todo lo que aún no hemos hecho.

Sin embargo, “a menos que seas capaz de vivir plenamente en el presente, el futuro es un engaño. No tiene ningún sentido hacer planes para un futuro que nunca podrás disfrutar porque cuando tus planes maduren seguirás viviendo en un futuro más allá. Nunca podrás tumbarte y decir con total satisfacción: ‘¡Ahora voy a disfrutar!’ La educación te ha privado de esa capacidad porque te estaba preparando para el futuro en vez de mostrarte cómo estar vivo ahora”, advirtió Watts.

Con la vista puesta en el futuro, olvidamos cómo vivir el presente

Vivimos en una cultura completamente hipnotizada por la ilusión del tiempo, en la que el llamado momento presente se siente únicamente como un instante infinitesimal entre un pasado todopoderosamente causal y un futuro absorbentemente importante. No tenemos presente. Nuestra conciencia está casi completamente preocupada por la memoria y la expectativa. No nos damos cuenta de que nunca hubo, hay ni habrá otra experiencia que la presente. Como resultado, hemos perdido el contacto con la realidad. Confundimos el mundo del que se habla, se describe y se mide con el mundo que realmente es”.

Por desgracia, nuestra sociedad nos educa para tener la vista puesta siempre en el futuro. Nos enseña a plantearnos metas, siempre más ambiciosas, de manera que ni siquiera nos deja tiempo para disfrutar de nuestros logros porque inmediatamente comenzamos a mirar más allá. Sumergidos en ese horizonte escurridizo, nos resulta imposible estar plenamente presentes para disfrutar el “aquí y ahora”.

Cuando nos centramos en alcanzar nuestras metas, nuestro mundo se reduce, es como si entráramos en un túnel que nos impide ver lo que hay fuera porque pasamos gran parte del tiempo mirando a la luz/meta que se dibuja en el horizonte. De esa manera olvidamos vivir el presente, nuestra mente siempre está en otra parte que se nos antoja más importante y urgente que el aquí y ahora. Como resultado, no es extraño que terminemos desconectados de nuestra realidad, comportándonos de manera desadaptativa, lo cual termina causándonos más problemas de los que resuelve.

Watts explica que “ese es el dilema humano: pagamos un precio por cada aumento de conciencia. Al recordar el pasado podemos planificar el futuro. Pero la capacidad de planificar para el futuro se ve contrarrestada por la ‘capacidad’ de temer al dolor y a lo desconocido. Además, el desarrollo de un sentido del pasado y del futuro nos da un vago sentido del presente. En otras palabras, parece que llegamos a un punto en el que las ventajas de ser conscientes se ven superadas por sus desventajas, en el que la sensibilidad extrema nos vuelve inadaptados”.

Ser, la clave para vivir el presente sin pensar en el futuro obsesivamente

La mayoría de las personas no se plantean metas más ambiciosas simplemente para crecer, ampliar su zona de confort y ponerse a prueba, sino que se identifican con sus logros y los usan como una “tarjeta de presentación” para justificar su existencia.

La sociedad del rendimiento nos “obliga”, de cierta forma, a excusar nuestra existencia mostrando los resultados que hemos alcanzado. No valemos por lo que somos, valemos por lo que logramos. Esa mentalidad nos empuja a mirar al futuro continuamente, olvidándonos del presente. Nos empuja a hacer y planear, haciendo que nos olvidemos de ser y estar.

Para escapar de esa mentalidad, Watts explica que debemos comprender que “el sentido de la vida es simplemente estar vivo. Es muy claro, obvio y simple. Sin embargo, todo el mundo corre presa del pánico como si fuera necesario alcanzar algo más allá de sí mismos”. Necesitamos ser conscientes de que “solo temenos el ahora. No viene de ninguna parte ni va a ninguna parte. No es permanente, sino impermanente”, y eso significa que para aprovecharlo tenemos que aprender a vivir el presente imbuyéndonos en la experiencia actual.

No obstante, es importante tener en cuenta que “existen dos maneras de entender una experiencia. La primera es compararla con los recuerdos de otras experiencias, y así etiquetarla y definirla. Eso significa interpretarla de acuerdo con los recuerdos y el pasado. La segunda es ser consciente de lo que sucede tal como es, como cuando, imbuidos en una alegría intensa, olvidamos el pasado y el futuro, dejamos que el presente lo llene todo, y así ni siquiera nos detenemos a pensar: ‘soy feliz’”.

Por tanto, para vivir el presente sin pensar en el futuro continuamente, debemos aprender a ser y estar. El secreto radica en comprometernos con el aquí y ahora, siendo conscientes de que esa constelación de instantes fugaces es todo lo que tenemos para disfrutar de la vida.

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BEBEMOS APRENDER A VIVIR EL PRESENTE SIN PENSAR TANTO EN EL FUTURO



Si la felicidad siempre depende de algo que esperas en el futuro, estarás persiguiendo una utopía que siempre se te escapará, hasta que el futuro, y tú mismo, desaparezcan en el abismo de la muerte”, escribió el filósofo Alan Watts. Y, sin embargo, nos cuesta mucho vivir en el presente sin pensar en el futuro. La perspectiva del mañana no nos abandona, sino que acapara gran parte de nuestra atención para avisarnos de todos los problemas, inconvenientes y obstáculos que podemos encontrar o para recordarnos todo lo que aún no hemos hecho.

Sin embargo, “a menos que seas capaz de vivir plenamente en el presente, el futuro es un engaño. No tiene ningún sentido hacer planes para un futuro que nunca podrás disfrutar porque cuando tus planes maduren seguirás viviendo en un futuro más allá. Nunca podrás tumbarte y decir con total satisfacción: ‘¡Ahora voy a disfrutar!’ La educación te ha privado de esa capacidad porque te estaba preparando para el futuro en vez de mostrarte cómo estar vivo ahora”, advirtió Watts.

Con la vista puesta en el futuro, olvidamos cómo vivir el presente

Vivimos en una cultura completamente hipnotizada por la ilusión del tiempo, en la que el llamado momento presente se siente únicamente como un instante infinitesimal entre un pasado todopoderosamente causal y un futuro absorbentemente importante. No tenemos presente. Nuestra conciencia está casi completamente preocupada por la memoria y la expectativa. No nos damos cuenta de que nunca hubo, hay ni habrá otra experiencia que la presente. Como resultado, hemos perdido el contacto con la realidad. Confundimos el mundo del que se habla, se describe y se mide con el mundo que realmente es”.

Por desgracia, nuestra sociedad nos educa para tener la vista puesta siempre en el futuro. Nos enseña a plantearnos metas, siempre más ambiciosas, de manera que ni siquiera nos deja tiempo para disfrutar de nuestros logros porque inmediatamente comenzamos a mirar más allá. Sumergidos en ese horizonte escurridizo, nos resulta imposible estar plenamente presentes para disfrutar el “aquí y ahora”.

Cuando nos centramos en alcanzar nuestras metas, nuestro mundo se reduce, es como si entráramos en un túnel que nos impide ver lo que hay fuera porque pasamos gran parte del tiempo mirando a la luz/meta que se dibuja en el horizonte. De esa manera olvidamos vivir el presente, nuestra mente siempre está en otra parte que se nos antoja más importante y urgente que el aquí y ahora. Como resultado, no es extraño que terminemos desconectados de nuestra realidad, comportándonos de manera desadaptativa, lo cual termina causándonos más problemas de los que resuelve.

Watts explica que “ese es el dilema humano: pagamos un precio por cada aumento de conciencia. Al recordar el pasado podemos planificar el futuro. Pero la capacidad de planificar para el futuro se ve contrarrestada por la ‘capacidad’ de temer al dolor y a lo desconocido. Además, el desarrollo de un sentido del pasado y del futuro nos da un vago sentido del presente. En otras palabras, parece que llegamos a un punto en el que las ventajas de ser conscientes se ven superadas por sus desventajas, en el que la sensibilidad extrema nos vuelve inadaptados”.

Ser, la clave para vivir el presente sin pensar en el futuro obsesivamente

La mayoría de las personas no se plantean metas más ambiciosas simplemente para crecer, ampliar su zona de confort y ponerse a prueba, sino que se identifican con sus logros y los usan como una “tarjeta de presentación” para justificar su existencia.

La sociedad del rendimiento nos “obliga”, de cierta forma, a excusar nuestra existencia mostrando los resultados que hemos alcanzado. No valemos por lo que somos, valemos por lo que logramos. Esa mentalidad nos empuja a mirar al futuro continuamente, olvidándonos del presente. Nos empuja a hacer y planear, haciendo que nos olvidemos de ser y estar.

Para escapar de esa mentalidad, Watts explica que debemos comprender que “el sentido de la vida es simplemente estar vivo. Es muy claro, obvio y simple. Sin embargo, todo el mundo corre presa del pánico como si fuera necesario alcanzar algo más allá de sí mismos”. Necesitamos ser conscientes de que “solo tenemos el ahora. No viene de ninguna parte ni va a ninguna parte. No es permanente, sino impermanente”, y eso significa que para aprovecharlo tenemos que aprender a vivir el presente imbuyéndonos en la experiencia actual.

No obstante, es importante tener en cuenta que “existen dos maneras de entender una experiencia. La primera es compararla con los recuerdos de otras experiencias, y así etiquetarla y definirla. Eso significa interpretarla de acuerdo con los recuerdos y el pasado. La segunda es ser consciente de lo que sucede tal como es, como cuando, imbuidos en una alegría intensa, olvidamos el pasado y el futuro, dejamos que el presente lo llene todo, y así ni siquiera nos detenemos a pensar: ‘soy feliz’”.

Por tanto, para vivir el presente sin pensar en el futuro continuamente, debemos aprender a ser y estar. El secreto radica en comprometernos con el aquí y ahora, siendo conscientes de que esa constelación de instantes fugaces es todo lo que tenemos para disfrutar de la vida.

31 enero 2022

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NO DEBEMOS – NI ODEMOS CAMBIAR LAS ACTITUDES DE LOS DEMÁS?


Si no fuera como es, todo iría mejor”. “Me sacrifico tanto y así es como me paga”. “Me enfada que haga eso”. La lista de quejas por las actitudes de los demás puede llegar a ser infinita. De hecho, quizá te gustaría que tus padres fueran más comprensivos, tu pareja más detallista, tus amigos más disponibles, tus colegas más colaborativos, tu jefe más amigable…

Cuando las personas no se comportan según tus expectativas, puede llegar a ser muy frustrante. Sin duda, es frustrante que no reconozcan lo que haces por ellos o que no te correspondan de la misma manera. Sin embargo, lamentarte por las actitudes de los demás, por todo lo que deberían hacer pero no hacen o por todo lo que hacen que no deberían hacer, es la receta más segura para caer en el bucle de la insatisfacción permanente.

Lo cierto es que todos tenemos aspectos de nuestra personalidad que podemos mejorar. Todos podríamos ser más simpáticos, comprensivos, disponibles, amigables, colaborativos o detallistas. Sin embargo, solo podemos cambiarnos a nosotros mismos. No podemos cambiar a los demás. Y cuanto antes lo entendamos, mejor.

“Evangelizadores” con un sesgo egocéntrico

Tenemos la tendencia a pensar que si los demás se comportaran como nosotros, todo iría bien. Se trata, obviamente, de una falacia, un sesgo egocéntrico. El mundo necesita diversidad. Todo se encuentra en un equilibrio de opuestos. Y eso significa que tiene que haber espacio para todo y todos. Lo que nos gusta y lo que nos disgusta. Lo que nos hace felices y lo que nos desagrada.

De hecho, pensar que los demás deben comportarse igual que nosotros se basa en la creencia de que solo nuestras decisiones, actitudes y valores son positivos, loables y dignos de imitar. Por tanto, los demás son quienes se equivocan y deben cambiar. Así corremos el riesgo de convertirnos en “evangelizadores” que predican los buenos comportamientos. No nos damos cuenta de que de esa manera nos condenamos al fracaso de antemano porque no podemos cambiar a los demás si ellos no se implican en ese cambio.

Los padres, por ejemplo, pueden educar a sus hijos y transmitirles determinados valores y normas de comportamiento, pero eso no significa que puedan moldearles a su imagen y semejanza y mucho menos pretender que sean como ellos desean. Cada persona es independiente y debe tomar sus decisiones de manera autónoma.

Eso no significa que debamos sufrir en relaciones tóxicas o que tengamos que aceptar pasivamente las críticas destructivas, las humillaciones o los desplantes de los demás. En todas las relaciones surgen problemas y conflictos que es necesario abordar y corregir para facilitar la convivencia.

No tenemos que ocultar lo que pensamos o ignorar cosas que son importantes para nosotros. No se trata de aceptar el abuso, sino de comprender que nuestra visión y camino no son los únicos posibles. Por tanto, no necesitamos cambiar a los demás, tan solo necesitamos cambiar el tipo de relación que mantenemos.

La diferencia no es meramente terminológica, sino que implica un nuevo reparto de las responsabilidades y las “culpas” porque significa que la otra persona no tiene algo intrínsecamente malo o negativo, sino que determinados comportamientos y actitudes no son compatibles con nosotros y con el tipo de relación que deseamos mantener.

Si no podemos cambiar a los demás, ¿qué podemos hacer?

Intentar comprender el comportamiento de las personas que nos rodean, sobre todo aquellas que forman parte de nuestros círculos de confianza, será mucho más útil a largo plazo que lamentarnos. Para ello, debemos dejar de intentar cambiar a los demás pensando que tenemos la verdad en la mano y que conocemos el camino correcto. En su lugar, podemos:

1. Descubrir sus desencadenantes. Todos tenemos desencadenantes emocionales. Se trata de botones rojos que, cuando los tocan, nos hacen reaccionar de manera visceral. Las personas con las que nos relacionamos también tienen esos desencadenantes. Comprender cuáles son nos ayudará a mejorar la relación. Por ejemplo, quizá esa persona tiene temas sensibles que sería mejor no tocar o reacciona mal cuando está bajo presión. Se trata de identificar cuáles son las cosas que no pueden soportar para intentar evitarlas.

2. Profundizar en nuestras razones. Una relación siempre es cosa de dos. Por tanto, no podemos limitarnos a mirar fuera responsabilizando al otro, debemos redirigir nuestra atención hacia nosotros. ¿Por qué determinada actitud o comportamiento te irrita? Siempre que no se trate de una persona abusiva, nuestras expectativas, deseos y experiencias también conforman la imagen que tenemos de esa persona. Por tanto, vale la pena preguntarnos: ¿Por qué me molesta? ¿Realmente ha sido tan grave o te lo has tomado demasiado a pecho? Es probable que descubramos que estamos exagerando o que todo se debe a que no han cumplido con nuestras expectativas.

3. Concentrarse en lo que queremos de la relación. No podemos cambiar las actitudes de los demás, pero podemos cambiar la relación que establecemos con ellos. Significa que debemos dejar de enfocarnos en todo lo que el otro supuestamente hace mal para centrarnos en lo que no funciona en la relación. Por tanto, en vez de culpar a esa persona por todo lo que va mal, nos centramos en lo que nos resulta insatisfactorio de la relación y nos preguntamos cómo ambos podemos mejorarlo.

Por último, debemos tener en cuenta de que muchas veces las personas no nos lastiman de manera intencional. Todos cargan con su propio fardo de preocupaciones, angustias, miedos, inseguridades y problemas. Todos cometemos errores. No podemos cambiar las actitudes de los demás, sus ideas o influir en sus comportamientos para que se adapten a nuestras necesidades o forma de ver el mundo. La tolerancia y la flexibilidad son claves para mantener relaciones satisfactorias y proteger nuestro equilibrio mental.

23 enero 2022

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NECESITAMOS APRENDER A VIVIR EL PRESENTE SIN PENSAR TANTO EN EL FUTURO


Si la felicidad siempre depende de algo que esperas en el futuro, estarás persiguiendo una utopía que siempre se te escapará, hasta que el futuro, y tú mismo, desaparezcan en el abismo de la muerte”, escribió el filósofo Alan Watts. Y, sin embargo, nos cuesta mucho vivir en el presente sin pensar en el futuro. La perspectiva del mañana no nos abandona, sino que acapara gran parte de nuestra atención para avisarnos de todos los problemas, inconvenientes y obstáculos que podemos encontrar o para recordarnos todo lo que aún no hemos hecho.

Sin embargo, “a menos que seas capaz de vivir plenamente en el presente, el futuro es un engaño. No tiene ningún sentido hacer planes para un futuro que nunca podrás disfrutar porque cuando tus planes maduren seguirás viviendo en un futuro más allá. Nunca podrás tumbarte y decir con total satisfacción: ‘¡Ahora voy a disfrutar!’ La educación te ha privado de esa capacidad porque te estaba preparando para el futuro en vez de mostrarte cómo estar vivo ahora”, advirtió Watts.

Con la vista puesta en el futuro, olvidamos cómo vivir el presente

Vivimos en una cultura completamente hipnotizada por la ilusión del tiempo, en la que el llamado momento presente se siente únicamente como un instante infinitesimal entre un pasado todopoderosamente causal y un futuro absorbentemente importante. No tenemos presente. Nuestra conciencia está casi completamente preocupada por la memoria y la expectativa. No nos damos cuenta de que nunca hubo, hay ni habrá otra experiencia que la presente. Como resultado, hemos perdido el contacto con la realidad. Confundimos el mundo del que se habla, se describe y se mide con el mundo que realmente es”.

Por desgracia, nuestra sociedad nos educa para tener la vista puesta siempre en el futuro. Nos enseña a plantearnos metas, siempre más ambiciosas, de manera que ni siquiera nos deja tiempo para disfrutar de nuestros logros porque inmediatamente comenzamos a mirar más allá. Sumergidos en ese horizonte escurridizo, nos resulta imposible estar plenamente presentes para disfrutar el “aquí y ahora”.

Cuando nos centramos en alcanzar nuestras metas, nuestro mundo se reduce, es como si entráramos en un túnel que nos impide ver lo que hay fuera porque pasamos gran parte del tiempo mirando a la luz/meta que se dibuja en el horizonte. De esa manera olvidamos vivir el presente, nuestra mente siempre está en otra parte que se nos antoja más importante y urgente que el aquí y ahora. Como resultado, no es extraño que terminemos desconectados de nuestra realidad, comportándonos de manera desadaptativa, lo cual termina causándonos más problemas de los que resuelve.

Watts explica que “ese es el dilema humano: pagamos un precio por cada aumento de conciencia. Al recordar el pasado podemos planificar el futuro. Pero la capacidad de planificar para el futuro se ve contrarrestada por la ‘capacidad’ de temer al dolor y a lo desconocido. Además, el desarrollo de un sentido del pasado y del futuro nos da un vago sentido del presente. En otras palabras, parece que llegamos a un punto en el que las ventajas de ser conscientes se ven superadas por sus desventajas, en el que la sensibilidad extrema nos vuelve inadaptados”.

Ser, la clave para vivir el presente sin pensar en el futuro obsesivamente

La mayoría de las personas no se plantean metas más ambiciosas simplemente para crecer, ampliar su zona de confort y ponerse a prueba, sino que se identifican con sus logros y los usan como una “tarjeta de presentación” para justificar su existencia.

La sociedad del rendimiento nos “obliga”, de cierta forma, a excusar nuestra existencia mostrando los resultados que hemos alcanzado. No valemos por lo que somos, valemos por lo que logramos. Esa mentalidad nos empuja a mirar al futuro continuamente, olvidándonos del presente. Nos empuja a hacer y planear, haciendo que nos olvidemos de ser y estar.

Para escapar de esa mentalidad, Watts explica que debemos comprender que “el sentido de la vida es simplemente estar vivo. Es muy claro, obvio y simple. Sin embargo, todo el mundo corre presa del pánico como si fuera necesario alcanzar algo más allá de sí mismos”. Necesitamos ser conscientes de que “solo tenemos el ahora. No viene de ninguna parte ni va a ninguna parte. No es permanente, sino impermanente”, y eso significa que para aprovecharlo tenemos que aprender a vivir el presente imbuyéndonos en la experiencia actual.

No obstante, es importante tener en cuenta que “existen dos maneras de entender una experiencia. La primera es compararla con los recuerdos de otras experiencias, y así etiquetarla y definirla. Eso significa interpretarla de acuerdo con los recuerdos y el pasado. La segunda es ser consciente de lo que sucede tal como es, como cuando, imbuidos en una alegría intensa, olvidamos el pasado y el futuro, dejamos que el presente lo llene todo, y así ni siquiera nos detenemos a pensar: ‘soy feliz’”.

Por tanto, para vivir el presente sin pensar en el futuro continuamente, debemos aprender a ser y estar. El secreto radica en comprometernos con el aquí y ahora, siendo conscientes de que esa constelación de instantes fugaces es todo lo que tenemos para disfrutar de la vida.

26 diciembre 2021

LAS PERSONAS QUE DUDAN DE TODO, EXCEPTO DE SÍ MISMA, ESTÁN CONDENADA AL FRACASO

tratamientos psicológicos                                                 

LAS PERSONAS QUE DUDAN DE TODO, EXCEPTO DE SÍ MISMA, ESTÁN CONDENADA AL FRACASO


Dudar de todo. Esa podría ser la máxima que caracteriza los tiempos en que vivimos. Tiempos en los que el poder del referente parece diluirse en una posverdad relativista.

No es nada nuevo. Descartes sistematizó la duda con su “pienso, luego existo”. Mucho antes, los filósofos escépticos ya habían abrazado la duda y mucho después, el propio Nietzsche dijo que “toda convicción es una cárcel”.

Como herramienta en la búsqueda de la verdad, la duda es muy útil. Pero quizá la estamos aplicando mal. Quizá la duda se nos está yendo de las manos. Quizá el acto de dudar – aplicado a medias – está creando más problemas de los que resuelve en nuestra vida y en nuestra sociedad.

Sacrificar la sabiduría en el altar de la inteligencia

Nuestra sociedad fomenta la inteligencia en lugar de la sabiduría y celebra los aspectos más superficiales, hostiles e inútiles de esa inteligencia”, escribió el maestro en budismo tibetano Sogyal Rimpoché. “Nos hemos vuelto tan falsamente ‘refinados’ y neuróticos que tomamos la propia duda por verdad, y así la duda, que no es otra cosa que un intento desesperado del ego para defendense de la sabiduría, queda deificada como objetivo y fruto del auténtico conocimiento”.

La educación contemporánea nos adoctrina en la glorificación de la duda y de hecho ha creado lo que casi se podría llamar una religión o una teología de la duda, en la cual para ser considerado inteligente hay que mostrar que se duda de todo, señalar siempre lo que está mal y pocas veces preguntar lo que está bien, denigrar cínicamente los ideales heredados y en general todo lo que se haga por simple buena voluntad”.

Según Sogyal Rimpoché, este tipo de duda es destructiva porque termina siendo “una estéril adicción a la contradicción que nos roba repetidamente toda apertura verdadera a cualquier verdad más amplia y ennoblecedora”. En práctica, dudar por dudar, porque pensamos que es una señal de inteligencia, podría simplemente sumirnos en el caos mental más absoluto, dejándonos en las garras de un relativismo ignorante que no nos permite avanzar, sino que a menudo implica un retroceso.

La duda noble implica cuestionarnos a nosotros mismos

Somos una sociedad que ensalza la duda pero que es incapaz de dudar de sí misma y del proceso de cuestionamiento. Al dudar de todo fuera, sin mirar hacia dentro, terminamos enredados en los condicionamientos sociales que terminan dictando el camino de la “verdad”. Ese camino, sin embargo, no conduce a la sabiduría.

En práctica, dudamos de todo lo externo. Dudamos de que la tierra sea redonda, de la existencia de un virus, de las estadísticas, de lo que dicen las figuras de poder, de lo que escriben los diarios, de lo que afirman los médicos y los vulcanólogos… Y eso está bien. Cuestionarnos las cosas y no darlas por sentado es importante.

Pero también tenemos que cuestionarnos a nosotros mismos. Tenemos que cuestionar el proceso de pensamiento que nos conduce a sacar unas conclusiones y no a otras. Tenemos que cuestionar, sobre todo, nuestras expectativas a lo largo de ese proceso. Las creencias y estereotipos que se encuentran en la base y que terminan empujándonos en una dirección que podría no ser la más adecuada.

En contraposición a la duda nihilista, Sogyal Rimpoché propone una “duda noble”. “En vez de dudar de las cosas, ¿por qué no dudamos de nosotros mismos: de nuestra ignorancia, de nuestra suposición de que ya lo entendemos todo, de nuestro aferramiento y evasión, de nuestra pasión por supuestas explicaciones de la realidad que se hallan completamente desprovistas de esa sabiduría”, propone.

Esa clase de duda noble nos estimula, inspira, nos pone a prueba, nos hace más y más auténticos, nos da poder y nos atrae más hacia el interior”, afirmó Sogyal Rimpoché.

Obviamente, el camino para abrazar la duda que conduce a la sabiduría está lleno de obstáculos en los tiempos que corren: la falta de tiempo, la dispersión, la sobreabundancia de estímulos que nos impiden concentrarnos en las preguntas y en nuestro cuestionamiento, así como el exceso de información. Son barreras que lastran la posibilidad de buscar respuestas en nuestro interior.

Sogyal Rimpoché nos propone otro camino: “no nos tomemos las dudas con exagerada seriedad ni las dejemos crecer desproporcionadamente; no las veamos solo en blanco y negro ni reaccionemos a ellas con fanatismo. Lo que hemos de aprender es a ir cambiando poco a poco nuestro concepto de la duda apasionada y culturalmente condicionada por otra más libre, humorística y compasiva. Esto quiere decir que debemos dar tiempo a las dudas, y darnos tiempo a nosotros mismos para encontrar respuestas que no sean meramente intelectuales, sino vivas, reales, auténticas y operativas.

“Las dudas no pueden resolverse por sí mismas inmediatamente, pero si tenemos paciencia podemos crear un espacio en nuestro interior donde las dudas puedan examinarse, desembrollarse, disolverse y curarse de modo cuidadoso y objetivo. Lo que nos falta, sobre todo en nuestra cultura, es el correcto ambiente mental, ricamente espacioso y libre de distracción, en el que las intuiciones puedan tener la ocasión de madurar lentamente”.

Sogyal Rimpoché no dice que no nos cuestionemos el mundo. Está diciendo que nos atrevamos a cuestionarlo libres de estereotipos y condicionamientos para poder llegar a una respuesta realmente sincera y auténtica. Nos dice que ese cuestionamiento también debe extenderse a nuestro proceso del pensamiento, nuestras razones para dudar y, sobre todo, a las conclusiones.

Sin esa actitud, se pierde el placer de pensar. Cuestionarse, dudar y sospechar genera placer al sentir que mediante ese acto uno se vuelve cada vez más libre y autónomo. Al dudar nos convertimos en una persona más dueña de su vida que decide quién es, qué hace y por qué. Sin embargo, si no nos permitimos dudar de nosotros mismos y simplemente nos alineamos con las respuestas que brinda la otra parte disidente de la sociedad, estamos renunciando a la sabiduría para sumergirnos en el caos de las dudas estériles. Dejamos un rebaño para sumarnos a otro. Y eso no es inteligencia ni sabiduría.

Fuente:Rimpoché, S. (2015) El libro tibetano de la vida y de la muerte. Barcelona: Ediciones Urano.