07 junio 2019

HAY QUE DEJAR DE CASTIGARSE POR LOS ERRORES DEL PASADO?

psicología / Desarrollo Personal                                                                             
HAY QUE DEJAR DE CASTIGARSE POR LOS ERRORES DEL PASADO?

Todos cometemos errores, quienes más y quienes menos, algunos son verdaderas meteduras de pata y otras son equivocaciones que no tienen mayor trascendencia. Sin embargo, la forma en que enfrentamos los errores varía mucho de una persona a otra. Hay quienes logran pasar página con mayor facilidad y otros se quedan atrapados en el sentimiento de culpa y comienzan a castigarse.
Vale aclarar que cuando cometemos un error una de nuestras primeras reacciones consiste en culparnos. Se trata de algo perfectamente normal. Pero una cosa es buscar responsabilidades y aprender del error y otra muy diferente es llorar sobre la leche derramada y pasar años de nuestra vida castigándonos por eso.
¿Por qué surge la necesidad de castigarse?
Por lo general, el autocastigo está profundamente vinculado con la autoestima. Cuando tenemos una autoestima baja, asumiremos la tendencia a pensar que todo ocurre por nuestra culpa y que merecemos ser castigados. Entonces nos auto imponemos la penitencia, que puede ser más o menos severa. En la base de este mecanismo no solo se encuentra la creencia de que no somos merecedores de estima, sino que también hay mucha rabia, que dirigimos hacia nosotros mismos. 
Las personas que suelen castigarse con mayor crueldad son precisamente las que han crecido en ambientes muy autoritarios y rígidos, donde los errores eran vistos como defectos en vez de oportunidades para el crecimiento. También se aprecia esta tendencia en personas perfeccionistas que comprenden los errores casi como un ataque a su imagen, a la integridad que han ido construyendo.
En otras ocasiones, las personas se castigan porque no son capaces de pedir perdón o porque son demasiado rígidas como para perdonarse. De hecho, a menudo se afirma que nosotros somos nuestros jueces más severos.
Ya sea por una causa u otra, lo cierto es que imponerse un castigo es una manera para expiar las culpas y para sentirse mejor consigo mismo. La persona piensa que su comportamiento ha sido indigno y como no lo puede reparar, se impone una penitencia que le “liberará” del daño que ha causado. Sin embargo, el problema es que esa penitencia no suele acabar nunca y, al final, en vez de provocar alivio, termina dañando profundamente a la persona.
7 consejos para dejar de castigarse
1. Acepta que castigarte no resolverá nada. Si has cometido un error y este ha tenido consecuencias, intenta solucionarlas o contener los daños. Si es imposible, pide disculpas. Si no puedes pedir perdón, quizás porque ya no puedes hablar con la persona, aprende del error para que te asegures que no lo volverás a cometer.
2. Habla del error. Cuando las personas experimentan una gran sensación de culpa suelen aislarse de su grupo de amigos. Sin embargo, cuando estés listo para hablar de la situación, deberías contársela a alguien. A menudo las otras personas te sorprenden con una perspectiva más imparcial de los hechos que te ayudará a aligerar el peso de la culpa.

3. Aprende a ser amable contigo mismo. A menudo es más fácil ser amable y condescendiente con los demás que con nosotros mismos. Una excelente estrategia consiste en imaginar que dentro de ti hay un niño pequeño. Vigila tu diálogo interior y no te digas nada que pueda dañar a ese niño.
4. Comprende los errores como oportunidades para crecer. Las personas que se castigan suelen comprender los errores como fracasos o defectos a través de los cuales determinan su valía. Sin embargo, piensa siempre que el camino al éxito está lleno de fracasos. A menudo, de la mano de los errores llegan los aprendizajes más importantes de la vida. 

5. Pon los hechos en perspectiva. Uno de los mecanismos que perpetúa la culpa es pensar que, si pudiésemos regresar en el tiempo, hubiésemos actuado de una manera diferente. Sin embargo, es importante que te des cuenta de que, en aquel momento, con el conocimiento que tenías y las circunstancias que te rodeaban, tomaste la decisión que creíste más oportuna. Aceptar este hecho es tremendamente liberador.
6. Aprende a valorar con flexibilidad. Detrás del castigo casi siempre se esconde una persona rígida que no quiere aceptar que se ha equivocado, al menos no en un aspecto que le resulta tan significativo. No obstante, recuerda que entre el negro y el blanco hay miles de tonalidades. Tener un poco más de flexibilidad mental y alejarse del pensamiento polarizado te ayudará a enfrentar la vida desde una perspectiva más abierta. 

7. Ten claro quién eres. Las personas que se castigan durante años terminan olvidando quiénes son para convertirse en alguien que simplemente en alguien que carga el fardo de la culpa. A veces, es como si toda su vida se hubiese reducido a ese incidente. Para salir de ese círculo vicioso es importante que recuerdes quién eres y que saques a colación todas tus cualidades positivas. Tú eres mucho más que tu culpa.

06 junio 2019

 IGNORAR LAS MALAS NOTICIAS NO LAS HARÁ DESAPARECER


Psicología / Desarrollo Personal   
 IGNORAR LAS MALAS NOTICIAS NO LAS HARÁ DESAPARECER


“No escondas la cabeza como el avestruz”, solemos decirle a quienes intentan escapar de los problemas evitándolos. A pesar de que no es cierto que los avestruces escondan la cabeza en la arena ante el peligro, este mito se ha fijado con tanta fuerza en el imaginario popular que incluso ha servido para bautizar un sesgo cognitivo que todos hemos sufrido alguna que otra vez: el Efecto Avestruz.
¿Qué es el Efecto Avestruz?
El Efecto Avestruz es un sesgo cognitivo que implica la tendencia a evitar toda aquella información negativa que catalogamos, de manera más o menos consciente, como “peligrosa”. Es un mecanismo de atención selectiva de la información mediante el cual evitamos aquella que tiene connotaciones negativas para nosotros. En práctica, sería ignorar las situaciones de riesgo o las señales de las mismas, pretendiendo que no existen.
El término fue acuñado por los investigadores Dan Galai y Orly Sade, quienes monitorearon los comportamientos de los inversores en bolsa y notaron que estos tendían a revisar más los indicadores económicos cuando la bolsa iba bien, pero cuando iba mal, monitoreaban menos los datos. También descubrieron que este fenómeno se agudiza cuando tomamos una decisión que encierra un elevado nivel de incertidumbre.
Obviamente, el Efecto Avestruz no se aplica solo a los inversores. Un estudio realizado en el Reino Unido reveló que solo el 10% de las personas a quienes les preocupan sus finanzas, las monitorean – y lo hacen solo una vez al mes. El 90% restante ni siquiera revisa sus cuentas, lo cual les impide tomar medidas para sanear su economía.
El Efecto Avestruz no se queda relegado al plano económico, sino que se extiende prácticamente a todas las esferas de nuestra vida cotidiana. Otro estudio realizado en la Universidad de Minesota, por ejemplo, reveló que el 20% de las personas que se inscribieron a un programa para perder peso jamás se habían pesado, lo cual indica que evitaban las señales confirmatorias del problema.
Para comprender este fenómeno ni siquiera tenemos que recurrir a los estudios científicos, hay momentos difíciles en la vida en los que solo nos apetece meter la cabeza en un hueco bajo tierra para “desaparecer” y esperar a que todo se resuelva. Nos gusta imaginar que no está ocurriendo nada y que los problemas se solucionarán solos. Es una fantasía que, de cierta forma, nos calma y reconforta. Lo peor de todo es que en muchas ocasiones, no somos plenamente conscientes de que estamos escondiendo la cabeza en la arena.
¿Cuándo actuamos como el avestruz?
Existen diferentes situaciones que nos pueden llevar a ser víctimas del Efecto Avestruz:
1.      Cuando perdemos el rumbo. En ocasiones, cuando perdemos el rumbo en la vida, la desorientación y la incertidumbre pueden ser tan grandes que preferimos no saber en qué punto estamos. Evitamos reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta ahí y hacia donde debemos encaminar nuestros pasos. De esta manera cedemos el control de nuestra vida, dejamos las decisiones enteramente en manos de las circunstancias.
2.      Cuando tenemos que lidiar con situaciones negativas desagradables. Hay circunstancias que tienen un impacto emocional tan grande que llegamos a percibirlas como un peligro para nuestro «yo». En esos casos, suele ser tentador esconder la cabeza bajo tierra y fingir que no está pasando nada.
3.      Cuando no tenemos los recursos psicológicos para hacer frente a los problemas. A veces, hay situaciones que nos desbordan psicológicamente. Cuando no contamos con las herramientas psicológicas necesarias, no tenemos la suficiente confianza en nosotros mismos o no hemos desarrollado la resiliencia, preferimos ignorar el problema e imaginar que todo está bien.
¿Por qué preferimos ignorar algunos problemas en vez de afrontarlos?
Somos víctimas del Efecto Avestruz porque el problema que debemos afrontar representa una incongruencia con nuestras actitudes, expectativas y/o creencias. Dado que evitamos la disonancia cognitiva y preferimos mantener una imagen positiva de nosotros mismos, si ese problema nos obliga a replantearnos algunos de nuestros aspectos y nos lleva a reconocer que estábamos equivocados, podríamos preferir evitarlo.
Las personas que sufren el Efecto Avestruz reciben información relevante, pero deciden intencionalmente no evaluar sus implicaciones, rechazando esos datos. En otras palabras: evitamos o incluso negamos la información cuando esta nos obliga a confrontar e interiorizar decepciones que preferiríamos evitar.
En cualquier caso, el Efecto Avestruz es un mecanismo psicológico que activamos para intentar escapar de los sentimientos negativos asociados a ese problema o conflicto. Si ignoramos el problema y evitamos pensar en sus implicaciones, también evitaremos los sentimientos negativos que suele generar. Es una especie de escudo psicológico, aunque eso no significa que sea una estrategia adaptativa.
No por mucho evitar, desaparece el problema más temprano
Ignorar los problemas, pretender que no existen, no los solucionará. Al contrario, el Efecto Avestruz puede generar serias consecuencias en nuestra vida.
  • Tomar peores decisiones. Al no aceptar la existencia del problema, tampoco recopilaremos información activamente que nos permita sopesar todas las opciones y tomar la mejor decisión posible. Como resultado, es probable que las circunstancias decidan en nuestro lugar o que nos veamos obligados a decidir cuando estemos contra la espada y la pared. Y cuando estamos contra las cuerdas, es difícil tomar buenas decisiones.
  • Infelicidad permanente. Se dice que la ignorancia es felicidad, pero la ignorancia fingida no lo es. Ignorar es un acto consciente, lo cual significa que ese problema o conflicto, aunque pretendamos que no existe, sigue estando activo en alguna parte de nuestra mente, generando tensión, incertidumbre y, por supuesto, infelicidad.
  • Efecto bola de nieve. Una de las consecuencias más nefastas del Efecto Avestruz es que puede convertirse en una bola de nieve que crece mientras rueda montaña abajo, arrastrando a su paso todo lo que encuentra. Una persona que no se somete a un examen médico importante porque teme que le den un mal resultado, a la larga estará empeorando su situación. Huir de los problemas generalmente solo sirve para agravarlos.
  • Imposibilidad de alcanzar las metas. Un estudio llevado a cabo en Finlandia reveló que las personas que se plantean ahorrar energía, pero no supervisan el consumo de electricidad de su hogar, no son capaces de actuar para reducir su consumo. Asimismo, una persona que ignore los conflictos en su relación, no podrá determinar con precisión los problemas y, por ende, perderá oportunidades para solucionarlos mientras aún está a tiempo. Si ignoramos un problema, seremos incapaces de analizar objetivamente la situación en la que nos encontramos y, por ende, nos resultará mucho más difícil alcanzar nuestras metas. De hecho, la probabilidad de desviarnos de nuestros objetivos e involucrarnos en actividades irrelevantes aumenta.
¿Cómo evitar el Efecto Avestruz?
En “Vidas Paralelas”, Plutarco escribió: “El primer mensajero que dio la noticia sobre la llegada de Lúculo estuvo tan lejos de complacer a Tigranes que éste le cortó la cabeza por sus dolores; y sin ningún hombre atreverse a llevar más información, y sin ninguna inteligencia del todo, Tigranes se sentó mientras la guerra crecía a su alrededor, dando oído sólo a aquellos que lo halagaran”.
Ser conscientes de que esconder la cabeza para negar la realidad no es un mecanismo de afrontamiento adaptativo es el primer paso para evitar el Efecto Avestruz. Necesitamos comprender que, por más que intentemos esconder la realidad, esta no cambiará, simplemente porque no hay escondite lo suficientemente grande. La verdad no cambia según nuestra capacidad para gestionarla.  La única forma de eliminar los problemas es aceptarlos y superarlos.
En algunos casos, cuando estamos demasiado implicados emocionalmente y la situación nos atemoriza, puede ser conveniente pedir ayuda a un observador externo, una persona que pueda valorar la situación de manera más objetiva y nos indique si realmente estamos rehuyendo el problema. Luego necesitamos aplicar la aceptación radical. Solo cuando aceptamos lo que ocurre, estaremos listos para afrontar el problema.
No cabe duda de que sacar la cabeza del hueco puede ser aterrador, pero enfrentar los problemas nos permitirá restaurar la paz interior. Además, si aprovechamos esa experiencia «negativa», saldremos fortalecidos de ella y confiaremos mucho más en nuestra capacidad para resolver los problemas. Lo interesante es que mientras más dificultades afrontemos en la vida, menor será la tendencia a esconder la cabeza.

05 junio 2019


psicología / Desarrollo Personal   COMER MENOS: LA ESTRATEGIA PARA ADELGAZAR                                                                      

La mayoría de las personas que se ponen a dieta para adelgazar se preguntan cómo comer menos. Obviamente, se necesita de una buena dosis de fuerza de voluntad, pero existen diferentes trucos psicológicos que ayudan a comer menos y a no consumir calorías en exceso.
Lo cierto es que la inmensa mayoría de las personas come de forma automática. Por ejemplo, cuando están viendo un filme echan mano a cantidades exorbitantes de palomitas de maíz. Pues bien, ahora un nuevo estudio puso bajo el microscopio nuestros hábitos alimenticios y mostró cómo estos pueden romperse.
Los investigadores reclutaron a un total de 158 personas que debían ver filmes o videos musicales en una habitación de la universidad o en un cine. A todos les dieron palomitas de maíz, solo que a un grupo se le dieron las palomitas rancias y a otros frescas. Vale aclarar que algunos de los participantes eran consumidores habituales de palomitas y otros no.
Lo curioso fue que los consumidores habituales de palomitas de maíz comieron mucho, sin importar la calidad de las mismas e incluso cuando afirmaron que las mismas no eran muy buenas. Sin embargo, se apreció otra peculiaridad: las personas comieron más en el cine que en la habitación de la universidad. Según los investigadores, estos resultados demuestran que los hábitos están estimulados por el contexto (en este caso el cine) y son inmunes a ciertas circunstancias como el hambre o la calidad de los alimentos.
Posteriormente los investigadores llevaron a cabo un segundo experimento, prácticamente idéntico al primero excepto por el hecho de que a la mitad de las personas se les pidió que comiesen las palomitas de maíz con su mano no dominante; es decir, si eran diestros, debían tomar las palomitas para llevárselas a la boca con su mano izquierda.
Esta simple manipulación obstruyó la ejecución automática del hábito de comer cuando se ve un filme. Así, se pudo apreciar que las personas que usaron su mano no dominante comieron mucho menos. Según los investigadores esto se debe a que este simple cambio actúo como el cambio de escenario haciendo que el deseo de comer fuese menos intenso.

En resumen, todos aquellos que se pregunten cómo comer menos ahora tienen a mano una estrategia curiosa pero muy sencilla: romper con todas las cosas del medio que contribuyen a fortalecer el hábito de comer. En este caso, podría bastar cambiar de escenario o comer con una mano diversa a la habitual.

Si a esto le sumamos otras estrategias psicológicas muy fáciles de aplicar como el hecho de establecer un top mental, comer en lugares bien iluminados, utilizar cubiertos y vajillas pequeños y evitar las distracciones como el ordenador o la televisión mientras comemos; entonces podremos seguir la dieta con mayor facilidad.

04 junio 2019

PORQUE; VIVIR DEPRISA NO ES VIVIR, ES SOBREVIVIR



PORQUE; VIVIR DEPRISA NO ES VIVIR, ES SOBREVIVIR
“Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. 
Hay que vivir deprisa y amar  despacio
“Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida. 
“Hoy todo el mundo sufre la enfermedad del tiempo: la creencia obsesiva de que el tiempo se aleja y debes pedalear cada vez más rápido. 
“La velocidad es una manera de no enfrentarse a lo que le pasa a tu cuerpo y a tu mente, de evitar las preguntas importantes… 
“Viajamos constantemente por el carril rápido, cargados de emociones, de adrenalina, de estímulos, y eso hace que no tengamos nunca el tiempo y la tranquilidad que necesitamos para reflexionar y preguntarnos qué es lo realmente importante.” 
Estas palabras del periodista canadiense Carl Honoré en su “Elogio a la Lentitud” nos invitan a reflexionar. Estamos tan preocupados por no perder un detalle, tan preocupados por apurar hasta el último sorbo, que no nos damos cuenta de que a través de esa prisa se nos escapa la vida.

La paradoja moderna: Cuanto más intentemos abarcar, más se nos escapará

Cuanto más rápido vayamos, más nos confundirá nuestro propio ritmo, cayendo víctimas de un vértigo que nos impide ver más allá de las ocupaciones cotidianas, de ese trasiego constante por el que se nos escapa segundo a segundo la vida.
Ese estado de hiperactividad nos lleva a vivir por inercia, en piloto automático, dedicando toda nuestra energía a metas externas que se oxidan con el paso del tiempo y nos hacen olvidar cuáles son las cosas realmente importantes de la vida.
Pensamos que cuanto más ocupados estemos, más aprovechamos la vida, e incluso nos enorgullecemos de tener la agenda repleta, de no tener ni un minuto libre. Sin embargo, cuando saltamos de un compromiso a otro dejamos que sean los demás quienes decidan en nuestro lugar. Entonces nos sometemos, más o menos inconscientemente, a la dictadura social, la cual nos anima a ir cada vez más rápido porque sabe que esa velocidad nos arrebata el tiempo para pensar, un tiempo precioso para conectar con nosotros mismos y decidir qué es lo que realmente queremos.
Cuando vivimos con esa prisa, miramos constantemente hacia adelante, a un futuro que ya está programado y decidido prácticamente al milímetro. Nos animan a hacer cada vez más cosas en menos tiempo, pero eso no nos reporta necesariamente más satisfacción.
Hoy la prisa no se limita al trabajo, ha contaminado todas las esferas de la vida, extendiéndose incluso al ocio. Hay que ver más en menos tiempo, probar más en menos tiempo, tomar una foto rápida y seguir a la siguiente… fotos que, dicho sea de paso, nos servirá de un recordatorio enmohecido de que «estuvimos» allí, una vaga remembranza de lo que pudo ser pero no fue.
Esa prisa no deja espacio para la necesaria pausa que invita a la reflexión y a la creatividad. El silencio y el descanso, dos necesidades básicas, prácticamente se han convertido en un lujo. Esa prisa en realidad nos resta capacidad de goce y de placer, nos impide disfrutar de los pequeños detalles.

Hay otra manera de vivir: El instante eterno

Si queremos vivir en sociedad, a veces no tenemos más opción que ceñirnos a la prisa moderna. No hay muchas alternativas, sobre todo en el trabajo. Sin embargo, debemos asegurarnos de que no se convierta en la norma que engulla nuestra vida. Debemos proteger con celo el derecho a poner nuestra vida en cámara lenta para disfrutar de lo que nos apetece, tranquilamente y sin culpas.
En el budismo existe un concepto muy interesante que puede convertirse en una especie de antídoto contra la prisa: el instante eterno. Según esta filosofía, si vivimos plenamente presentes en el aquí y ahora, pasado y futuro se difuminan. Cuando somos plenamente conscientes, cuando nuestra mente no está en lo que nos queda por hacer o en lo que ya hicimos sino en lo que estamos haciendo, disfrutamos más.
Entonces la vida deja de ser una carrera de obstáculos a vencer y se convierte en una maravillosa realidad a experimentar. Es un cambio que vale la pena…

03 junio 2019

EL IMPACTANTE MENSAJE DE ESTA PARÁBOLA BUDISTA

Psicología /desarrollo personal                                                                               

EL MONJE QUE HIZO VOTO DE SILENCIO: EL IMPACTANTE MENSAJE DE ESTA PARÁBOLA BUDISTA


Había una vez un monasterio famoso por sus estrictas reglas. Muchos jóvenes querían ser aceptados, pero solo unos pocos lograban traspasar sus enormes puertas y convertirse en discípulos. A todos se les exigía un voto de silencio y solo se les permitía decir dos palabras cada diez años. 
Uno de los discípulos más jóvenes, se sometió a ese régimen. Después de pasar sus primeros diez años sin proferir palabra, el maestro principal se dirigió a él: 
- Ha pasado una década. ¿Cuáles son las dos palabras que te gustaría decir? 
- Cama... dura... - dijo el discípulo. 

- Ya veo – fue todo lo que respondió el gran maestro. 
Diez años más tarde, el maestro volvió a dirigirse al discípulo: 
- Han pasado diez años más. ¿Qué quieres decir? 
- Comida... horrible... - dijo el discípulo. 
- Ya veo – volvió a responder el maestro. 
Pasaron otros diez años y el discípulo volvió a encontrarse con el maestro, quien le preguntó una vez más: 
- Después de estos 30 años, ¿cuáles son las dos palabras que te gustaría decirnos? 
- ¡Lo dejo! – gritó el discípulo. 
El maestro no se inmutó: 
- Bien, comprendo por qué: Todo lo que haces es quejarte. 
Espiral de quejas improductivas 
"Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio", dice un proverbio hindú. Si bien no es cierto llegar a esos extremos, no es menos cierto que vale la pena replantearnos algunos de nuestros hábitos cuando nos relacionamos con los demás.

¿Cuántas veces nos comportamos como el discípulo de la historia y solo nos centramos en lo negativo, quejándonos continuamente en vez de aprovechar ese momento para aportar valor a los demás o crear una experiencia positiva?

Tómate un segundo para pensar por cuántas cosas te quejas a lo largo del día. El clima, el transporte público o el tráfico, tu pareja, quizá tus hijos, tu jefe, la mala película que acabas de ver, los políticos, el ascensor que tarda demasiado, la comida fría... Y la lista continúa. De hecho, la mayoría de las personas tiene "temas fetiche" por los que se queja continuamente.

No cabe dudas de que los problemas hay que resolverlos y debemos expresar nuestra inconformidad con el estado de las cosas, pero debemos asegurarnos de que ese comportamiento no se convierta en la norma, tenemos que cerciorarnos de no quedar atrapados en una espiral de quejas que nos conduzca al 
victimismo crónico

Las quejas, cuando no dan paso a una solución, terminan robando la energía emocional, tanto de quien las profieren como de quienes las escuchan. La queja debe tener una función adaptativa; es decir, debe servir para indicar lo que nos molesta e intentar buscar una solución. Quejarse por el dudoso placer de quejarse es contraproducente y ni siquiera sirve como catarsis emocional.

Cuando tenemos tantas insatisfacciones y frustraciones, pero creemos que somos incapaces de hacer algo al respecto o de obtener los resultados que deseamos, nos sentimos desamparados, sin esperanzas, victimizados y mal con nosotros mismos. Obviamente, uno de esos incidentes no dañará nuestra salud mental, pero cuando los vamos sumando, esa acumulación de frustración e 
indefensión aprendida puede terminar afectando nuestro estado de ánimo, autoestima e incluso nuestra salud mental.
Quejarse menos, aportar más
En vez de quejarnos tanto y por tantas cosas, deberíamos preguntarnos qué nos convierte en personas especiales, personas con las que los demás quieran pasar tiempo. Si cada vez que encontramos a un amigo o conocido es para convertirnos en un disco rayado de quejas y lamentos, nos convertiremos en personas tóxicas. Si nos preocupamos por aportar valor o por dejar una huella positiva, nuestras relaciones mejorarán y nos sentiremos mucho mejor
Preguntémonos cómo podemos pasar tiempo de calidad con las personas que amamos, intentando minimizar las rencillas y las quejas inútiles. Recordemos que el tiempo que pasamos con los demás es muy valioso, ¿realmente queremos malgastarlo en quejas inútiles? ¿No sería mejor aprovecharlo para crear buenos recuerdos?

Es un cambio de actitud con el que todos salen ganando, incluidos nosotros mismos. Para lograrlo, debemos salir del piloto automático que activamos todos los días y aprender a vivir de manera más consciente, lo cual implica, por una parte, detener el flujo de las quejas y, por otra, pensar cómo podemos aportar valor. 

02 junio 2019

LAS QUEJAS INTOXICAN EL ALMA: CLAVES PARA DEJAR DE QUEJARSE

Psicología /desarrollo personal                                                                               
LAS QUEJAS INTOXICAN EL ALMA: CLAVES PARA DEJAR DE QUEJARSE
Hay personas que se quejan por todo. Son personas que se centran en lo negativo de la  vida diaria personas que no son capaces de advertir los aspectos positivos. Para estas personas nada es suficiente, son eternos insatisfechos que siempre encuentran motivos para quejarse. Por supuesto, vivir así no es vivir, es como morir un poco cada día.
Porque las quejas incesantes no solo afectan a quienes las escuchan sino también y, sobre todo, a la persona que se lamenta. La persona quejica es una eterna infeliz, alguien que no es capaz de sentir agradecimiento y se sume en la amargura, viendo como todo a su alrededor es cada vez más oscuro.
¿Cómo son las personas que funcionan en “modo queja”?
- Negativizan todo, incluso lo positivo. Estas personas son verdaderos especialistas buscando manchas al sol. Nunca están contentas, ni siquiera cuando logran lo que se habían propuesto. Siempre encuentran motivos para lamentarse y actuar como víctimas. Su frase preferida es: “Si, pero…”. Es como si miraran el mundo usando unos cristales grises, para ellas siempre hay algo mal y ningún motivo es suficientemente bueno para ser felices.
- No buscan soluciones. Las 
personas que funcionan en “modo queja” no buscan soluciones para sus problemas, porque de esta forma no tendrían de qué lamentarse. En realidad, se sienten cómodas en esa situación, han encontrado un equilibrio y, al convertirse en víctimas, han aprendido a sacar ventaja de las cosas negativas. Por eso, su principal objetivo no es buscar respuestas o soluciones, sino simplemente despertar la compasión en los demás y llamar la atención.
- No reconocen sus errores. Estas personas tienen una profunda miopía respecto a sus errores y equivocaciones. Para ellos, la culpa siempre está en los demás, no son capaces de asumir sus responsabilidades. El problema es que tienen un locus de control externo, para ellas todo lo que sucede en sus vidas se debe a la buena o la mala suerte, de forma que terminan convirtiéndose en marionetas del destino. Obviamente, como no son capaces de reconocer sus errores, tampoco hacen nada para subsanarlos, adentrándose cada vez más en un círculo vicioso muy negativo.
Los peligros de quejarse continuamente
A lo largo de un día nos quejamos mucho, más de lo que sería recomendable y de lo que podría considerarse como "sano". Nos quejamos por el tiempo, el transporte, por nuestro jefe o por el vecino, porque la comida estaba demasiado fría o porque hay demasiados anuncios publicitarios en la televisión… La lista amenaza con ser infinita. De hecho, se  podría definir este tiempo como la “era de las quejas”.
El problema es que en la actualidad las quejas no son un paso para la solución del problema, no tenemos el objetivo de solucionar nada, sino simplemente de expresar nuestro desagrado ante una situación. Desde esta perspectiva, las quejas no solo son ineficaces sino incluso dañinas para nuestro equilibrio emocional.
Curiosamente, se ha apreciado que, aunque estemos insatisfechos con determinados productos, el 95% de las personas no decide quejarse directamente a la compañía, ya sea por miedo o porque no quiere consumir demasiado tiempo. En vez de eso, prefieren quejarse con los amigos.
Lo que sucede es que tantas insatisfacciones y frustraciones acumuladas terminan pasándonos factura porque generan una profunda sensación de falta de poder. Quejarnos sin resolver nada nos hace sentir impotentes, lo cual conduce directamente a la victimización, la desesperanza y la indefensión. Obviamente, se trata de sentimientos muy negativos que no nos ayudan en nuestra vida cotidiana, sino que terminan minando nuestra autoestima y arruinando nuestro estado de ánimo.
Si sumamos varios días de quejas, un año tras otro, podremos tener una vaga idea de cuánto daño nos estamos haciendo a nosotros mismos.
¿Cómo dejar de quejarse?
1. Acepta todo aquello que no puede ser cambiado. La queja suele surgir de la inadaptación. A estas personas les resulta difícil adaptarse y aceptar que las circunstancias cambian. Por eso, lamentan que todo no sea tan perfecto como desearían. En realidad, es posible que no tengan malas intenciones, pero la queja no es el mejor camino. Para mantener nuestro equilibrio psicológico es fundamental saber qué batallas debemos librar y cuáles debemos dar por perdidas. Por tanto, es fundamental aprender a aceptar todas aquellas cosas sobre las que no tenemos ningún poder. La próxima vez que estés a punto de comenzar un rosario de quejas, pregúntate cuál es su finalidad: ¿quieres solucionar algo o simplemente deseas quejarte? 
2. Deja de juzgar continuamente. Todos tenemos una tendencia innata a comparar y juzgar. Sin embargo, cuando lo hacemos continuamente, adoptando una posición de superioridad, se convierte en un problema para nosotros mismos. Por eso, si quieres dejar de quejarte, primero debes aprender a no juzgar. No somos perfectos, también cometemos errores, por lo que no tenemos el derecho de juzgar las acciones de los demás. Antes de juzgar, haz examen de conciencia e intenta ponerte en el lugar del otro, asumir una actitud empática te permitirá ser más comprensivo y criticar menos. Se trata de un cambio difícil, pero una vez que lo has logrado, te darás cuenta de que vives con menos tensión y eres mucho más feliz.
3. Nivela tus expectativas. Las quejas suelen tener su base en expectativas irreales. Cuando esperamos demasiado del mundo y este nos decepciona, la queja es una forma de consuelo. Sin embargo, tener expectativas demasiado elevadas implica que no somos capaces de ver el mundo tal como es, implica que no somos capaces de adaptarnos a los cambios. En el fondo, significa ir por la vida con la actitud de un niño enfadado. Por supuesto, no se trata de dejar de soñar, pero sí de ser lo suficientemente flexibles como para saber adaptarse a los cambios que se van presentando. 
4. Controla tu mente. En muchas ocasiones las quejas provienen de ideas irracionales o de pensamientos erróneos, como las generalizaciones inadecuadas. Por ejemplo, podemos generalizar un problema que ocurrió en una circunstancia puntual y pensar que siempre ocurrirá así. Esa voz que habla en nuestra cabeza tiene un enorme poder sobre nosotros, por lo que no deberíamos dar por ciertas todas sus afirmaciones. De vez en cuando es conveniente que cuestionemos lo que nos decimos, preguntándonos no solo si es cierto, sino también cuestionando la utilidad de ese diálogo interior.
5. Céntrate en lo positivo. Todas las cosas que ocurren tienen un lado bueno, pero a veces no somos capaces de verlo porque solo nos centramos en lo negativo. Es como si los árboles no nos dejaran ver el bosque. No se trata de asumir una actitud positivista a ultranza, pero sí de aprender a disfrutar de los buenos momentos, sin empeñarnos continuamente en buscar la perfección y encontrar los defectos ocultos. Cuando empiezas a centrarte en las cosas positivas, te darás cuenta de que hay muchísimas razones para sentirse agradecidos.
Por último, antes de quejarte, recuerda que el cambio que quieres ver en el mundo debe comenzar en ti. Rellenar la hoja de reclamaciones al mundo no servirá de nada, es como pretender que un león hambriento no te ataque solo porque eres vegetariano. En vez de eso, abraza la vida tal como es.

01 junio 2019

VIVIR EN PAZ CON LO QUE NO PODEMOS CAMBIAR


Psicología /desarrollo personal

VIVIR EN PAZ CON LO QUE NO PODEMOS CAMBIAR
La madurez psicológica se puede definir de muchas formas, aunque quizá fue el escritor escocés M. J. Croan quien mejor resumió este concepto: “La madurez es cuando tu mundo se abre y te das cuenta de que no eres el centro de él”.
La madurez psicológica no llega, obligatoriamente, con el paso de los años, es necesario realizar un profundo trabajo interior que muchas veces implica una deconstrucción de nuestros patrones de pensamiento y formas de ver el mundo. No se es más maduro porque pasen los años, se es más maduro porque aprovechamos mejor las experiencias de la vida para comprendernos y comprender el mundo.
¿Qué es la madurez psicológica – y qué no es?
La madurez psicológica no solo implica conocerse bien, sino ser conscientes de que no somos el centro del universo y que necesitamos coexistir con una realidad que a menudo va en contra de nuestros deseos y esfuerzos.
Madurar significa dejar atrás nuestra visión egocéntrica para comprender que existe un mundo más amplio y complejo, un mundo que a menudo nos pondrá a prueba y que no siempre satisfará nuestras expectativas, ilusiones y necesidades.
A pesar de ello – o quizá gracias a ello – cuando maduramos somos capaces de vivir en paz en ese mundo, aceptando todo aquello que no nos gusta pero que no podemos cambiar. Esta frase de Max Stirner resume esa idea: “El hombre maduro difiere del joven en que toma el mundo como es, sin ver por todas partes males que corregir, entuertos que enderezar, y sin pretender moldearlo a su ideal”.
Por tanto, la madurez psicológica no es simplemente adaptarse al medio, la cultura y la sociedad – eso sería exactamente lo opuesto de la madurez – sino encontrar la vía para ser auténticos tomando nota del medio, la cultura y la sociedad en la que vivimos.
Negar la realidad: Un mecanismo de afrontamiento inmaduro y desadaptativo
La negación es un mecanismo de defensa que implica negar fervientemente la realidad, a pesar de que las evidencias y los hechos nos muestren lo contrario. Generalmente este mecanismo se pone en marcha por dos motivos: 1. Porque nos aferramos a unas ideas rígidas que no queremos cambiar o, 2. Porque no contamos con los mecanismos psicológicos necesarios para afrontar la situación.
En ambos casos, negar la realidad nos sirve para reducir la ansiedad ante una situación que nuestro cerebro emocional ya ha catalogado como particularmente inquietante o incluso amenazante. El problema es que la realidad siempre nos gana la partida. No podemos escondernos eternamente de la realidad.
Si un acosador violento nos aborda en medio de la calle, no cerramos los ojos repitiéndonos mentalmente: “¡Esto no está ocurriendo!”. Comprendemos que estamos en peligro y escapamos o pedimos ayuda. Sin embargo, no reaccionamos de la misma manera en muchas otras situaciones de nuestra vida. Cuando algo no nos gusta, nos decepciona o entristece, solemos activar el mecanismo de negación.
Negar vehementemente los hechos no hará que cambien. Al contrario, nos conducirá a tomar decisiones poco adaptativas que pueden terminar causándonos más daño. Debemos tener claro que para adaptarnos a la realidad, cambiarla o sacar provecho de ella, el primer paso es aceptarla.
La persona que ya ha alcanzado cierto grado de madurez psicológica, al contrario, acepta la realidad, no con resignación sino con inteligencia. En este sentido, el psiquiatra alemán Fritz Kunkel dijo que “ser maduro significa encarar, no evadir, cada nueva crisis que viene”.
Madurez emocional: El arte de encontrar el equilibrio en la adversidad 
“Érase una vez un hombre a quien le alteraba tanto ver su propia sombra y le disgustaban tanto sus propias pisadas que decidió librarse de ellas.
“Se le ocurrió un método: huir. Así que se levantó y echó a correr, pero cada vez que ponía un pie en el suelo había otra pisada, mientras que su sombra le alcanzaba sin la menor dificultad.
“Atribuyó el fracaso al hecho de no correr suficientemente deprisa. Corrió más y más rápido, sin parar, hasta caer muerto. 
“No comprendió que le habría bastado con ponerse en un lugar sombreado para que su sombra se desvaneciera y que, si se sentaba y se quedaba inmóvil, no habría más pisadas”. 
Esta parábola de Zhuangzi recuerda una frase de Ralph Waldo Emerson: “La madurez es la edad en que uno ya no se deja engañar por sí mismo”. El escritor se refería a ese momento en el cual somos plenamente conscientes de los mecanismos psicológicos que ponemos en marcha para lidiar con la realidad y proteger nuestro “yo”, a ese momento en el que nos percatamos que la realidad puede ser difícil pero que nuestra actitud y perspectiva son dos variables esenciales en esa ecuación.
Por eso, la madurez emocional pasa inevitablemente por el autoconocimiento, implica conocer las zancadillas mentales que nos ponemos para no avanzar, los mecanismos que usamos para evadirnos de la realidad y las creencias erróneas que nos mantienen atados a pensamientos y actitudes que no nos aportan nada o incluso nos dañan.
Ese conocimiento es básico para lidiar con los problemas y obstáculos que nos plantea la vida. Por desgracia, hay personas que, como el hombre de la historia, nunca llegan a alcanzar ese nivel de autoconocimiento y terminan creando más confusión y problemas, alimentando la infelicidad y el caos interior. Al fin y al cabo, podemos huir de muchas cosas, pero no podemos huir de nosotros mismos. Y si no solucionamos nuestros conflictos interiores, los reproduciremos allá donde estemos.
Alcanzar la madurez psicológica no implica aceptar pasivamente la realidad asumiendo una postura resignada más parecida a la triste rendición de la indefensión aprendida que a la serenidad, sino ser capaces de mirar con otros ojos lo que sucede, aprovechando ese supuesto golpe para consolidar nuestra resiliencia, conocernos mejor e incluso crecer.
La verdadera madurez emocional llega cuando practicamos la aceptación radical, cuando miramos a los ojos la realidad y, en vez de venirnos abajo, nos preguntamos: “¿Cuál es el próximo paso?”. Eso significa que, aunque la realidad puede ser dolorosa, no nos quedamos atrapados en el papel de víctimas sufriendo inútilmente, sino que protegemos nuestro equilibrio mental adoptando una actitud proactiva.
¿Cómo desarrollar la madurez psicológica? Empieza por reírte de ti mismo
William Arthur Ward dijo: “Cometer errores es humano y tropezar es común; la verdadera madurez es ser capaz de reírse de sí mismo”. Ser capaz de reírnos de nuestros antiguos temores porque ahora nos parecen grotescos, de nuestras preocupaciones magnificadas y de esos obstáculos “insalvables” que en realidad no lo eran, es una enorme muestra de crecimiento.
Un estudio desarrollado en la Universidad de Carolina del Norte reveló que el sentido del humor está relacionado con la resiliencia y el bienestar psicológico. Pero todo tipo de humor no vale, solo el humor que se vierte sobre uno mismo, sobre nuestras experiencias de vida, está relacionado con la madurez psicológica y tiene un enorme impacto en nuestros estados emocionales negativos, aliviando la angustia. De hecho, varias investigaciones han demostrado que el sentido del humor es una pieza clave para recuperarnos de la adversidad.
Reirnos de nuestras viejas actitudes, creencias y reacciones no solo significa que forman parte del pasado, sino que han dejado de tener cualquier influjo emocional sobre nosotros. Esa capacidad para reírnos de nosotros mismos también nos permite adoptar una actitud más desapegada y acostumbrar a nuestro ego a los embates de la vida, de manera que no sea tan susceptible y deje de percibir todo como un peligro ante el cual necesita protegerse.
Al fin y al cabo, la madurez psicológica es un proceso de crecimiento continuo que implica, por una parte, el autodescubrimiento trascendental y por otra, la apertura al mundo. Solo así nos convertimos en personas plenas que han hallado el sentido de su vida.