29 noviembre 2019

FÁBULA DEL TONTO


FÁBULA DEL TONTO
¿Quién es tonto y quién es listo? ¿Qué es ser inteligente? Binet, que creó el primer test para medir la inteligencia definió así esta capacidad humana: “inteligencia es lo que mide mi test”. Ya hace tiempo que se sabe que ser inteligente no es tener la capacidad de almacenar muchos conocimientos abstractos o de memorizar los textos más largos y complejos. Ya hace mucho que se descubrió que hay inteligencias múltiples, que la inteligencia puede desarrollarse, que depende del contexto y que tiene que ver con la forma de vida. ¿Es inteligente la persona que no sabe relacionarse, que vive desgraciadamente, que no sabe aceptarse a sí misma, aunque haya alcanzado el máximo nivel académico en la mejor Universidad del mundo?
Es inteligente aquella persona que sabe vivir dignamente y que es capaz de situarse de forma razonable en el mundo. Fracasa la inteligencia, dice José Antonio Marina en su preciso libro “La inteligencia fracasada”, cuando nos convertimos en seres desgraciados.
Repito: ¿quién es tonto y quién es inteligente? Una querida amiga me envía un aleccionador relato sobre la cuestión. Se titula “Fábula del tonto”. Dice así:
Se cuenta que en un lugar del interior un grupo de personas se divertían con el tonto del pueblo, un pobre infeliz de poca inteligencia que vivía haciendo pequeños recados y recibiendo limosnas.
Diariamente algunos hombres llamaban al tonto al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una grande de 50 céntimos y otra más pequeña, pero de 1 peso.
Él siempre tomaba la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos. Le dejaban llevarse la moneda de 50 céntimos mientras le miraban burlonamente.
Un día alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre le llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le respondió:
– Lo sé, señor, no soy tan tonto, vale la mitad, pero el día que escoja la otra, el juego se acabará y no volveré a ganar mi moneda.
Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero de ella se pueden extraer varias conclusiones.
Quien parece tonto, no siempre lo es.
Los verdaderos tontos de esta historia son los que quieren aparecer como inteligentes.
Una ambición desmedida puede acabar cortando la fuente de ingresos.
Podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan buena opinión de nosotros. Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensen los demás de nosotros sino lo que pensamos de nosotros mismos.
Y, sobre todo, el verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser tonto delante de un tonto que aparenta ser inteligente.
Como decía, esta fábula es aleccionadora, como suelen serlo las fábulas. Y centra la atención en lo que es inteligencia y estupidez. Cuestión de gran interés que tendría que plantear casi obsesivamente la educación. ¿Cómo desarrollar la inteligencia? ¿Cómo no caer en la estupidez?
Quien se amarga la existencia de manera creciente y profunda, ¿es una persona inteligente? ¿Por qué consideramos inteligentes a las personas que escriben libros o saben muchas cosas, si no fuesen capaces de entender la vida, de comprender al prójimo y de aceptarse a sí mimas?
Hay quien se considera inteligente porque sabe engañar, porque sabe explotar a los otros, porque es capaz de vivir sin dar golpe, porque es capaz de hacer dinero fácilmente, porque se aprovecha de todo y de todos… Hay quien considera tonto a quien ayuda, a quien paga sus impuestos, a quien cumple las leyes, a quien respeta al prójimo, a quien trabaja, a quien se esfuerza… Cuando pensamos así, nos instalamos en una gran equivocación.
Se suele pensar que es inteligente el pícaro, el descarado, el aprovechado. Alguna vez he contado que un anciano que acudió a las oficinas del censo en la ciudad argentina de Santiago del Estero fue preguntado por el funcionario de turno:
– ¿Cuántos hijos tiene usted?
– Cinco, respondió.
– ¿Todos vivos?, inquirió el funcionario.
– No. Dos trabajan, contestó con plena convicción el anciano.
La contestación dejó meridianamente claro cuál era su visión de la inteligencia. Ser inteligente es vivir del cuento, ser inteligente es vivir sin dar golpe, ser inteligente es vivir a costa de los demás.
El fracaso de la inteligencia es la desgracia, es la infelicidad, es la maldad. El fin más importante de la educación debería ser enseñar a ser felices. “La inteligencia fracasa, dice Marina en el libro citado, cuando se equivoca en la elección de marco. El marco de superior jerarquía para el individuo es su felicidad. Es un fracaso de la inteligencia aquello que lo aparte o le impida conseguir la felicidad”.
Está visto que hay quien sitúa el marco en otras esferas: en el dinero, en el poder, en la fama, en el alcohol, en la droga. Está claro que no constituyen en sí mismos un verdadero y sostenible marco de felicidad.
Lo que digo para los individuos lo aplico también a las sociedades. ¿Cuándo nos comportamos de manera inteligente como ciudadanos y ciudadanas? Cuando contribuimos a crear y a mantener una comunidad justa, solidaria, compasiva y, en definitiva, feliz. Si cada vez fuésemos más prósperos y más infelices habría que pensar si no estaríamos instalados en la estupidez.
Vuelvo de nuevo al libro de Marina: “Son inteligentes las sociedades justas. Y estúpidas las injustas. Puesto que la inteligencia tiene como meta la felicidad privada y pública, todo fracaso de la inteligencia entraña desdicha. La desdicha privada es el dolor. La desdicha pública es el mal, es decir, la injusticia”.
Son enemigos de la inteligencia el pesimismo, la pereza, el fanatismo, el desamor, el odio, la injusticia, las diversas adicciones, la sumisión, la cobardía, el fatalismo, la rutina que conduce al conformismo… Esos poderosos enemigos acaban derrotando a la inteligencia.
Pero pienso que hemos de mantener el optimismo respecto a la capacidad (individual y colectiva) que tiene el ser humano de aprender, de mejorar, de construir una sociedad mejor. El optimismo es la gran condición que nos pone en el camino de la inteligencia.

No hay comentarios: